III.- Financiación y Amor

Permalink 06.04.08 @ 00:21:13. Archivado en El hoy de la Iglesia, III.- Financiación y Amor

El hoy de la Iglesia
III.-Financiación y Amor

"Atacar a la Iglesia se está convirtiendo para algunos sectores, en un auténtico deporte nacional”. Con estas palabras, D. Fernando Giménez Barriocanal, el ahora Vicesecretario de Asuntos Económicos de la Conferencia Episcopal Española, definía una situación, en el año 2002 que, como todos tenemos claro, no ha ido a mejor sino a mucho peor. En materia de financiación, el desprecio a todo lo que suene a católico, con lo que eso implica, ha empeorado poco a poco, manifestando, en ese intento (innecesario, por otra parte) de desvincular al Estado de la Iglesia, un sectarismo digno de otra causa.

Bien sabido es que la Iglesia, ya desde que Cristo dijera aquello del César y de Dios, proclama y defiende una justa separación entre la organización estatal y la organización eclesiástica. Sin embargo, digamos con suavidad, la falta de reconocimiento por parte del Estado de la labor “impagable” de la Iglesia (de la que luego diremos algo) es una prueba evidente de la falta de sensibilidad para una actuación como la que lleva a cabo esa institución que tanto, a veces, se desprecia.

El título de este artículo apunta hacia algo que, en principio, parece no tener relación. Sin embargo, es todo lo contrario la verdad pues una cosa y la otra tienen un vínculo sin el cual el Estado pierde su valor como conductor de ciudadanos y la Iglesia se queda sola en la aplicación de una Ley, que no es otra que la norma del Reino de Dios: la caridad. De todas formas, la actuación del primero es como si tratara de marginar la labor de la Iglesia, como si se pensase que no tiene importancia, como si se pudiese dejar de lado, preterido, en un cajón olvidado de su burocrático actuar y su concepción raquítica de la verdad, que es nula, a la misma Verdad.

Por medio del amor, haciendo uso y disfrute de ese principio general de comportamiento que todo cristiano debe seguir, la Iglesia asiste, en centros hospitalarios de los cuales es titular, a más de 380.000 personas (redondeo las cifras), personas que son atendidas con cariño y con el amor que saben dar aquellas personas que tienen, a su cargo, la transmisión de la Palabra de Dios y la doctrina sembrada por Jesucristo. La financiación del Estado olvida esa realidad, deja de lado esta Verdad, la deja, por último, de la mano de Dios... y ahí está.

Por medio del amor, mediando su fuerza, la Iglesia presta su atención, en centros ambulatorios y dispensarios a más de 840.000 personas que, a lo largo de un año, digamos, fiscal, ha de haber, por lógica, proporcionado algo más que ayuda médica, algo más que avances científicos y, seguramente, esas muchas miles de personas habrán agradecido, y lo seguirán haciendo, esa especial concepción de la ciencia de Hipócrates pasada por la misericordia de Dios. La financiación del Estado hace caso omiso a este hecho como si careciera de humana importancia.

Por medio del amor, vínculo estrecho del hombre con Dios y luz que posibilita la convivencia, la Iglesia mima, en centros de educación especial, a más de 53.000 personas necesitadas, ellas sí, de unas manos que proporcionen algo más que cuidados paliativos a su situación. Aquí, sobre todo aquí, la labor de la Iglesia, es manifestación clara de vocación reincidente, de su reiterado afán de correspondencia con la fraternidad. La financiación estatal no parece apreciar este característico detalle al cual no puede llegar con su sensibilidad de piedra.

Por medio del amor, esperanza que tiene, tenemos, los que nos consideramos herederos del Reino de Dios, la Iglesia hace ejercicio de aquél, asistiendo a más de 400.000 personas en centros de asistencia social y consultorios familiares donde los que asisten a ellos quizá no tengan más posibilidad de ser atendidos y se dejan visitar y cuidar por estos expertos en amor. La financiación del Estado parece no contemplar esa circunstancia porque, para su singular sensibilidad, queda lejos.

Por medio del amor, savia que vivifica la vida de aquellos que se conducen por ese hilo que los une a los hombres y a través de su entrega, a Dios, la Iglesia consigue, seguramente con mucho sacrificio por quien lo lleva a cabo, que una plaza en un centro público de enseñanza le cuesta, al Estado, más de 3.500 euros le cueste, al mismo, tan sólo 1.841 euros (cantidad que abona, la organización estatal, por cada plaza, a cada centro concertado) Esto, teniendo en cuenta los más de 1.741.000 alumnos que cursan sus estudios en centros que no son de titularidad pública, supone que lo que se deja de pagar por el erario público con, como poco, casi 3.000 millones de euros. La financiación del Estado parece no entender, ni le interesa, que el resto del dinero necesario habrá salido de alguna parte y no es, precisamente, de la caja común.

En total, alto más de 36.000 millones de euros de ahorro para el Estado.

Sin embargo, no todo es negativo ni está perdido. Ante esta situación cabría hacer, sin ánimo de ser exhaustivo, una serie de propuestas, a saber:

1.-Reconocer, por parte de los fieles, que nos corresponde a nosotros, hacer lo posible para que el mantenimiento de la Iglesia sea posible.
2.-Apoyar, con el gesto de marcar la casilla de la Iglesia Católica en la Declaración de la Renta, las labores de la Esposa de Cristo.
3.-Apoyar, con la demanda de, la existencia de centros de enseñanza de ideario católico tanto por la atención especial a los alumnos como por el contenido de su actuar.
4.-Reconocer, de forma efectiva, la labor, en el campo social y sanitario, que lleva a cabo la Iglesia.
5.- Hacer lo posible por comprender que no sólo hay que compartir lo que pueda sobrarnos sino que, al contrario, hemos de hacerlo también con lo que nos es necesario, aunque esto pueda resultar difícil.

Y es que financiación y amor, y caridad, son realidades más que relacionadas, más de lo que puede parecer porque son las caras de la misma moneda, aunque distintas. Y esto debería hacernos reflexionar.

Al menos, eso.