
Secretos de un Papa que cambió la historia
23.03.07 @ 19:37:28. Archivado en personajes
(PD/Agencias).- El Papa Juan Pablo II murió convencido de que detrás del ataque a balazos que sufrió en la plaza de San Pedro aquel fatdico 13 de mayo de 1981, a manos del turco Alí Agca, estaba la KGB, la temible policía secreta soviética.
Creía, además, que el llamado tercer secreto de Fátima —que recién sería revelado en 2000— anticipaba ese atentado, que casi le costó la vida. También estaba seguro que la intercesión de la Virgen de Fátima lo había salvado.
Más de dos décadas después, cuando el parkinson y otros males debilitaron seriamente sus fuerzas, el pontífice analizó con sus más estrechos colaboradores la posibilidad de renunciar. Pero, finalmente, decidió continuar "hasta que el Señor me diera fuerzas".
Estos y otros muchos pensamientos del Papa polaco —mantenidos hasta ahora en reserva—, como también numerosas vivencias que lo pintan de cuerpo entero —incluIdas las "escapadas" secretas del Vaticano para ir a esquiar a la montaña— son reveladas en un libro de reciente aparición en Italia.
Su autor es nada menos que quien fue su secretario durante 40 años y hasta su muerte: monseñor Estanislao Dziwisz. En un diálogo con el vaticanista Gian Franco Svidercoshi, un periodista de dilatada trayectoria, don Estanislao rememora de modo simple, pero muy expresivo, sus vivencias junto a Karol Wojtyla desde que lo conoció como su profesor de moral en el seminario.
En "Una vida con Karol" —tal el nombre del libro, de 225 páginas—, don Estanislao lo describe como profesor, como participante del Concilio Vaticano II y como arzobispo que visitaba a las comunidades polacas esparcidas por el mundo en una actitud, en algún sentido, anticipatoria de los viajes que haría como Papa.
Cuenta en detalle la intensidad de un día del Wojtyla Papa, que arrancaba a las 5,30. Resulta estremecedor su relato sobre el atentado y la convalescencia.
Revela que los médicos:
"confesaron tiempo después que lo operaron sin creer en la supervivencia del paciente. Pero el peor momento fue cuando el doctor Buzzonetti (el médico de cabecera) me pidió que le administrara la unción de los enfermos".
No sólo los médicos se sorprendieron por su sobrevivencia. Don Estanislao detectó que el propio Alí Agca lo estaba porque él consideraba que había hecho bien su "trabajo". Y se sentía angustiado por "el hecho de que existían fuerzas que lo superaban".
Fue así que, agrega, cuando Juan Pablo II comenzó a mejorar, y ante la coincidencia de que el atentado se produjo un 13 de mayo —tal como la primera aparición de la Virgen de Fátima—, empezó a trazar una relación.
Pidió conocer el tercer secreto de Fátima —hasta entonces guardado bajo siete llaves en El Vaticano— y, al enterarse que hacía referencia a un obispo vestido de blanco que era asesinado, no tuvo dudas de que la intercesión de la Virgen de Fátima le había salvado la vida.
"¿Por qué usted no esta muerto?", le preguntó Alí Agca al Papa cuando este lo visitó en la cárcel. Pero Juan Pablo II —dice don Estanislao— nunca creyó que su atacante actuó por su cuenta. Aclara que el Papa llegó a esa conclusión "no por informaciones precisas, sino por deducción.
Por consiguiente —agrega— habría sido verdaderamente un complot y el organizador, más allá de las distintas "pistas" que luego podrían seguirse, habría sido directa o indirectamente la KGB: ¿Cómo no pensar en el mundo comunista?".
Menciona, por caso, la gran inquietud que causó en el Kremlin la elección de un polaco como Papa, su primer viaje a Polonia y el ascenso del movimiento obrero Solidaridad.
Don Estanislao insiste: "Había bastantes motivos como para magnificar los temores de los jefes comunistas. Y por consiguiente para imaginar que, a nivel de los servicios secretos, o por lo menos de ''esquirlas'' enloquecidas de esos servicios, se hubiera decidido eliminar al Papa polaco, delegando eventualmente la realización práctica a otros".
El secretario de Juan Pablo II se pregunta: "¿Si la mano de la Virgen no hubiera desviado la bala, que habría ocurrido?. ¿Cómo hubiera sido el futuro del mundo?: Por de pronto, sin la ayuda del Papa polaco, muy difícilmente habría sobrevivido la revolución de Solidaridad. Y probablemente hubiera sido distinta la historia de Europa centro oriental".
En los primeros años de su pontificado, Juan Pablo II no quiso descuidar su condición de deportista. Don Estanislao cuenta que para que pudiera esquiar, pero también mezclarse en la vida común de la gente, se organizaron varias "escapadas" del Vaticano.
Recuerda que se recurría al auto de un sacerdote polaco amigo, el padre Tadeusz, quien, sentado en el asiento trasero, junto al Papa, desplegaba un diario para cubrirle la cara. Ya en la montaña hacía la fila, como todo el mundo, para las elevaciones.
Pero cierta vez un niño lo reconoció y empezó a gritar: "¡el Papa!...¡el Papa!". Tadeus le dijo que estaba equivocado y que fuera con su grupo. Pero, por las dudas, hubo que suspender la excursión.
Don Estanislao dice que ya antes de 2000, cuando el deterioro de su salud reducía su capacidad de desplazamiento y obliga a acotar su actividad, Juan Pablo II barajó la posibilidad de renunciar.
"El se preguntó si, análogamente a lo que Pablo VI había establecido para los cardenales de más de 80 años, que están excluidos de la elección pontificia, también el Papa no debía renunciar a su cargo al cumplir los 80", dice.
Agrega que, por tanto, "decidió consultar con sus más estrechos colaboradores, entre ellos el cardenal Joseph Raztinger (hoy Benedicto XVI), Y después de haber reflexionado y examinado los textos dejados al respecto por Pablo VI, llegó a la conclusión que debía someterse a la voluntad de Dios, es decir, quedarse hasta que Dios le diera fuerzas".
El relato que hace de los últimos días de Juan Pablo II es particularmente conmovedor. El Papa sufría mucho, ya casi sin voz, no poder dirigirse a las multidudes.
Pero, ante su agravamiento, no quería volver al hospital, sino morir en su casa, cerca de la tumba de Pedro. En los últimos instantes, su asistente, sor Tobiana, se acercó y este le dijo: "Déjenme ir con el Señor". Murió mientras le leían el Evangelio.
"Todos empezamos a cantar el tedeum, no el requien, porque no era un luto, sino un agradecimiento a Dios por el don que nos había dado: Karol Wojtyla".