Tres años desde la aclamación de santo subito

Permalink 02.04.08 @ 14:26:42. Archivado en Sociedad

Hoy parece ineludible escribir algo sobre la Divina Misericordia y sobre el tercer aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II. Ambas efemérides van unidas, porque quien abrió la puerta a la devoción de la Divina Misericordia, el que le dio el respaldo a las visiones de sor Faustina, hoy santa Faustina, fue el desaparecido papa Wojtyla.

La devoción a la Divina Misericordia comenzó a esparcirse a través del diario de una religiosa polaca llamada Faustina Kowalska, a quien el Señor se le apareció durante cinco años, dejándole mensajes para la humanidad. Su fecha de celebración corresponde al segundo domingo de Pascua, que precisamente coincidía hace tres años con el fallecimiento de Juan Pablo II.

Conviene recordar las imágenes del Santo Padre en esa larga agonía que fue emitiendo la televisión, y que produjo sentimientos tan encontrados. Unos opinaban que debía dimitir ya que no era digno exhibir la imagen del Santo Padre sufriendo. Dolía ver a un anciano hinchado por la medicación, mudo por una traqueotomía, seguramente sondado. Sus gestos tan diferentes de los habituales, expresaban el sufrimiento de esos últimos momentos. Ya no quedaba nada de la imagen atlética y carismática que le había acompañado durante su largo pontificado.

En un mundo donde la vejez quiere ser sustituida por el deseo de prolongar la juventud y la vitalidad. En una sociedad donde la sabiduría de la experiencia, deja paso a la ambición de la juventud que todo lo arrasa. Ver la figura de un venerable anciano como Sumo Pontífice no terminaba de cuadrar. En estos tiempos parece que todo debe llevar fecha de caducidad. Sin embargo, ahora tenemos otro anciano en la silla de Pedro. Su edad sobrepasa la edad de jubilación y sigue en activo. ¿Qué enseñanza podemos extraer de este hecho?.

En primer lugar, constatamos que la calidad de vida que los países desarrollados han alcanzado permite alargar la actividad laboral, sino con las mismas condiciones de ímpetu que en la vida adulta, si con el sosiego y la sabiduría que como poso se ha podido adquirir a lo largo de la misma. Es frecuente que los abuelos se ocupen más de los nietos que sus propios padres. Y es también frecuente, que los obispos eméritos realicen una encomiable labor desde retaguardia. También va siendo habitual encontrar en esa edad dorada el tiempo de cultivar una nueva actividad. Ofertas no faltan.

Pero hay otra lectura. Aquella que nos presentaba la enfermedad como un paso que hay que afrontar con la misma dignidad que la misma muerte. Esa sería la segunda enseñanza de Juan Pablo II. Presentarse desvalido, dependiente de otros, resignado a su suerte. Y decir al mundo, esto es así, llega un momento que estamos en manos de otros y como siempre según la voluntad de Dios.

Aquí es donde yo haría entrar la devoción de la Divina Misericordia, que estoy segura se propagará en el futuro. No sólo porque se vaya a realizar un Congreso entorno a este advocación. Si no porque los cristianos confiamos en la Misericordia, acudimos a ella, imploramos su amparo. Y en definitiva ella es la que sostiene nuestra esperanza. Nuestra fe sería vana sin la Resurrección de Cristo, nuestra esperanza carecería de sentido sin la confianza en la Misericordia. Este es uno de los legados del desaparecido Juan Pablo II el Grande. ¡Santo subito!, por aclamación popular y en proceso de llegar a los altares.