La Iglesia somos todos los creyentes, pon una X
14.04.08 @ 19:08:44. Archivado en Religión
Cada año regresa la primavera y con ella la declaración de la renta. Recuerdo las primeras campañas: “Hacienda somos todos”. De esa casa común salen los recursos para todas las Administraciones del Estado: Sanidad, Educación, Asistencia Social y tantas otras que no nombro pero que a todos nos hacen la vida más fácil y agradable. Bueno, algunas, otras están imposibles. Aunque con esto de la red, mejora mucho el trato. Ya no te cierran la ventanilla y te dicen “Vuelva usted mañana”, como nos contaba nuestro periodista del romanticismo Mariano José de Larra.
El caso es que hoy reconozco que tengo una deuda no sólo con el Estado sino con mis propias creencias. Soy católica y deseo colaborar en sostener las numerosas obras de caridad que mantiene la Iglesia. Por eso marcaré la casilla correspondiente. Aunque ya que me voy a rascar los bolsillos, les pediría a los sacerdotes que no sean funcionarios del Estado. Hay que ganarse los cuartos como San Pablo, y además seguir con la labor pastoral. Me piden unas líneas sobre este tema de la financiación de la Iglesia y si es difícil llegar al convencimiento de que los Impuestos son necesarios, mucho más lo es hablar de la contribución voluntaria a favor de la Iglesia.
En principio quienes acudimos a los actos litúrgicos sabemos que la caridad aconseja que cada cuál aporte lo que estime conveniente a su parroquia. Pero yo iría más lejos y pediría una cuota fija por feligrés, según sus posibilidades. Sería algo voluntario pero con compromiso. Y mucho más rentable que la cuota de afiliación a un partido político o sindical. Seguro que esto no se les pasa por la cabeza a la Conferencia Episcopal. Pero así funcionan muchas asociaciones de la Iglesia, que reciben donativos puntuales o mensuales. ¡No se asusten, esto es una broma para pone un poco de humor al asunto!.
Esto de pedir dinero siempre ha sonado fatal, pero lo cierto es que los cristianos hemos perdido ese carácter subsidiario de los primeros tiempos, donde los bienes eran de todos y se repartían según la necesidad. Al diácono San Lorenzo le pidieron todo el oro de la Iglesia y llevó ante la justicia romana un montón de pobres y tullidos. “Estos son los tesoros de la Iglesia”, fue su respuesta. Ya sabemos que la historia finalizó en una tostadora de la época achicharrando la carne del santo.
Volviendo al tema, no sé que es más importante si dedicar tu tiempo libre a las numerosas tareas en las que se puede colaborar en la Iglesia o en caso de no disponer de tiempo donar, al menos, parte de tu salario en las campañas puntuales de Manos Unidas o de otro tipo. Aunque creo que la Iglesia va un poco escasa de ambas cosas. Le va faltando relevo generacional y conciencia de que ser cristiano conlleva participar en el sostenimiento de la Iglesia. Ahora la ayuda del Estado se limitará a la contribución voluntaria de cada ciudadano.
Sin embargo, para seguir animando al personal, les diré que todo absolutamente todo cuesta dinero.“Poderoso caballero es don dinero”; como decía Quevedo. Y la mejor manera de que la Iglesia consiga mantenerse a sí misma no puede consistir en vender terrenos para que edifiquen viviendas. El patrimonio de la Iglesia es de todos. Sus administradores tienen que cuadrar los números, y no lo tienen tan fácil como yo, que siempre termino por firmar el borrador de Hacienda.
Así que animo al personal a tomarse con responsabilidad eso de que los cristianos tenemos que colaborar en el mantenimiento de la Iglesia, cuyos bienes recaen en multitud de obras asistenciales a favor de los más necesitados. ¡Por fin dejaremos de oír que toda España mantiene al clero!. Pero eso sí, dense el gusto de marcar con alegría la casilla en la contribución a la Iglesia. Porque hay multitud de asociaciones donde también van a parar nuestros impuestos. Y a mí, y a otros muchos, las subvenciones a determinados colectivos no son de nuestro agrado me gustaría que no les llegase ningún céntimo de euro. Pongo por caso que con el dinero de todos se monten obras de pésimo gusto aunque les den un Goya honorífico.
De manera que una cosa por la otra. Aquí podemos finalizar diciendo que la Iglesia somos todos los bautizados, dispuestos a participar rascándonos los bolsillos en la ayuda hacia los más necesitados. Una sencilla X y parte de nuestros impuestos irán a las manos de quienes más lo necesitan.