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Servicio diario - 05 de abril de 2008


 

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DOCUMENTACIÓN
Donación de órganos, donación de vida
Atención pastoral a nuestros hermanos y hermanas que viven con VIH y sida
Mensaje de los obispos de México al Pueblo de Dios
Migraciones, reserva de vida: Comunicado de los obispos de la Patagonia y el sur de Chile
La libertad religiosa, un derecho inviolable de la persona


 


Documentación


Donación de órganos, donación de vida

Por el cardenal cardenal Lluís Martínez Sistach, arzobispo de Barcelona

 

BARCELONA, sábado, 5 abril 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la carta que ha escrito el cardenal Lluís Martínez Sistach, arzobispo de Barcelona, con el título «Donación de órganos, donación de vida».

 

* * *

       Recientemente, he recibido una petición que en cierto sentido se puede considerar insólita: una cadena de televisión de Rumania envió a Barcelona una periodista y ésta me pidió unas declaraciones sobre el trasplante de órganos. Cuando le pregunté el motivo de su interés, me respondió que en su país admiraban los esfuerzos de España, y concretamente de los católicos, para salvar vidas humanas con el trasplante de órganos. Una actividad humanitaria en la que nuestro país ocupa el primer lugar en el mundo, o por lo menos uno de los primeros, como se ha divulgado en diversas ocasiones.

       El trasplante de un órgano, dado y extraído del cuerpo de una persona clínicamente muerta -hecha en  unas condiciones que respeten tanto la dignidad del donante difunto como la del beneficiario- es actualmente un medio al que se puede recurrir para salvar la vida de ciertos enfermos o para poner remedios a carencias físicas muy penosas, como las repetidas sesiones de diálisis. Juan Pablo, II en la encíclica Evangelium vitae, afirmó que una de las maneras de promover una verdadera cultura de la vida "es la donación de órganos, hecha de una forma éticamente aceptable, que permite a unos enfermos, que a menudo no tienen esperanza de curación, encontrar unas nuevas perspectivas de salud y de vida". Y trató este tema con más detalle en su discurso al XVIII Congreso Médico Internacional sobre Trasplantes, celebrado en Roma en agosto del año 2000, en el que insistió en los criterios de constatación de la muerte como acto previo a toda extracción de un órgano. No entramos ahora en la consideración del caso especial de la posible donación hecha por una persona en vida, como en el caso de la donación de un riñón para salvar la vida de una persona.

       En realidad, son muchas las personas que esperan un trasplante y lo viven con una presión psicológica bien explicable. A veces se trata de personas que lo esperan para sí mismas; a veces son padres y madres que lo esperan para sus hijos. De la duración de esta espera puede seguirse un agravamiento de la enfermedad y a veces incluso la muerte, muerte que con el recurso a un trasplante podría ser evitada.

       Ciertamente es una cuestión delicada, ya que a menudo la posibilidad de donación se plantea en circunstancias dolorosas para las personas que han de tomar las decisiones. Hemos de comprender estas situaciones tan delicadas. No obstante, parece necesario que la sociedad promueva una reflexión sobre este gesto a fin de ir creando una mentalidad favorable, lo que ayudaría a hacer más asumible la decisión de favorecer las donaciones de órganos.

       Los obispos de Francia, en una nota publicada por su Comisión de Acción Social en 1996, decían esto: "Invitamos a una reflexión personal y a hablarlo en familia y en el interior de las comunidades parroquiales o de las asociaciones cristianas. Al hacer este llamamiento, no pretendemos hacer una presión indebida sobre las conciencias. Os invitamos sobre todo a tomar conciencia de que la muerte puede llegar a nosotros o a nuestros seres queridos de forma imprevista, y que a veces esta muerte puede convertirse en la ocasión para realizar un acto de solidaridad de gran valor".

       En su discurso al congreso médico antes citado, Juan Pablo II les decía: "Es necesario promover todo aquello que nos lleve a un reconocimiento auténtico y profundo de la necesidad del amor fraternal. Y este amor puede encontrar una de sus expresiones en la decisión de convertirse en donante de órganos".

+ Lluís Martínez Sistach

Cardenal arzobispo de Barcelona


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Atención pastoral a nuestros hermanos y hermanas que viven con VIH y sida

Por la Conferencia Episcopal de México

 

MÉXICO, sábado, 5 abril 2008 (ZENIT.org-El O bservador).- Los obispos mexicanos, reunidos en su 85 Asamblea Plenaria durante esta semana, han dado a conocer un documento mediante el cual proponen vincular las enseñanzas de la V Conferencia del CELAM en Aparecida, para enfrentar con justicia y solidaridad cristianas, el problema de las personas que sufren por el virus del SIDA.

En su carta, los obispos mexicanos  subrayan que "nuestra acción frente al VIH y SIDA, busca ser ecuménica, coordinándonos con otros cristianos que trabajen o quieran trabajar a favor de los infectados. Nuestra acción está abierta y busca la vinculación a la acción de otros organismos de la sociedad civil que trabajen para el mismo fin, lo mismo que con las instancias de gobierno".

Por la importancia de las campañas llevadas a cabo por los obispos mexicanos y por la elevada incidencia del VIH-SIDA en los países de América Latina, reproducimos, a continuación, el texto íntegro del episcopado mexicano sobre un tema de importancia trascendental en el continente.

* * *
 

Atención pastoral a nuestros hermanos y hermanas que viven con VIH y sida


1. La epidemia del SIDA es una de las más enormes crisis de salud, seguridad, y desarrollo humano que haya enfrentado el planeta; mata a millones de adultos en la plenitud de su vida. Desestabiliza y empobrece a las familias, debilita las fuerzas laborales, convierte en huérfanos a millones de niños y amenaza la estructura social y económica de las comunidades y la estabilidad política de las naciones.

2. El VIH y sida se ha convertido en una emergencia global, ha roto con las concepciones tradicionales de enfermedad, pues va más allá de lo puramente médico. El VIH no es simplemente un virus que ataca al sistema inmunológico de las personas, el VIH y sida es un problema social complejo, con implicaciones no sólo para quienes viven con VIH o sida, sino también para sus familias y para las comunidades, rurales, indígenas y urbanas. Nos encontramos ante el serio desafío de encontrar respuestas eficaces, locales y mundiales, en materia de prevención de nuevas infecciones y de atención a las personas que viven con VIH.

3. Las personas que viven con VIH y sida y sus familias, se enfrentan a una sociedad poco informada y con miedo, que reproduce prácticas de estigmatización y discriminación hacia los afectados. Por eso los que viven con el VIH se ven obligados a vivir en silencio y soledad.

4. Podríamos afirmar que hay diversos factores que agravan las consecuencias de esta pandemia. Estos factores tienen que ver con situaciones de pobreza y de injusticia, con la falta de legislaciones y políticas públicas asertivas, con los intereses de lucro de farmacéuticas que elevan el costo de los medicamentos y tratamientos para el VIH y SIDA y con la falta de acceso a la seguridad social y a programas de prevención que contemplen al ser humano en todas sus dimensiones.

5. La promoción de la justicia social es un factor decisivo para combatir este problema. En el contexto de globalización en que vivimos es necesario posicionar criterios éticos que nos lleven a no tener a la economía y las exigencias del mercado como criterios fundamentales por encima de la vida y la dignidad humana.

6. En relación a la justicia son muchos los asuntos pendientes: la tutela, promoción y defensa de los derechos de quienes viven con VIH o padecen SIDA y la generación de políticas públicas que garanticen el llamado Acceso Universal que va más allá del acceso a los medicamentos antirretrovirales.

7. Para nuestra Iglesia la realidad del VIH y sida no pasa inadvertida, como dice San Pablo: "si sufre un miembro, todos sufren con él" (1Cor. 12, 26) Desde el inicio de la epidemia, hombres y mujeres de fe, han estado al lado de los afectados, han encontrado en el VIH y sida un llamado urgente a la acción comprometida y solidaria; han desarrollado programas de atención y prevención en todo el mundo.

8. Como lo mencionan los obispos reunidos Aparecida Brasil en la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano, encontramos en las personas que viven con VIH y sida y sus familias, un nuevo rostro de los excluidos, que nos llama a la solidaridad. Encontramos en la realidad de la epidemia una invitación a frenar su impacto.

9. Hemos querido asumir la enseñanza de esta la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano, que nos pide como prioridad fomentar una pastoral con personas que viven con el VIH sida, en su amplio contexto y en sus significaciones pastorales: que promueva el acompañamiento comprensivo, misericordioso y la defensa de los derechos de las personas infectadas; que implemente la información, promueva la educación y la prevención, con criterios éticos, principalmente entre las nuevas generaciones, para que despierte la conciencia de todos a contener esta pandemia. (Aparecida #421)

10. En el año 2005 los Obispos de la Conferencia del Episcopado Mexicano, a través de la Comisión Episcopal para la Pastoral Social, impulsamos la creación de la campaña Esperanza de Vihda, con la que la Iglesia católica quiere contribuir a la lucha contra la estigma y la discriminación, en el marco de otras acciones como el impulso a la conformación de la REDFE, red conformada por organizaciones basadas en la fe cristiana con trabajo en VIH y sida en México.

11. La campaña Esperanza de Vihda, está dirigida en primer lugar hacia dentro de la misma Iglesia Católica, para generar en la mente y el corazón de los católicos sentimientos y acciones de solidaridad, respeto e inclusión a favor de todas las personas que viven y conviven con VIH y sida.

12. Es nuestro reto ofrecer respuestas a quienes necesitan ayuda en su búsqueda y profundización del verdadero sentido y valor de sus vidas, a pesar del dolor físico, psicológico y social que experimentan frente al VIH. En este sentido, hemos de reconocer que nuestra comunidad de fe a pesar de su capacidad en este aspecto de su misión, no ha respondido al máximo posible a este desafío de desarrollar una pastoral integral en favor de las personas afectadas por la pandemia.

13. Nuestra acción frente al VIH y SIDA, busca ser ecuménica, coordinándonos con otros cristianos que trabajen o quieran trabajar a favor de los infectados. Nuestra acción está abierta y busca la vinculación a la acción de otros organismos de la sociedad civil que trabajen para el mismo fin, lo mismo que con las instancias de gobierno. Una tarea tan ingente como la lucha contra el VIH-SIDA exige la unión de todas las fuerzas posibles.

14. Más allá de los deberes de los que nos gobiernan, más allá de las filantropías, y de las filosofías que mueven a los hombres y mujeres de buena voluntad, en la lucha contra el VIH-SIDA, a nosotros los cristianos nos mueve nuestra fe que nos permite ver en cada enfermo y portador de VIH a un hijo de Dios, creado a su imagen y semejanza, y más aún, nos permite reconocer al mismo Cristo encarnado en el pobre, el hambriento, el sediento, el preso, el migrante, en los pequeños, y en todos los que son menos a los ojos del mundo.

15. Estamos ciertos que la tarea es mucha, pero también que el Señor ha querido que Todos los creyentes vivan unidos y tengan todo en común, (Hc.2,44.) incluso los retos como el sida.

16. Que el Señor nos acompañe y nos anime a la más profunda solidaridad cristiana frente al VIH y SIDA, y que Santa María de Guadalupe, alivio y consuelo de los que sufren, inspire nuestras acciones y las de todos para poder hacer frente creativa, humana y cristianamente a este problema social y acojamos con respeto y amor a los hermanos y hermanas que viven con VIH y sida.


Por los Obispos de México:

+ Carlos Aguiar Retes
Obispo de Texcoco
Presidente de la CEM

+ José Leopoldo González González
Obispo Auxiliar de Guadalajara
Secretario General de la CEM


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Mensaje de los obispos de México al Pueblo de Dios

MÉXICO, sábado, 5 abril 2008 (ZENIT.org-El O bservador).- Como es tradicional, los obispos mexicanos, al término de la Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), han emitido un documento de conclusiones en el que se comprometen a la renovación pastoral integral a la que llama el documento de Aparecida.

El mensaje, firmado por el presidente y el secretario de la CEM, monseñor Carlos Aguiar Retes, obispo de Texcoco, y monseñor José Leopoldo González, obispo auxiliar de Guadalajara, respectivamente, reafirmaron su compromiso de "ofrecer una fuerte misión evangelizadora en favor de nuestra Patria".  Más adelante, subrayaron su deseo de "que los mexicanos tengamos la oportunidad de tener un encuentro vivo con Cristo, que nos capacite para transformar nuestras realidades lacerantes en experiencia de amor y salvación".

A continuación, reproducimos la totalidad del documento.

* * *

MENSAJE DE LOS OBISPOS DE MÉXICO AL PUEBLO DE DIOS

"Quédate con nosotros, Señor "
(Lc 24,29)

Bajo la mirada de nuestra Señora de Guadalupe, dirigimos nuestro pensamiento al gran Dios y Salvador Nuestro Jesucristo en este momento tan privilegiado para la construcción de nuestra Patria, como Pueblo de Dios.

Lo hacemos en espíritu de humildad y gratitud pues Dios no abandona nunca a su pueblo.

UNA MIRADA HACIA ADENTRO

Durante esta semana nos hemos reunido para ver con la mirada de Dios, nuestra interioridad de pastores. Ante todo hemos buscado en nuestro corazón la voz del Espíritu que es el único que puede darnos la fidelidad a nuestra misión de hombres al servicio del evangelio. Y aunque muchas veces nuestra existencia aparece como gris, pues nos descubrimos como pecadores, sin embargo desbordamos de gratitud y alegría por el don del encuentro con Cristo, por la hermosura de ser cristianos en el seno de la Iglesia Católica.

Todo esto nos está llevando a una conversión personal y pastoral, a una búsqueda a un replanteamiento y reorientación de las estructuras y métodos pastorales, centrándonos por ahora en los Sacramentos de la Iniciación Cristiana. Ha sido más firme nuestra opción por la escucha de la palabra de Dios, que dará una gran calidad a nuestro ser de discípulos y misioneros, permitiéndonos con ello integrarnos adecuadamente a la misión continental.


UNA MIRADA DE PASTORES A NUESTRO PUEBLO

Gracias a estos sentimientos que son nuestras opciones, pudimos ver con esperanza y sensatez la realidad y el impactante retablo de sufrimientos y carencias de nuestro pueblo, sufrimientos y carencias que exigen de nosotros Obispos y Sacerdotes un testimonio más auténtico y creíble del Dios del amor, de la vida y de la paz.

Nuestro compromiso consiste en ofrecer una fuerte misión evangelizadora en favor de nuestra Patria. Deseamos que los mexicanos tengamos la oportunidad de tener un encuentro vivo con Cristo, que nos capacite para transformar nuestras realidades lacerantes en experiencia de amor y salvación.

Queremos ofrecer respetuosa y gozosamente la vida de Cristo al hombre de hoy. Anhelamos salir y caminar con una mentalidad nueva, con un nuevo impulso en busca de nuestros hermanos, para que mediante el diálogo, que tanto enaltece nuestros ideales, y mediante el encuentro personal, facilitemos también el encuentro con Cristo.

Somos conscientes de que el cambio de época estremece las estructuras de la Patria; de que las fuerzas nacionales parecen descoyuntarse y agitan el corazón de muchos compatriotas, particularmente en las regiones marcadas por la pobreza y la violencia. Nos preocupa altamente el narcotráfico, vehículo innegable de la cultura de la muerte, así como los ataques contra la vida y la familia, patrimonio de la humanidad. Sin embargo, nosotros queremos asegurarles a Ustedes los creyentes y a quienes quieran escuchar con benevolencia nuestra voz, que no todo está perdido; que la alegría y la salvación surgen en Cristo Jesús y en su Iglesia Católica.

Que como hombres de fe, como una comunidad redimida, y con el Señor resucitado, somos un árbol fuerte cuyas raíces pueden desafiar el azote de los vientos.

Les ofrecemos una palabra honesta de esperanza, no tengamos miedo, Dios ha sido, sigue y seguirá siendo el Rector de nuestra historia y debemos encontrar el camino para volver a darle el lugar que le corresponde en nuestros corazones, en nuestras familias y comunidades.

Nosotros sus hermanos los obispos queremos estar con Ustedes, seguiremos con Ustedes, caminaremos junto con Ustedes.

Estamos dispuestos a seguirles ofreciendo en nuestras comunidades diocesanas y en nuestras parroquias junto con el alimento de la Palabra y de la Eucaristía y contando con la participación de Ustedes, acciones pastorales que transformen a las personas y a nuestra sociedad.

Los saludamos con afecto, somos de Ustedes hermanos y sobre todo servidores que oramos a nuestra Madre de Guadalupe por las intenciones y necesidades de cada uno de los mexicanos.

Por los Obispos de México,

 + Carlos Aguiar Retes
Obispo de Texcoco
Presidente de la CEM

+ José Leopoldo González González
Obispo Auxiliar de Guadalajara
Secretario General de la CEM


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Migraciones, reserva de vida: Comunicado de los obispos de la Patagonia y el sur de Chile

SANTIAGO, sábado, 5 abril 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comunicado emitido tras el encuentro de obispos de la Patagonia y el sur de Chile

* * *

Reunidos en Valdivia (Chile), del 1 al 4 de abril, los Obispos del sur de Chile y de la Patagonia hemos reflexionado y compartido -en un ambiente de fraternidad y comunión eclesial- sobre distintos temas que desafían nuestra acción pastoral.

Hemos recibido el aporte de expertos que nos han transmitido datos y tendencias de la realidad para proyectar allí la luz que viene del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia, en especial del Documento de Aparecida.

1. MIGRACIONES

Nos proponemos desarrollar algunas acciones pastorales en nuestras Iglesias particulares, según las posibilidades. Ellas son:

a) Fortalecer las Comisiones de Pastoral Migratoria, en los lugares donde las hay, y crearlas donde no existen.
b) Establecer un puente entre la Iglesia que recibe al migrante y aquélla de donde proviene.
c) Motivar y formar al personal consagrado y agentes laicos de pastoral en el tema de la movilidad humana, que es un signo de los tiempos.
d) Establecer formas concretas de acogida en cada Diócesis, como por ejemplo un lugar de culto, una oficina y personal que atienda a quienes han venido de otras partes.
e) Favorecer la promoción humana integral de los migrantes, lo que implica tutelar su dignidad y sus derechos, el ejercicio de la solidaridad y de la subsidiariedad, atendiendo por ejemplo, la situación de los indocumentados.
f) Promover la evangelización de los migrantes que implica acoger su religiosidad, valorarla y acompañarla, junto con ofrecer instancias de catequesis, formación y espiritualidad, para que ellos mismos se conviertan en discípulos y misioneros de Jesucristo.
g) Animar la inculturación, ayudando a valorar la cultura del lugar a donde se llega, sin perder su identidad de origen.

2. PUEBLOS ORIGINARIOS

Hacemos nuestro lo expresado por el Documento de Aparecida que afirma: "como discípulos y misioneros al servicio de la vida, acompañamos a los pueblos indígenas y originarios en el fortalecimiento de sus identidades y organizaciones propias, la defensa del territorio, una educación intercultural bilingüe y la defensa de sus derechos" (n. 549), todo ello realizado en un clima de diálogo, paz y justicia.

Por eso, nuestras Pastorales tendrán como objetivos importantes la valoración, la integración, el respeto y la participación de estos pueblos.

Hemos compartido con alegría y esperanza el regalo de Dios de la beatificación de Ceferino Namuncurá Burgos, joven mapuche, ocurrida el 11 de noviembre de 2007, y que consideramos como un don y desafío para la evangelización de nuestros pueblos.


3. PATAGONIA: RESERVA DE VIDA DEL PLANETA

Consideramos a la Patagonia como una unidad territorial de reserva de vida en el planeta, con una maravillosa biodiversidad.

Es un don de Dios que todas las personas de buena voluntad, especialmente los creyentes, debemos amar y proteger, con sabiduría y solidaridad, para la sustentabilidad de la presente y futuras generaciones.

En nuestro fraterno compartir nos ha preocupado la existencia de proyectos (mineros, hidroeléctricos, nucleares, acuícolas, forestales...) que buscan instalarse en nuestras tierras y que podrían dañar gravemente el equilibrio ecológico y la paz social.

La ética medioambiental nos plantea evitar toda explotación indiscriminada de la naturaleza, sobre todo del agua, hoy tan indispensable y escasa para la vida humana.

A su vez, exige elaborar una política energética sustentable en función del bien común.

Llamamos a:

a) participar muy activamente de las informaciones, propuestas de proyectos, discernimiento y toma de decisiones que se relacionan con la Patagonia;
b) acrecentar la solidaridad con los más pobres e indefensos, promoviendo el servicio y la sustentabilidad;
c) valorar la justicia y la paz, sobre todo en el trabajo y la convivencia social;
d) promover la cultura de la vida y la austeridad con los bienes, aún en los detalles cotidianos.


4. 30ª ANIVERSARIO DEL TRATADO DE PAZ Y AMISTAD ENTRE CHILE Y ARGENTINA

El 29 de noviembre de 2009 se cumplirán 30 años de la firma del Tratado de Paz y Amistad entre Argentina y Chile. Este Tratado nace de la mediación del Papa Juan Pablo II en la persona del Cardenal Antonio Samoré.

A partir de este acontecimiento se proponen algunas iniciativas:

a) Reactivar la promesa hecha por los Episcopados de Chile y Argentina de "levantar un monumento a la Virgen de la Paz en el límite de Monte Aymond, que proclame... la victoria de la paz" (del Documento firmado en Punta Arenas, Chile, el 4 de abril de 1987, refrendado por el Papa Juan Pablo II).

b) Fomentar y favorecer iniciativas y encuentros binacionales que trabajen y eduquen a favor de la cultura de la paz.

c) Solicitar a las Conferencias Episcopales de Chile y Argentina el tratamiento de este tema.


Los Obispos de la Patagonia y sur de Chile damos gracias a Dios por vivir y servir en esta tierra tan fecunda en historia, bienes de la naturaleza, personas, pueblos y culturas.

Ponemos en las manos de la Santísima Virgen María, Madre de nuestros pueblos, todos los propósitos, desafíos y compromisos, frutos del trabajo y la oración de este encuentro.

Valdivia (Chile), 4 de abril de 2008

 


+ Cristián Caro C.
Arzobispo de Puerto Montt

+ Néstor Navarro
Obispo de Alto Valle

+ Manuel Camilo Vial R.
Obispo de Temuco

+ José Pedro Pozzi, sdb
Obispo Emérito de Alto Valle

+ Ignacio Duccase M.
Obispo de Valdivia

+ Esteban Laxague, sdb
Obispo de Viedma

+ René Rebolledo S.
Obispo de Osorno

+ Marcelo Melani, sdb
Obispo de Neuquén

+ Juan María Agurto M., osm
Obispo de San Carlos de Ancud

+ Virginio Bressanelli, scj
Obispo de Comodoro Rivadavia

+ Luis Infanti De La Mora, osm
Obispo Vicario Apostólico de Aysén

+ Fernando Maletti
Obispo de San Carlos de Bariloche

+ Juan Carlos Romanin, sdb
Obispo de Río Gallegos

Pbro. Humberto Fuentealba R.
Por Diócesis de Villarrica

Pbro. Fredy Subiabre M.
Por Diócesis de Punta Arenas


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La libertad religiosa, un derecho inviolable de la persona

Por monseñor Francisco Gil Hellín

 

BURGOS, sábado, 5 abril 2008 (ZENIT.org).-Publicamos la carta que ha enviado monseñor Francisco Gil Hellín, arzobispo de Burgos, con el tema «La libertad religiosa, un derecho inviolable de la persona».

* * *

 

Desde hace algún tiempo, la libertad religiosa es un tema recurrente en los medios de comunicación, en los escritos del mundo universitario y en declaraciones de gente dedicada profesionalmente a la política. No es infrecuente que el tema se aborde con superficialidad y apasionamiento. Más aún, que se viertan juicios claramente erróneos.

Por ejemplo, se dice sin el menor empacho que cada uno es libre de profesar la religión que prefiera o no profesar ninguna. Pero se añade de inmediato que el ejercicio de esa profesión religiosa ha de realizarse en el ámbito de la propia conciencia, y que en modo alguno puede llevarse a la esfera de los diversos campos y actividades profesionales y sociales. Actuar en la vida pública conforme a los postulados de una determinada fe religiosa pondría en peligro la vida democrática de la sociedad y quebraría la neutralidad propia de un estado aconfesional y laico.

Semejante razonamiento pone de manifiesto que se desconoce la naturaleza, los fundamentos y los ámbitos de la libertad religiosa; o -lo cual sería mucho más grave-que se conocen, pero que no se quieren reconocer. El desconocimiento es aún mayor cuando se aborda el papel que le corresponde al Estado en la regulación de la libertad religiosa y cuál es el campo y nivel de actuación de la autoridad civil.

El Concilio Vaticano II aporta una doctrina muy clarificadora y sumamente actual en la «Declaración sobre la libertad religiosa». Allí se hacen, entre otras, estas tres afirmaciones fundamentales. Primera: la libertad religiosa es un derecho inalienable de la persona humana. Segunda: el fundamento de ese derecho es de orden racional. Tercera: el Estado debe respetar y favorecer la vida religiosa de los ciudadanos, pero no le pertenece dirigir o impedir los actos religiosos.

Respecto a la que la libertad religiosa como derecho inherente a la persona humana no puede ser más explícito: «Este Concilio declara -dice el artículo 2 de la citada Declaración- que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa». Libertad que «consiste en que todos los hombres deben estar inmunes de coacción, tanto por parte de personas individuales como de grupos sociales y de cualquier potestad humana». Más aún, debe estarlo «de tal manera, que en materia religiosa ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia ni se le impida que actúe conforme a ella, tanto en privado como en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos»

Respecto al fundamento de esta libertad, también es sumamente explícito: «El Concilio declara además que el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal y como se reconoce por la misma razón natural». Consiguientemente, este derecho ha de ser recogido en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de modo que se convierta en un derecho civil.

Por último, en cuanto a la competencia del Estado respecto al ejercicio de este derecho de la persona, el Concilio no admite la mínima vacilación: «La potestad civil -cuyo fin propio es realizar el bien común- debe, ciertamente, respetar y favorecer la vida religiosa de los ciudadanos, pero está fuera de su esfera de competencia tratar de dirigir o impedir los actos religiosos» (art.3).

Tiene especial importancia que el Concilio ratifique que la libertad religiosa es un derecho que conlleva la facultad de unirse a otras personas para formar con ellas comunidades religiosas con el fin de profesar y practicar su religión. Salvadas las justas exigencias del orden público, hay que asegurar que estas comunidades religiosas tengan plena libertad para profesar su fe. 

  


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