07.04.08
La fe que vence al mundo
Hay pocos países occidentales hoy en día en los que un político pueda adoptar con alguna expectativa de éxito o siquiera de supervivencia en su carrera profesional un compromiso radical con el cristianismo, y son pocos los políticos que están dispuestos a hacerlo.El caso de Rocco Buttiglione, que en 2004 fue rechazado por el Parlamento Europeo como miembro de la Comisión a causa de su perspectiva cristiana de la homosexualidad, es tal vez el mejor ejemplo de ello. Hay todavía, sin embargo, algunos que, como hizo Sarkozy en su toma de posesión como canónigo de San Juan de Letrán en diciembre pasado, defienden sin complejos las raíces cristianas de su país (tradicionalmente el más laicista de Europa) denunciando lo que considera “un laicismo ‘agotado’ o acechado por el ‘fanatismo’ que conviene dejar de lado. Y [que] ha dicho que el interés de la República [francesa] implica tomar en cuenta las gentes que ‘creen’ y ‘esperan’, y que no hay una política buena sin referencia a una ‘trascendencia’”. No es posible saber si tales palabras, en boca de Sarkozy, son buena publicidad o no para el cristianismo, pero al menos denotan una valentía para hacer frente a la dictadura de lo políticamente correcto.
No todos los políticos están dispuestos a manifestarse tan claramente en esta “nueva” Europa que no permitió siquiera una referencia al cristianismo en su malograda “Constitución”. ¿Podemos esperar un compromiso explícito con la fe cristiana y con sus valores por parte de los políticos conservadores de nuestro país? Eso lo veremos por la línea que adopte el Partido Popular en esta nueva legislatura. Sin embargo, el hacerlo sería contribuir a la supervivencia del orden, la justicia, la libertad y los demás valores que han formado parte de nuestra sociedad desde hace 30 años y que están siendo minados, de un modo especial, por el actual Gobierno. El anuncio de una ampliación de la Ley del aborto (ley de plazos) y de la “regulación” de la objeción de conciencia del personal sanitario al respecto, así como las “medidas", supuestamente para defender la intimidad de las mujeres que abortan, las cuales serán una cobertura para que sigan adelante los abortos ilegales en clínicas como la del Dr. Morín, o el inminente debate sobre la eutanasia, cuyo camino ya han preparado los crímenes del Dr. Montes en el Servicio de Urgencias del Hospital de Leganés y el anuncio del ministro Bermejo en la legislatura pasada, nos dicen que vamos a seguir “progresando” en la descristianización de España.
La imposición de la “educación para la ciudadanía” a las familias y la formación de un nuevo clero para la religión particular de Rodríguez Zapatero que servirá de base para la Alianza de Civilizaciones, nos dice que vamos a seguir por el mismo camino. Los políticos que adopten una postura conservadora en cuanto a la fe y los valores evangélicos es posible que no vayan a tener mucho futuro respecto a lograr el poder, pero estarán haciendo lo correcto, si es que verdaderamente albergan convicciones profundas en cuanto a todas esas cosas.
Todo dependerá, principalmente, de cuál sea la motivación que anime a los políticos conservadores. Si los mueve simplemente el deseo de conseguir el poder, dichos políticos irán echando agua en el vino de sus convicciones, valores y principios hasta que toda virtud haya desaparecido del mismo; si, por el contrario, buscan ser fieles a sus ideas y convicciones por las que consideran que vale la pena luchar y las cuales son la mejor forma de servir a la nación, estarán dispuestos a echar el resto aunque ello pueda parecer suicida. La motivación del político es, pues, el quid de la cuestión.
Sin embargo, con los tiempos que corren, para comprometerse hasta ese punto con los valores y la fe que dieron origen a la cultura occidental, los políticos (como también los jueces, los periodistas, los médicos, los enfermeros y cualesquiera otros profesionales) tendrán que aceptar la persecución y necesitarán una fuerza mucho mayor que la mera buena voluntad. Desprovistos de la fe en Jesucristo, aquellos que defienden la justicia, la verdad, la libertad y los demás valores de la sociedad occidental solo cosecharán frustraciones, desalientos y una ira e indignación crecientes. Los días en que vivimos requieren tener una esperanza que trascienda este mundo, porque este mundo se está envejeciendo, y –como dice la Biblia– “lo que se envejece, está próximo a desaparecer” (Hebreos 8:13). El fin de este orden temporal de cosas es, para los cristianos, una expectativa gloriosa y gozosa, ya que lleva aparejado el regreso de nuestro Señor Jesucristo para juzgar y reinar. Los políticos, los jueces, los educadores, los periodistas o, simplemente, los padres de familia que quieran mantenerse fieles a la justicia, la libertad y la verdad, han de comprender que el mundo que anhelan es real y viene pronto: se trata, ni más ni menos, que del reino de Dios, que ya ha entrado en el mundo con la primera venida de Jesucristo, con su vida, su muerte y su resurrección, y que se manifestará plenamente y para siempre en su Segunda Venida.Pero antes tiene que venir el “apagón” en este mundo, cuando el derecho, la justicia y la verdad casi se extinguirán, salvo por el brillo de unas pocas luciérnagas (2 Tesalonicenses 2:1-12 –cf. Isaías 59:12-15–; Filipenses 2:15). La fuerza que necesitan los políticos y los periodistas sinceros, y la demás gente de bien que todavía no ha llegado a la fe en Cristo, para ser fieles a su conciencia y sus principios, no es otra cosa que la fe cristiana: no hay otra manera de “escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre” (Lucas 21:36). Por otra parte, aquellos que ya somos cristianos, debemos evitar que la justa indignación que sentimos por los ataques que reciben la verdad, la justicia, la libertad, nuestra santa fe o el bendito nombre de nuestro Señor, así como todo lo que Él nos ha enseñado a lo largo de los siglos desde el principio del mundo, nos lleve al odio, a la amargura, a la violencia o a la desesperación.
No debemos olvidar que las situaciones que estamos viviendo nos anuncian precisamente la vuelta de nuestro Señor: “Cuando estas cosas comiencen a suceder –nos dice el propio Jesús–, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca” (Lucas 21:28). La fe en Cristo es la única fuerza capaz de llevarnos a través de la tormenta que arrecia a nuestro alrededor hasta el puerto seguro: “Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesucristo es el Hijo de Dios?” (1 Juan 5:4-5).
Juan Sánchez Araujo es pastor presbiteriano y editor de www.tiempodehablar.org