15.04.08

Benedicto XVI

Su Santidad Benedicto XVI llega a los Estados Unidos. Me toca hoy darle la bienvenida a este pontífice que es una fuente de luz en esta sorda guerra en la que estamos envueltos contra las fuerzas de la cultura de la muerte. Si tuviera que recibir al Papa en la escalerilla del avión, creo que le diría algo parecido a lo que las amas de casa dicen cuando reciben una visita inesperada: “Perdóname, la casa es un desastre…”
 

Y por eso quiero pedir al Santo Padre que nos bendiga, que bendiga las fuentes profundas de nuestro ser, el manantial de nuestra integridad para que ya no cometamos más errores, para que volvamos a la magna tarea que los fundadores de este país se impusieron más de dos siglos atrás. Desde esa lejana fundación, las cosas han cambiado bastante. Para dar un ejemplo citaré a George Washington, ese gigante moral que Dios nos dió como padre de la patria. Con el calmo coraje que lo caracterizaba firmó durante su presidencia un decreto clave para el futuro de la nación cuando prohibió -contra la opinión popular- la celebración del Guy Folkes Day, una celebración anticatólica en la que se quemaba al Papa de Roma en efigie y que tenía sus raíces en la Inglaterra de la primera era isabelina.
 

El modelo moral de George Washington está muy lejos de lo que ciertos políticos americanos practican hoy día en la ciudad que lleva su nombre. Es bien conocida la compulsiva y constante consulta de las encuestas para saber qué cosas interesan hoy al populacho, cuyos oídos hay que regalar para obtener votos a cualquier costo. En contraste con los políticos de hoy, Washington firmó ese decreto porque era justo y necesario, porque era lo que moralmente correspondía hacer aunque entonces el “voto católico” fuera inexistente y los católicos fueran una minoría marginada. Aquí hay algo que Washington dijo en su discurso inaugural. En esta cita se ven claramente las raíces cristianas que guiaron sus actos:
 

Mantengo esta perspectiva con toda satisfacción que nace del ferviente amor que me inspira mi país; puesto que no hay verdad más sólidamente establecida que aquella que existe en la economía y el curso de la naturaleza, una unión indisoluble entre la virtud y la felicidad, entre el deber y la ventaja, entre máximas verdaderas con una política honesta y magnánima y las firmes recompensas de la prosperidad y el bienestar público. No podemos persuadirnos que las sonrisas serenas del cielo estarán sobre una nación que desdeñe las reglas eternas del orden y la justicia, que el cielo mismo ha ordenado. La conservación del fuego sagrado de la libertad y el destino del modelo republicano de gobierno—considerado tan profundamente y quizá ahora finalmente establecido—es el experimento que ha sido confiado en las manos del pueblo estadounidense.
 

Los católicos y protestantes norteamericanos tenemos en nuestras manos hoy la responsabilidad de mantener vivos estos felices conceptos ante el ataque frontal de la cultura de la muerte. La casa católica americana que recibe al Papa hoy, es una casa donde el desorden aún abunda. Le pido perdón al Papa por nuestros hermanos perdidos al impulso de una progresía destructiva, por los inventos litúrgicos, por las homilías facilistas y sin valor, por las diócesis abandonadas, por esas partes de la viña que hemos dado al enemigo por desidia o ignorancia, por nuestras comunidades indiferentes donde el amor no brilla.
 

Washington, orando

Pero no todo es malo. Como compensación le muestro al Papa las joyas de la casa: la oleada de conversiones y de católicos “enfriados” que están volviendo a casa y el fuerte movimiento pro-vida cuyo ejemplo está impulsando a muchos protestantes a considerar el catolicismo como su propia opción religiosa. Le muestro la presencia católica en los medios de comunicación y ese milagro llamado EWTN, la Red de la Palabra Eterna. Le muestro los soldaditos de Guadalupe, nuestros mexicanos-americanos dobladas las espaldas sobre los surcos de miles de granjas y en las líneas de producción de miles de fábricas, aprendiendo para sí mismos y para sus descendientes las lecciones de esta frágil e imperfecta democracia, semilla humilde de la gran iglesia por venir. Le recuerdo a los obispos valientes que no se han callado ante la intimidación de la progresía petulante. Con orgullo apunto a los seminarios y a las diócesis más ortodoxas del país en Denver, en Lincoln, en San Antonio y Phoenix, allí donde la nueva primavera de la Iglesia en América está formando santos hombres maravillosos que serán la gloria de nuestras parroquias en unos pocos años.
 
Su Santidad, la casa es un desastre, pero estamos empezando a limpiarla y si usted nos bendice, seguramente seremos capaces de hacer un buen trabajo. Te pedimos de rodillas las bendiciones del cielo: Benedictus, benedicat USA.