Lo que no logró el cisma entre las Iglesias de Oriente y Occidente
fue capaz de hacerlo la Reforma protestante. El antiguo cisma no
solo no perjudicó a la Iglesia de Roma sino que reafirmó su
primacía, el catolicismo creció y se multiplicó expandiéndose por
los cuatro confines, mientras los ortodoxos se mantenían
confinados en sus antiguos territorios orientales con la
importante adicción de Rusia. Pero el auge del protestantismo
tuvo, a la larga, un efecto devastador para los católicos. El
triunfo de la revolución burguesa que traería consigo la
modernidad y la democracia, de clara raíz protestante, puso al
catolicismo a la defensiva. A finales del siglo XIX el apogeo del
protestantismo y la crisis del catolicismo parecían imparables.
La historia, sin embargo, estaba lejos de estar escrita; hoy,
menos que nunca. Cuando a principios del siglo XX se produce la
primera gran quiebra de la civilización burguesa, sorprende al
protestantismo mal pertrechado para hacerla frente. La quiebra del
sistema burgués es, en más de un sentido, la quiebra de los
principios protestantes que lo fundamentan. Se hace preciso, como
señala Claudio Magris (siempre entre los más lúcidos pensadores de
nuestro s. XX), recurrir a una tradición más antigua y profunda
«capaz de abrirse a la comprensión y expresión de la crisis
contemporánea, posmoderna, al mundo incierto, fragmentario y
tentacular nacido de las ruinas de la totalidad moderna». Ahí se
encuentra la tradición católica, muy anterior al Estado-nación y
la democracia.
El catolicismo se caracterizó, desde sus inicios, por propugnar
una obediencia a la autoridad espiritual más allá y por encima de
la autoridad terrenal; los sistemas políticos modernos,
particularmente el sistema democrático, nunca pudieron aceptar
esta dualidad. El moderno poder público no solo se arroga el
derecho a ingerirse y ordenar cualquier aspecto de la esfera
privada que le resulte problemático, sino que hace de ello la
columna vertebral de su concepción del Estado. La Iglesia
Católica, por su parte, nunca se ha resignado a ser relegada a la
estricta esfera privada, vindicando su papel de guía moral y
espiritual. Es más, reivindica que los poderes públicos se limiten
a la promulgación y ejecución de las leyes, cuya inspiración
cristiana corresponde sancionar a la Iglesia.
La Iglesia, pues, nunca ha estado muy conforme con la ideología
moderna del Estado, menos aún con la formación de la conciencia
privada a fin de convertir al individuo en ciudadano. La
conciencia de los individuos siempre ha sido para ella terreno
sagrado donde cultivar los principios cristianos. La posición del
protestantismo fue más ambigua: al formular el principio de 'según
su príncipe, su religión' se mostró dispuesto a subordinarse y
apoyar los fines del Estado, cuya ingerencia culmina en el Estado
democrático. No es casual que en EE UU, país precursor de la
moderna democracia, llegara a instituirse una religión civil como
consecuencia de la participación activa de las confesiones
protestantes en la formación patriótica de sus feligreses.
En este sentido el nacional-catolicismo sería fruto del intento de
aplicar el mismo principio por parte de un sector de la Iglesia,
si bien en pro de un nacionalismo no democrático.
Pero hete aquí que entretanto entraron en crisis fundamentales
principios protestantes: la consagración al trabajo, la rectitud y
el prestigio social, el decoro que exige poner por delante las
razones de interés y conveniencia, la prosperidad como máxima
expresión de la virtud... El derecho a la felicidad, sentimiento
insaciable que da pábulo a un desear sin límites, fue el ácido
corrosivo del sistema. Y lo primero que disolvió fue esa vida sana
y banal que el protestantismo proponía como modelo. La cosa no
termina ahí, para seguir citando a Magris: La ideología
democrática del compromiso y el progreso que absorbe al individuo,
penetrando hasta el interior de su conciencia y ahogando la
peculiaridad de su persona y sus sentimientos, lleva a reemplazar
la verdad por la opinión, el dialogo errabundo por el debate y la
firma de manifiestos.
Ante este individuo que siente su vida vacía, que por no perder el
tiempo ha desperdiciado la vida y solo le queda la nostalgia, el
protestantismo parece haberse quedado sin mensaje. No sería justo
reducir todo el protestantismo a las confesiones evangélicas, pero
resulta muy llamativo que sea el evangelismo su rama más sólida e
hipertrófica, una concepción religiosa que pone el énfasis en el
milenarismo, en las emociones, en las prácticas piadosas, soñando
con un mundo idílico de buenos vecinos y pequeñas comunidades que
va en dirección contraria al devenir histórico.
El catolicismo, que siempre fue pesimista -o sea, realista-
respecto a la capacidad de los individuos para realizar el Plan de
Dios, y escéptico respecto a la idea de un Dios mucho más
intervencionista en las acciones de los hombres, ha desarrollado a
través de los siglos una filosofía de la vida que hoy puede servir
a los creyentes para comprender y expresar esta crisis. El
catolicismo está en una posición privilegiada para ofrecer una
explicación y contribuir a la recomposición de este mundo incierto
y fragmentario en un nuevo proyecto de sociedad. En ninguna parte
como ahí veo yo el futuro católico. Ahora bien, eso no va a
conseguirse con emulaciones del evangelismo como en su día con el
nacional-catolicismo.
No es extraño que la Iglesia experimente hoy la misma confusión
que la sociedad en general, se escuchen propuestas distintas y se
observen actitudes divergentes; aunque resulta preocupante verla
adoptar posturas de Iglesia perseguida y recurrir al victimismo
(ni siquiera la Iglesia parece librarse de esta plaga). Una
Iglesia a la defensiva no es la mejor predispuesta a comprender y
explicar, ni esa actitud es la más apropiada para trasmitir su
mensaje. Y, sin embargo, el mensaje central de la Iglesia tiene
hoy más vigencia que nunca. Cuestión ésta que merece capítulo
aparte. La Iglesia nunca ha estado muy conforme con la ideología
moderna del Estado, menos aún con la formación de la conciencia
privada a fin de convertir al individuo en ciudadano