14.04.08
Quien conozca bien Madrid, probablemente habrá oído hablar de la pastelería Hontanares, en Avenida de América. No voy a hablar hoy de esta pastelería, aunque sus dulces tradicionales bien merecerían una oda, sino de un mendigo que suele colocarse ante su puerta.Tengo ocasión de verle de vez en cuando, porque voy en ocasiones a sellar traducciones juradas a una agencia cercana. Como siempre llego tarde, nunca me he parado a hablar con él, así que no sé su nombre, pero es fácilmente reconocible, porque es africano y lleva siempre un antiguo ejemplar de La Farola.
El otro día, justo antes de pasar por delante de la pastelería, se puso el semáforo en rojo, de manera que tuve que pararme a esperar unos momentos. Mientras esperaba, pude ver como este indigente, tras recibir dinero de un viandante, abandonaba su puesto, para dirigirse… a un quiosco cercano de la ONCE. Después de comprar su boleto para un sorteo, volvió a su puesto de siempre y siguió pidiendo una ayuda a los que pasaban.
En un primer momento, confieso que sentí una cierta indignación. Tantas personas que habrán ayudado a aquel hombre, pensando que se compraría comida o ropa con ese dinero y él se compra lotería. Igual que las viejecillas, al dar limosna, solían decir “y no se lo gaste en vino”, pensé que quizás también habría que decir “y no se compre lotería”.
Sin embargo, después de pensarlo un poco, esta escena me recordó aquella frase de la Escritura que Cristo citó en el desierto, al ser tentado por el diablo: No sólo de pan vive el hombre. El pobre de Hontanares, en particular, lo entiende muy bien. Él sabe, sin que nadie tenga que decírselo, que el simple pan, la mera satisfacción de sus necesidades básicas no le bastan. Por eso, intenta llenar el vacío que tiene en su interior con otras cosas, en este caso con la pobre ilusión de conseguir más dinero.
El ser humano no se contenta con tener lo suficiente para comer y un lugar donde cobijarse, porque por su propia naturaleza no puede hacerlo. Una gallina, porque es una gallina, puede sobrevivir en una de esas granjas en las que no tienen ni espacio para moverse y lo único que hacen es comer y poner huevos. En cambio, un ser humano, una vez que consigue alimentarse, no ha hecho más que empezar. Tiene necesidad de ilusión, de cariño, de esperanza, de mil cosas que ni él mismo podría enumerar.
Este mendigo comprador de lotería, en particular, se conoce a sí mismo mucho mejor que quien le dice que no se gaste el dinero en vino o en lotería. Sabe que su corazón le pide más, que aunque coma caliente ese día no está satisfecho, es decir, sabe que es un verdadero ser humano.
Lo que, desgraciadamente, quizá no sabe es que la lotería, el dinero, una casa, etc. son, al final, más de lo mismo. Incluso si le tocase la lotería y pudiese comprarse un buen coche y una casa en La Moraleja en lugar de pedir en la puerta de Hontanares, su insatisfacción seguiría siendo la misma. El empresario que lo tiene todo la siente igual que él y trabaja día y noche para comprarse un coche aún más caro, un yate todavía más grande, cualquier cosa que le prometa llenar ese vacío que no se llena con nada.
El pobre de Hontanares conoce muy bien, por experiencia propia, esa primera parte de la frase de Cristo de la que hablamos, no sólo de pan vive el hombre, pero no sabe, quizás, cómo termina: …sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Sólo existe una fuente que puede saciar el vacío que lleva, de serie, el corazón de cada hombre: la Palabra de Dios, que es Jesucristo.
Este mendigo, a quien mucha gente prefiere no mirar, ha sido para mí, con sus acciones e inconscientemente, un verdadero profeta, hablándome en nombre de Dios. Me ha recordado que soy tan pobre como él, que lo que de verdad importa lo tengo que recibir y no me corresponde por derecho. Tanto él como yo tenemos un vacío dentro que sólo el amor infinito de Dios puede llenar. Y ese amor se nos regala gratis, porque no bastaría todo el dinero del mundo para pagarlo.
El próximo día que pase por Avenida de América intentaré hablarle de Dios, para que también a él le pueda tocar el premio de la fe que yo he recibido. Dios quiera que un día podamos sentarnos juntos a la mesa del banquete del Reino de los Cielos. Allí los pasteles serán todavía mejor que los de Hontanares.