Sebastián: "La Guerra Civil marcó definitivamente el alma de Don Vicente"
01.04.08 | 11:00. Archivado en Obispos
El arzobispo emérito de Pamplona y obispo emérito de Tudela, monseñor Fernando Sebastián Aguilar, pronunció ayer una magistral conferencia en el Seminario Conciliar ‘En memoria del cardenal Vicente Enrique i Tarancón, “con el que la Iglesia y la nación española tendrán siempre abierta una deuda de gratitud”.
En su introducción, monseñor Sebastián recordó a modo de “retrato impresionista” los servicios del cardenal Tarancón más importantes a la Iglesia de España y a la patria española “en unos momentos especialmente delicados y difíciles”, años, dijo, “agitados y decisivos del pos-concilio y de nuestra Transición política”.
Al recordar los años 30, hizo alusión a los inicios de la Guerra Civil española. El joven sacerdote Tarancón se encontraba en Galicia y al estallar el conflicto no pudo regresar a casa, lo que le “evitó una muerte casi segura” pues su tío y su primo sacerdotes fueron fusilados por grupos de milicianos como tantos otros sacerdotes en Valencia y en toda la zona bajo control del gobierno republicano. “D. Vicente –dijo- vivió la guerra intensamente y las noticias de tantos fusilamientos de sacerdotes, religiosos y simples fieles, golpeaban duramente su corazón cada mañana”.
”¿Qué ha ocurrido en España para que los españoles se maten unos a otros?”
Sin embargo, su honestidad le hacía preguntarse por qué estaba ocurriendo aquello, “cuáles eran las causas de aquella locura. “El veía muy claro que los que morían, morían por amor a Jesucristo y por fidelidad a su fe católica. No era tan fácil saber por qué los mataban quienes los mataban”, destacó. “Aquella experiencia –añadió- marcó definitivamente el alma de D. Vicente y tuvo mucho que ver para su actuación durante su ministerio episcopal”.
Monseñor Sebastián recordó que “en más de una ocasión” le oyó decir que desde los primeros años del gobierno de Franco, “él ya comenzaba a barruntar que no era bueno que la Iglesia quedase tan unida al régimen de Franco, tan protegida y por eso mismo tan controlada”.
“En varias ocasiones –relató- le oí contar que en los primeros meses de la posguerra, cuando vio la gran desolación del país entero, prometió a Dios y se prometió a sí mismo que haría todo lo posible para que nunca más volviera a ocurrir en España una catástrofe semejante. Nunca más una guerra entre hermanos y menos por razones religiosas. Desde entonces le quedó en su mente una pregunta que fue clave en sus actuaciones posteriores ¿Es posible que estos horrores ocurran en un país uniformemente cristiano? ¿Qué es lo que ha ocurrido en España para que los españoles se maten unos a otros con tanto odio, para que la Iglesia sea perseguida tan sañudamente en un país que se tiene por cristiano? Es obligado pensar que Dios le preparaba para lo que iba a ser su misión en la madurez de su vida”.
Monseñor Sebastián aclaró que en contra de lo que muchos pueden pensar y de la imagen que luego hicieron de él los medios de comunicación, D. Vicente no era un hombre “progresista y luchador” sino “clásico, tradicional, amigo y partidario de los valores y de los comportamientos tradicionales”. “Por carácter –agregó- era un hombre tranquilo, tímido y reservado, transigente, nada peleón ni conflictivo. Era un hombre piadoso con una piedad tradicional, diríamos que rezador”.
Misión providencial
Cuando se firmó el Concordato de 1953, el cardenal Tarancón ya no estaba seguro de que aquellas relaciones tan estrechas entre la Iglesia y el régimen de Franco fueran lo mejor ni para la Iglesia ni para la sociedad española. “No creía –dijo monseñor Sebastián- que fuera verdadera la hipótesis de base de aquellos planteamientos, es decir, la unidad y homogeneidad católica de los españoles. Tenía y mantuvo siempre una opinión positiva de la persona del General Franco, no dudaba de sus buenas intenciones en beneficio de España ni de su deseo sincero de ayudar a la Iglesia”.
A su juicio, “veía claro que era necesario separar e independizar la Iglesia del régimen y de las actuaciones del gobierno, pero quería hacerlo sin ofender a nadie y sin dejar de reconocer los bienes que Franco, a su juicio, había hecho a la nación española y a la Iglesia de España”. “Tras el Concilio Vaticano II, los Obispos españoles se esforzaron por fortalecer la fe de los españoles y la unidad católica de la nación española”.
Una intervención decisiva
Destacó, además, que en 1971 se celebró la Asamblea Conjunta de Obispos y sacerdotes, una audaz iniciativa que sirvió para acercar posiciones de sacerdotes y obispos, y señaló que el cardenal Tarancón intervino en aquella época decisivamente como miembro de la Comisión del Clero durante el tiempo de la larga preparación y posteriormente como Presidente en funciones de la Conferencia.
Uno de los momentos más difíciles para D. Vivente, explicó, fue la dura campaña que desplegó la prensa contra la Asamblea. Destacó la fidelidad del cardenal Tarancón a la Santa Sede.
En 1974 la tensión con el Gobierno alcanzó su punto máximo, a propósito de una homilía que D. Antonio Añoveros hizo leer en todas las parroquias de la diócesis de Bilbao. La reacción del Gobierno presidido por D. Antonio Arias fue muy dura, reteniendo al obispo en su casa. “Yo fui testigo de la lucha interior del cardenal, dispuesto a cumplir con su obligación en defensa de la libertada de la Iglesia “, afirmó el arzobispo de Madrid.
Así señaló que “la renovación del Concordato fue una de sus empresas más complicadas”, destacó. “Apenas terminado el Concilio, el Papa Pablo VI pidió a todos los jefes de estado que renunciasen al privilegio de intervenir en el nombramiento de los obispos porque oscurecía la plena libertad de la Iglesia”.
Tras la muerte de Franco se presentaron cuestiones muy delicadas
El cardenal Tarancón quiso celebrar expresamente una primera misa funeral en el Pardo sin publicidad y familiar de ninguna clase. Allí destacó la fe y sincera profesión cristiana del difunto sin entrar a juzgar sus actuaciones políticas.
Después de este inciso, destacó que por otra parte, la Conferencia Episcopal se mantuvo un poco a distancia del proceso constitucional, publicando en noviembre de 1977 una nota Sobre los valores religiosos y morales de la Constitución, donde se expresaba el punto de vista de la doctrina católica sobre los valores morales y religiosas que una Constitución justa y adecuada a la historia de España tenía que recoger.
Así destacó que “como ocurre con todas las figuras que tienen una intervención destacada en acontecimientos importantes, la actuación del Cardenal Tarancón en estos años decisivos para la Iglesia y la configuración religiosa de España, fue interpretada de diversas maneras”. “En todas sus empresas el Cardenal supo armonizar el servicio a la Iglesia con un gran amor a España y un sincero patriotismo que él consideraba exigencia de su misma fe cristiana”.
Para monseñor Sebastián, “la Constitución y los Acuerdos son un apoyo firme contra estas desmesuras laicistas y a ellos nos remitimos cuando queremos denunciar la intolerancia y el autoritarismo de ciertas medidas de gobierno”.
Finalmente, señaló que “hoy serenamente podemos estar de acuerdo en reconocer que la Iglesia española, con el liderazgo del Cardenal D. Vicente Enrique y Tarancón, en estrecha comunión con el Papa Pablo VI, supo responder en aquellos momentos a los planes de Dios. En unos años deslumbrantes, con muchas posibilidades y no pocos riesgos, nuestra Iglesia fue capaz de evitar la mayoría de los riesgos y aprovechas muchas de las posibilidades que la providencia amorosa de Dios puso a nuestro alcance”.
Así, afirmó que “es de justicia ofrecer este homenaje de gratitud a quienes, como el Arzobispo de Madrid, Cardenal D. Vicente Enrique y Tarancón, pusieron su vida entera al servicio de la renovación conciliar de la Iglesia en España y la convivencia reconciliada y pacífica de todos los españoles”.