06.04.08
CONCLUSIÓNTras este recorrido por los escritos y los acontecimientos más importantes de aquellos intensos años de la transición, podemos intentar resumir en unas cuantas afirmaciones lo que pudo ser la aportación de la Iglesia a una transición política pacífica y reconciliadora.
Quiero señalar aquí dos observaciones previas.
1ª, Conviene reconocer desde el principio que en lo que atribuyo a la Iglesia católica no pretendo hacerlo de manera exclusiva. Es evidente que, junto con la Iglesia, otras muchas instituciones y personas, católicas o no, trabajaron esforzadamente en la misma dirección, posponiendo sus puntos de vista y sus intereses particulares al objetivo común de la reconciliación y del establecimiento de unos fundamentos sólidos para la paz y la convivencia de todos los españoles.
2ª, Tiene un significado especial recordar que las aportaciones de la Iglesia a este fenómeno de la transición política no fueron únicamente de la Iglesia de España sino de la Iglesia universal. La catolicidad es una riqueza interior de todas las Iglesias locales. Habría que recordar los famosos discursos de Pío XII a favor de la democracia en Europa, las iniciativas políticas de grandes cristianos que pueden ser considerados como padres de la Europa democrática, como Adenauer, Schuman, De Gasperi.
Intentaré enunciar de manera resumida las principales aportaciones que pudo hacer la Iglesia católica presente en España a la transición política.
1) La primera aportación de la Iglesia en aquellos años decisivos fue la aceptación decidida del tránsito pacífico a la democracia como el modo más apto de organizar la vida política del país, a costa de renunciar a todos los privilegios jurídicos y sociales de los que había disfrutado en el régimen anterior y en muchos siglos de su historia, situándose en el marco de las libertades comunes, sin privilegios ni discriminaciones.
2) Esta decisión le permitió moderar las tendencias extremistas de algunos católicos para los que la democracia aparecía entonces como una forma de vida poco compatible con el catolicismo tradicional. De estos grupos surgieron muchas de las tensiones y dificultades que la Iglesia tuvo que soportar en aquellos años, acusaciones, divergencias, amenazas. Todavía resulta estremecedor el grito de “Tarancón al paredón” que tuvimos que oír durante el entierro del Almirante Carrero Blanco. Seguramente hubiera sido suficiente una complacencia de la Iglesia con los grupos fundamentalistas, muy bien situados en zonas de poder y de influencia, para que la transición pacífica hubiera resultado imposible.
3) El aislamiento de estos grupos extremistas y minoritarios, digamos que de derechas, hizo posible que los grupos más radicales de izquierda, que también existían, quedaran también aislados y se difundiera en el conjunto de la sociedad el deseo sincero de lograr un acuerdo general que permitiera y fundamentara la convivencia pacífica de todos los españoles.
4) Me parece justo afirmar que la Iglesia, la Iglesia de España y la Iglesia universal que se había expresado en el Concilio Vaticano II, tuvo mucho que ver en el espíritu de reconciliación, encuentro y consenso que se apoderó de la sociedad española como un verdadero paso del Espíritu del Dios de la paz y de la vida. La Iglesia, la inmensa mayoría de los españoles, católicos y no católicos, las organizaciones e instituciones del más variado signo, todos estuvimos de acuerdo en cerrar el capítulo de los pasados enfrentamientos dando primacía al perdón sobre cualquier intento de pedir responsabilidades o desatar los instintos de revancha y de venganza. Teníamos la oportunidad de comenzar un capítulo nuevo de nuestra historia en el que todos, sin renunciar a nuestras convicciones y nuestra propia identidad, pudiéramos vivir y convivir en libertad, justicia, respeto y solidaridad. Tendríamos que preguntarnos si, al cabo de 25 años, no estamos poniendo en peligro aquel gran movimiento de integración y solidaridad nacional de cuya fecundidad nació un hermoso período de paz y prosperidad.
5) Con todo ello la Iglesia contribuyó singularmente a la superación de la división entre españoles y la superación de lo que se había llamado “las dos Españas”. La sincera aceptación de la democracia le permitió a la Iglesia entrar en conversaciones directas con organizaciones y partidos políticos con los que no había tenido nunca una relación directa y que habían mantenido una actitud fuertemente hostil hacia la Iglesia desde los años de la IIª República, durante la Guerra civil y en la mayor parte del tiempo del régimen franquista.
6) De este modo pudimos superar agravios, aclarar malentendidos y fomentar una comunicación que no había existido nunca. Esta labor fue especialmente intensa con el Partido Comunista y con el PSOE, a la vez que con los sindicatos CC.OO. y UGT. Fueron estos contactos los que permitieron hacer real y eficiente la voluntad de consenso, la recomposición de la unidad de la sociedad, superando las actitudes excluyentes que habían sido la ruina de la sociedad española desde 1930. No es exagerado decir que la Iglesia española, junto con las instituciones políticas y sociales del momento, vivieron desde 1975 hasta 1985 una voluntad de reconciliación, integración y convivencia que fue un verdadero kairós, para los cristianos una verdadera gracia de Dios, y en todo caso fue y sigue siendo el verdadero fundamento de la implantación de la democracia y de la consiguiente prosperidad del pueblo español en estos últimos 30 años.
7) La Constitución española se edificó sobre un acuerdo nacional de cinco componentes: acuerdo entre revolución y tradicionalismo, entre socialismo y capitalismo, acuerdo entre centralismo y nacionalismo, entre monárquicos y republicanos, entre catolicismo y laicismo. La Iglesia española impulsó decididamente y facilitó el avance en estas cinco líneas de acercamiento y consenso, muy especialmente en el acuerdo de convivencia entre católicos y laicistas. El recurso al Estado no confesional fue realmente el resultado de un acuerdo entre laicistas y católicos, con la ayuda y la inspiración del Vaticano II. Algunos no querían aceptar una Constitución en la que se había excluido la mención de Dios, a diferencia de lo que ocurre en casi todas las Constituciones existentes. En su gran mayoría, los católicos aceptaron la Constitución, renunciando a algunas de sus legítimas aspiraciones, como una verdadera transacción a favor de la convivencia y de la paz. No es exagerado decir que en aquellos momentos la Iglesia católica, con la asistencia del Espíritu de Dios, de manera oficial, desde la Santa Sede y la Conferencia Episcopal, pero también con la intervención de numerosos sacerdotes, la actuación de muchos cristianos que estaban presentes en las instituciones políticas y en otros muchos puestos de responsabilidad, y la mayoría del pueblo cristiano, supo ser para el conjunto del pueblo español un verdadero fermento de perdón, de reconciliación y de paz. Era su deber.
8) Otro servicio importante de la Iglesia a la transición democrática consistió en preparar militantes que con unas actitudes positivas de integración y de paz intervinieron en muchas iniciativas sociales y políticas. Las instituciones y organizaciones de la Iglesia colaboraron intensamente a la formación política de muchos ciudadanos. Basta recordar la labor de los Propagandistas católicos, la AC, especialmente de la HOAC, Vanguardias Obreras, Congregaciones Marianas, Universidades católicas como la Pontificia de Salamanca y Comillas, la labor callada y a veces hasta arriesgada de muchos sacerdotes y seglares en la vida parroquial y en miles de asociaciones dispersas por todos los rincones del país. En los primeros momentos de la transición, de las asociaciones de la Iglesia salieron militantes para los partidos de derecha, centro e izquierda, y para los diversos sindicatos. La fuerza espiritual de la Iglesia en aquellos años del posconcilio y de la transición se concretó en actitudes de perdón, reconciliación, revisión de posturas tradicionales y aceptación generosa de los cambios, esperanza y fortaleza para acometer nuevas empresas y asumir prudentemente los riesgos inevitables.
9) A pesar de la importancia de todo lo dicho, la más importante aportación de la Iglesia a la democracia, entonces como ahora, es la educación de la conciencia de millones de ciudadanos en aquellos valores que son el fundamento moral de la convivencia en libertad y justicia, base i9nsustituible de la democracia. La Iglesia no interviene directamente en la política ni se identifica con ningún partido, pero si interviene indirectamente clarificando y fortaleciendo la conciencia de sus miembros para que ejerzan su derecho al voto con responsabilidad, para que allí donde estén actúen siempre con justicia y antepongan el bien común a los intereses particulares y partidistas.
En resumen, parece del todo justo decir que en el momento de la transición política la Iglesia española supo estar presente en el proceso y a la vez respetar la plena autonomía de las instituciones civiles y políticas, defendiendo el pleno reconocimiento de los derechos de los ciudadanos, fomentando la reconciliación de todos los españoles y la superación de todas las heridas y las discriminaciones provenientes de la guerra civil, renunciando a sus privilegios, ajustándose a las leyes comunes del Estado de derecho, limitándose en sus actuaciones a las actividades propias de una sociedad religiosa. De esta manera se iniciaba una nueva forma de estar la Iglesia en la sociedad española, un nuevo estilo de relaciones entre Iglesia y Estado, sin menoscabo de la autonomía del Estado ni de la plena libertad de la Iglesia.
Se podía pensar que este proceder de la Iglesia traería la desaparición del anticlericalismo en la vida española. Y así fue durante algunos años. Luego, inexplicablemente, hemos visto surgir de nuevo los conflictos, han aumentado las distancias, de tal manera que algunos tienen la sensación nada tranquilizadora de que la situación actual se va pareciendo demasiado a la de los años 30.
Pasados los años de la transición, los Obispos españoles han seguido manteniendo las mismas opciones y el mismo rumbo. En 1986 publicaron un importante documento, Constructores de la paz, en el que además de manifestar de manera inequívoca su compromiso en contra de la violencia terrorista, se declaraban defensores decididos de la convivencia pacífica y solidaria en el seno de una sociedad democrática. De este documento son estas expresiones: “Que el perdón y la magnanimidad sean el clima de los nuevos tiempos” y “En este esfuerzo de conciliación y y convivencia los católicos tenemos una gran responsabilidad. El gran peso sociológico de la Iglesia en España hace que sus actitudes y las de los católicos en relación con los problemas sociales adquieran necesariamente una gran importancia moral y política… siendo fundada en el respeto, el diálogo, la colaboración y la convivencia”
Más tarde, en 1996, después de la polémica desatada con ocasión del documento “La verdad os hará libres”, los obispos publicaron un texto titulado “Moral y sociedad democrática”, en el que muestran su manera de entender su compromiso con la democracia y las instituciones políticas del país. La Iglesia no puede ni debe entrar en la lucha política y partidista. Su misión es anunciar el evangelio de Jesucristo a todos los hombres y ayudar a sus fieles a vivir santamente según su vocación en el conjunto de su vida real, personal, familiar y social. A partir de este servicio a las personas, la Iglesia tiene el deber y el derecho de iluminar moralmente también las cuestiones sociales y políticas que forman parte de la vida del hombre y respecto de las cuales los propios ciudadanos católicos tienen que pronunciarse y actuar conforme a su recta conciencia. De esta manera está en condiciones de ofrecer permanentemente al conjunto de la sociedad, en un clima de libertad y respeto, unas referencias morales que, en la medida en que sean libremente aceptadas por los ciudadanos, podrán ayudar el desarrollo de la libertad y a la consolidación de la vida democrática. “La Iglesia reconoce y estima el modo democrático de organización de la sociedad según el principio de la división de poderes que configura el Estado de derecho”. “Tenemos que rechazar la acusación de que la Iglesia, cuando propone su doctrina sobre la verdad del hombre y la vida moral, sea un peligro para la democracia y aliada, incluso promotora del fundamentalismo”
Los católicos españoles de 2008 seguimos queriendo vivir como una Iglesia libre en el marco de las libertades democráticas de un Estado de Derecho, queremos contribuir lealmente al bien común de nuestra Patria, sólo pedimos ser aceptados dentro del orden democrático con los mismos derechos que los demás, sin que las críticas o los disentimientos sean utilizados por nadie para acusarnos como servidores del PP, nostálgicos del franquismo, enemigos de la libertad y del pluralismo, extraños y nocivos dentro del sistema democrático.
Nos oponemos a la imposición de un Estado laico y mantenemos el valor de un Estado aconfesional, tal como viene descrito en nuestra Constitución, porque nos parece que la opción laicista del Estado resulta anticonstitucional, impositiva y poco apta para respetar y favorecer la el ejercicio de la libertad religiosa de los ciudadanos. La “sana laicidad” o la “laicidad positiva” del Estado, de la que ha hablado repetidas veces el Papa Benedicto XVI, coincide con lo que nosotros entendemos por un Estado aconfesional. Es decir, un Estado que se mantiene neutral ante las diferentes religiones profesadas por los ciudadanos, pero que respeta integralmente su libertad en materia, tanto en los aspectos personales como en los institucionales, y considera la vida religiosa y moral de los ciudadanos como un bien perteneciente al bien común que merece ser positivamente protegido por el Estado sin discriminaciones de ninguna clase.
Si por Estado laico se entiende el desconocimiento público de la vida religiosa de los ciudadanos, la negación a los católicos y a la Iglesia de su derecho a opinar sobre los asuntos políticos que afectan al bien moral de la sociedad, como es por ejemplo, el tratamiento legal de la familia, del respeto a la vida de los no nacidos, etc. nos parece que esta opción, además de no ser la que está descrita en la Constitución, resulta impositiva, autoritaria y discriminatoria. En ella se desconoce la dimensión religiosa del hombre como parte del bien común que el Estado debe proteger y favorecer, se ignora la fe cristiana o la religiosidad de los ciudadanos (muchos o pocos) y se impone una determinada ideología que en vez de proteger la libertad religiosa de los ciudadanos, la restringe y dificulta. Nos parece más justo un Estado aconfesional, tal como está descrito en nuestra Constitución, que no es beligerante en materia religiosa, pero considera la libertad religiosa de los ciudadanos como parte del bien común que el Estado debe proteger y favorecer, ayudando realmente a los ciudadanos a vivir en igualdad y libertad sus preferencias, decisiones, y manifestaciones, en la vida religiosa como en otros muchos órdenes de la vida social, artística y cultural. De otra manera es imposible tener en cuenta y hacer justicia a lo que el cristianismo ha sido y sigue siendo en la vida cultural y social del pueblo español.
Los católicos españoles pensamos que viviendo sinceramente el mensaje de Jesucristo, anunciando su evangelio con libertad y fidelidad, ejerciendo lealmente la crítica de cuanto nos parezca contrario al bien común moral, dentro del respeto a las instituciones democráticas, al amparo de un reconocimiento efectivo de la libertad religiosa como derecho básico de todos los ciudadanos, contribuimos lealmente al bien de la sociedad entera, también a la consolidación de la convivencia en libertad y al buen funcionamiento de las instituciones democráticas de nuestra sociedad.
La Iglesia se siente obligada a ofrecer a todos los ciudadanos, en pleno respeto a la verdad y a la libertad, la salvación de Dios y está segura de que haciéndolo así, directamente y por medio de sus miembros, colabora también de manera singular al bien temporal de la sociedad. Así intentó hacerlo en los años de la transición política y así lo seguirá haciendo en adelante, con la ayuda de Dios, tanto en tiempos de bonanza como en tiempos de dificultades.
La vida democrática necesita contar con un patrimonio moral, aceptado libremente por el conjunto de la sociedad, que oriente el ejercicio de la libertad de los ciudadanos y el ejercicio de la autoridad de los gobernantes, en un marco cultural y antropológico común. Estas referencias y convicciones morales de los ciudadanos y de la sociedad no nacen de las instituciones políticas, ni son competencia suya, sino que son patrimonio de la sociedad, fruto de una historia en la cual, incesantemente, los hombres de pensamiento, las instituciones culturales y religiosas y la misma experiencia histórica de la población han ido acumulando un patrimonio espiritual y moral que ilumina, sostiene y estimula la libertad de los ciudadanos en una búsqueda convergente de prosperidad y de paz. No son las instituciones políticas las que han de alimentar la vida moral de la sociedad, sino más bien la sociedad, con todos sus componentes históricos y reales, incluida la Iglesia y los cristianos, la que alimenta su patrimonio moral y fecunda moralmente las instituciones políticas y las actuaciones de los políticos. Respetar y proteger este protagonismo cultural y religioso de la sociedad es indispensable para poder hablar de un talante tolerante y democrático.
Sin ninguna pretensión de exclusividad ni de monopolio, la Iglesia española quiere contribuir al enriquecimiento de la sociedad y al bien moral de los españoles, pudiendo intervenir libremente con sus enseñanzas y pronunciamientos en el dinamismo cultural y espiritual de nuestra sociedad. Anunciar el Evangelio de Jesucristo y ofrecer a la sociedad entera todos los bienes culturales y morales que de él se derivan son los dos grandes servicios que la Iglesia española quiere seguir ofreciendo a sus conciudadanos en la nueva situación con la máxima lealtad y fidelidad.
Málaga, 06 de abril de 2008
+ Fernando Sebastián Aguilar
NOTAS COMPLEMENTARIAS.
1931-1933, gobiernos de izquierda (Azaña, tendencia anticatólica) economía, enseñanza, disolución de Compañía, incendios y agresiones. Respuesta legalista de la derecha.
1933-1935, gobiernos de centro derecha
1936, febrero a julio, Frente Popular.
Cinco insurrecciones, tres de izquierdas, en medio Sanjurjo y luego Franco.
1932: en el Alto Llobregat, anarquistas
1932, Sanjurjo, para sustituir a Azaña por Lerroux. Era republicano.
La ley de defensa de la republica, (Azaña) suspendía la constitución
1933, otra insurrección anarquista en Andalucía (“tirar a la barriga”) Casas Viejas
1933, contra la victoria de las derechas, nueva insurrección anarquista
1934, verano, el propio Azaña intenta golpe de Estado, fracasado
Azaña quería gobernar a toda costa. La republica para todos, pero gobernada por los republicanos. Las derechas no tenían título para gobernar. No eran demócratas.. Por eso les parecía legítimo ser autoritarios y excluyentes.
En octubre del 34 la revolución general del PSOE, especialmente en Cataluña y Asturias. Desde entonces estaba ya prevista la posibilidad de una guerra civil.En aquellos momentos el PSOE era el partido más fuerte y mejor organizado. El solo tenía más militantes que todos los demás republicanos juntos. Desde 1933 consideró que el país estaba madurando para pasar de una democracia burguesa a un régimen socialista de dictadura proletaria. Lo ensayó en 1934, afrontando una verdadera guerra civil. “El proletariado marcha a la guerra civil con ánimo firme” “Por la dictadura del proletariado” “Todo el poder para el Partido Socialista”. “El Partido Socialista contrae públicamente el compromiso de implantar la revolución” (Largo Caballero en el Parlamento). El motivo inmediato la formación del gobierno de Lerroux el 4 de octubre con tres ministros de la CEDA. El PSOE dijo que era un golpe fascista. Había que preparar la insurrección.
En Cataluña, Companys, jefe de Esquerra republicana, amenaza con la guerra, impulsa la independencia, declara el Estado Catalán. (6 de octubre de 1934, Estado catalán dentro de la Republica Federal Española)En 1936, había simultáneamente tres procesos revolucionarios contra el gobierno, Largo Caballero, queriendo hacerse con el poder para implantar la república soviética, el partido comunista queriendo encarcelar a Gil Robles y Calvo Sotelo, y la CNT queriendo implantar su comunismo libertario. La derecha llegó a la conclusión de que la democracia era imposible en España. A partir de ahí comenzaron a preparar el golpe militar
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Muchas condenas del socialismo Desde los primeros años del Socialismo, por su origen marxista y revolucionario, la Iglesia lo condena.Pio IX Nobis et nobiscum, Quanta cura, Syllabus, (dentro del marxismo)
Se cambia en León XIII, con Rerum novarum,
Pio XI, en Quadragessimo anno, distingue ya entre comunistas y socialistas democráticos.
Juan XXIII Mater et Magistra.
Pablo VI, Populorum Progressio,Voluntad o retórica de acercamiento.
“Cristianismo y socialismo “no son dos mundos contrapuestos”
“Lo “cristiano socialista” forma parte de nuestra identidad.
Lo nuevo es “la aceptación por el partido socialista de la creencia religiosa y en particular del cristianismo como un hecho positivo para un proyecto de izquierda” “Esta es la tarea pendiente: sustituir la negación del valor de lo religioso o una actitud de indiferencia por un reconocimiento y valoración positiva del mismo”
“La religión puede ser un complemento valioso para democracia” “Y la democracia es el mejor marco para el ejercicio de las religiones”
“La creencia religiosa no es ajena a la esfera pública”. Originalmente es un hecho privado porque response a una opción personal, pero por su amplitud y sus consecuencias prácticas “es preciso tomar la religión como un asunto público”
Todo ello escrito por J.L. Rodríguez Zapatero, en el prólogo a la obra Tender puentes. PSOE y mundo cristiano. Desclée. Fundación Pablo Iglesias 2001