ZENIT
El mundo visto desde Roma
Servicio diario - 01 de enero de 2009
SANTA SEDE
Benedicto XVI pide de nuevo que termine la violencia en Tierra Santa
El Papa invita a combatir la pobreza inmoral a través de la pobreza evangélica
Benedicto XVI dedica a los jóvenes su última reflexión del 2008
El Papa invita a los cristianos a mirar al nuevo año “sin miedo” a pesar de la crisis
MUNDO
Frutos de Sydney 2008: Más vocaciones, conversiones y regreso de fieles
FLASH
"Bienvenidos a casa": Campaña publicitaria de la Iglesia holandesa
ANGELUS
Saludo del Papa a los encuentros por las familias en Madrid y México
DOCUMENTACIÓN
Benedicto XVI: “existe una pobreza que ofende a la dignidad del hombre”
Benedicto XVI: “Cristo es nuestra esperanza ante las dificultades”
ANUNCIOS
LIBRO: "BASÍLICA DE SAN PEDRO - Una visita a través de las imágenes"
Santa Sede
Benedicto XVI pide de nuevo que termine la violencia en Tierra Santa
Muestra su cercanía especial a los fieles de la parroquia de Gaza
CIUDAD DEL VATICANO, jueves 1 de enero de 2009 (ZENIT.org).- El Papa dedicó el final de la homilía de hoy, Jornada Mundial de la Paz, a mostrar su cercanía a los cristianos de Tierra Santa y a implorar la paz para esta zona, ante la situación de violencia que vive la zona en las últimas semanas.
En referencia al tema de la jornada de hoy, “Combatir la pobreza, construir la paz”, al que dedicó su reflexión principal en la homilía de hoy, el Papa explicó que “combatir y vencer la pobreza” es necesario para “construir la verdadera paz”.
El Papa deploró “la intensa violencia desatada en la franja de Gaza, en respuesta a otra violencia”, y afirmó que “también la violencia, también el odio y la desconfianza son formas de pobreza -quizás más tremendas- que combatir”.
El pontífice mostró su convencimiento del “profundo deseo de vivir en paz que sube al corazón de la gran mayoría de las poblaciones israelí y palestina, una vez más puestas en peligro por la intensa violencia”.
En este sentido, expresó “también la fundada esperanza de que, con la sabia y previsora contribución de todos, no será imposible escucharse, salir al encuentro mutuo y dar respuestas concretas a la difundida aspiración a vivir en paz, en seguridad y dignidad”.
En particular, tuvo un especial recuerdo de “los pastores de esas Iglesias, que en estos tristes días, han hecho oír su voz”, a sus “queridísimos fieles”, y especialmente “a los de la pequeña pero ferviente parroquia de Gaza”.
Junto a ellos, el Papa quiso “poner a los pies de María las preocupaciones por el presente y los temores por el futuro”, y pidió la intercesión de la Virgen para que “obtenga de Dios el don de la paz para Tierra Santa y para toda la humanidad”.
Esta nueva intervención en favor de la paz en Oriente Medio se suma al llamamiento, efectuado durante el rezo del Ángelus el pasado domingo 28 de diciembre, para que la comunidad internacional intervenga para favorecer el diálogo entre palestinos e israelíes.
El Papa pidió “que no se deje de intentar ninguna vía para ayudar a los israelíes y los palestinos a salir de este callejón oscuro y a no resignarse a la lógica perversa del enfrentamiento y de la violencia”.
[Por Inma Álvarez]
El Papa invita a combatir la pobreza inmoral a través de la pobreza evangélica
Distingue entre la pobreza “elegida por Dios” y la pobreza “que Dios no quiere”
CIUDAD DEL VATICANO, jueves 1 de enero de 2009 (ZENIT.org).- El Papa exhortó hoy al mundo a combatir la pobreza “que ofende a la dignidad del hombre” a través de la sobriedad y la solidaridad, fruto de la pobreza evangélica que Jesús eligió al hacerse hombre, hoy durante la Misa la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios y Jornada Mundial de la Paz.
El Papa dedicó su intervención, en presencia del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, como es tradición en esta Jornada, a recordar su Mensaje con motivo de la Jornada Mundial de la Paz de este año, “Combatir la pobreza, construir la paz”.
En la homilía, explicó que existe una distinción entre una pobreza evangélica y una pobreza “que Dios no quiere”, e invitó a todos a combatir la segunda a través de la primera: “ Por una parte, la pobreza elegida y propuesta por Jesús, por otra la pobreza que hay que combatir para hacer al mundo más justo y solidario”.
Respecto a la primera, el Papa explicó que Jesús al hacerse hombre quiso ser también pobre: “El nacimiento de Jesús en Belén nos revela que Dios eligió la pobreza para sí mismo en su venida en medio de nosotros. El amor por nosotros ha empujado a Jesús no sólo a hacerse hombre, sino a hacerse pobre”, añadió.
Sin embargo, existe “una pobreza, una indigencia, que Dios no quiere y que hay que combatir”, afirmó; “una pobreza que impide a las personas y a las familias vivir según su dignidad; una pobreza que ofende a la justicia y a la igualdad y que, como tal, amenaza la convivencia pacífica”.
Esta pobreza, centro del mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año, no sólo es material, dijo, sino que “entran también las formas de pobreza no material que se encuentran incluso en las sociedades ricas o desarrolladas: marginación, miseria relacional, moral y espiritual”.
Esta pobreza a gran escala, que se refleja en “plagas difundidas como las enfermedades pandémicas, la pobreza de los niños y la crisis alimentaria”, y que el Papa relacionó con el fenómeno de la globalización, requiere que las naciones “mantengan alto el nivel de la solidaridad”.
Particularmente el Papa denunció la carrera armamentística que se está llevando a cabo en los últimos años, que definió como “inaceptable” y “contraria a los Derechos Humanos”.
Ante esta situación, afirma que la actual crisis económica supone “un banco de pruebas: ¿Estamos preparados para leerla, en su complejidad, como desafío para el futuro y no sólo como una emergencia a la que dar respuestas a corto plazo? ¿Estamos dispuestos a hacer juntos una revisión profunda del modelo de desarrollo dominante, para corregirlo de forma concertada y a largo plazo?”
“Lo exigen, en realidad, más aún que las dificultades financieras inmediatas, el estado de salud ecológica del planeta y, sobre todo, la crisis cultural y moral, cuyos síntomas son evidentes desde hace tiempo en todo el mundo”, añadió.
El Papa invitó a establecer un “círculo virtuoso” entre la pobreza “que elegir” y la pobreza “que combatir”: “para combatir la pobreza inicua, que oprime a tantos hombres y mujeres y amenaza la paz de todos, es necesario redescubrir la sobriedad y la solidaridad, como valores evangélicos y al mismo tiempo universales”, explicó.
“No se puede combatir eficazmente la miseria, si no se intenta 'hacer igualdad', reduciendo el desnivel entre quien derrocha lo superfluo y quien no tiene siquiera lo necesario”, afirmó.
Esta pobreza evangélica, que como voto está reservado sólo a algunos, recuerda a todos “la exigencia de no apegarse a los bienes materiales y el primado de las riquezas del espíritu”, explicó el pontífice.
“La pobreza del nacimiento de Cristo en Belén, además de objeto de adoración para los cristianos, es también escuela de vida para cada hombre. Ésta nos enseña que para combatir la miseria, tanto material como espiritual, el camino que recorrer es el de la solidaridad, que ha empujado a Jesús a compartir nuestra condición humana”, concluyó.
Por último, el Papa explicó que el mundo nuevo traído por Cristo consiste en “una revolución pacífica”, “no ideológica, sino espiritual, no utópica sino real, y por esto necesitada de infinita paciencia, de tiempos quizás larguísimos, evitando toda ruptura y recorriendo el camino más difícil: la vía de la maduración de la responsabilidad en las conciencias”.
“Esta es la vía evangélica a la paz, el camino que también el Obispo de Roma está llamado a recorrer con constancia cada vez que prepara el anual Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz”, añadió.
[Por Inma Álvarez]
Benedicto XVI dedica a los jóvenes su última reflexión del 2008
Les pide que no tengan miedo a oponerse “a la mentalidad hedonista actual”
CIUDAD DEL VATICANO, jueves 1 de enero de 2009 (ZENIT.org).- El Papa Benedicto XVI dedicó a los jóvenes sus últimas reflexiones del año 2008, durante la celebración de las Primeras Vísperas de la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios y el solemne Te Deum, de acción de gracias.
El Papa quiso dedicar a los jóvenes, de la misma forma que la Noche de Navidad habló sobre los niños, esta última reflexión del año, y les pidió que duden “en elegir un estilo de vida que no siga la mentalidad hedonista actual”.
“La sociedad necesita ciudadanos que no se preocupen sólo de sus propios intereses, porque, como recordé el día de Navidad, “el mundo va a la ruina si cada uno piensa sólo en sí mismo”, afirmó el Papa.
Por otro lado, les pidió generosidad a la hora de responder a la llamada divina, a “no tener miedo de la tarea apostólica que el Señor os confía”. “Las crecientes necesidades de la evangelización requieren numerosos obreros en la viña del Señor: no dudéis en responderle con prontitud si Él os llama”.
“El Espíritu Santo os asegura la fuerza necesaria para dar testimonio de la alegría de la fe y de la belleza de ser cristianos”, añadió.
Se dirigió también a los padres de los jóvenes, y les pidió “dar testimonio a las nuevas generaciones de la alegría que brota del encuentro con Jesús, el cual naciendo en Belén no ha venido a quitarnos algo, sino a dárnoslo todo”.
Los jóvenes, explicó el Papa, “ llevan imborrable en su corazón la pregunta sobre el sentido de la existencia humana”, y alabó una iniciativa puesta en marcha en la diócesis de Roma por grupos de padres que “buscan nuevas vías para ayudar a sus propios hijos a responder a los grandes interrogantes existenciales”.
Afrontar los retos actuales
En su saludo también a la diócesis de Roma recalcó la necesidad de “formar operadores pastorales” que “puedan afrontar los desafíos que la cultura moderna presenta a la fe cristiana”.
Invitó especialmente a responder “a la actual situación de emergencia educativa”, mediante una mayor presenta en este campo, y especialmente, mediante una sinergia mayor “entre las familias, la escuela y las parroquias para una evangelización profunda y para una animosa promoción humana, capaces de comunicar a cuantos más posibles la riqueza que brota del encuentro con Cristo”.
“El encuentro con Cristo, vosotros lo sabéis bien, renueva la existencia personal y os ayuda a contribuir a la construcción de una sociedad justa y fraterna. Es por tanto que, como creyentes, podemos dar una gran contribución también para superar la actual emergencia educativa”, añadió, precisamente porque “la presencia de Cristo es un don que debemos saber compartir con todos”.
“La presencia de numerosas y cualificadas instituciones académicas en Roma y la muchas iniciativas promovidas por las parroquias nos hacen mirar con confianza al futuro del cristianismo en esta ciudad”, añadió.
Reflexionando también sobre el significado de la solemnidad de María Madre de Dios, el Papa explicó que “a misma Virgen nos recuerda qué gran regalo nos ha hecho Jesús con su nacimiento, qué precioso tesoro constituye para nosotros su Encarnación”.
“Viniendo al mundo, el Verbo eterno del Padre nos ha revelado la cercanía de Dios y la verdad última sobre el hombre y sobre su destino eterno; ha venido a quedarse con nosotros para ser nuestro apoyo insustituible, especialmente en las inevitables dificultades de cada día”, añadió.
Al mismo tiempo, invitó a los fieles a dar gracias por el año que concluye, en “alabanza y acción de gracias a Aquel que nos hace el don del tiempo, oportunidad preciosa de hacer el bien; unamos la petición de perdón por no haberlo quizás empleado siempre útilmente”.
Concluyó el Papa que en la Navidad “Jesús viene a ofrecer su Palabra como lámpara que guía nuestros pasos; viene a ofrecerse a sí mismo y de Él, nuestra esperanza cierta, debemos saber dar razón de nuestra existencia cotidiana, consciente de que solamente en el misterio del Verbo encarnado encuentra verdadera luz el misterio del hombre”.
[Por Inma Álvarez]
El Papa invita a los cristianos a mirar al nuevo año “sin miedo” a pesar de la crisis
“La esperanza de la vida eterna nos ayuda a afrontar las dificultades”, afirmó
CIUDAD DEL VATICANO, jueves 1 de enero de 2009 (ZENIT.org).- El Papa Benedicto XVI invitó a los cristianos a “no tener miedo” a pesar de las dificultades que se presentan en el nuevo año 2009, ayer durante su intervención con motivo de las Primeras Vísperas de la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios y el Te Deum, de acción de gracias por el año 2008, en la Basílica de San Pedro.
“Este año se cierra con la conciencia de una crisis económica y social creciente, que interesa ya al mundo entero”, afirmó el Papa, pero añadió que “aunque en el horizonte van apareciendo no pocas sombras en nuestro futuro, no debemos tener miedo”.
El Papa recordó a los cristianos que “nuestra gran esperanza como creyentes es la vida eterna en la comunión de Cristo y de toda la familia de Dios. Esta gran esperanza nos da la fuerza de afrontar y de superar la las dificultades de la vida en este mundo”.
“El año que termina y el que se anuncia en el horizonte están ambos puestos bajo la mirada bendiciente de la Santísima Madre de Dios”, añadió, e invitó a los presentes a acogerse a la Virgen ante las dificultades.
“La presencia maternal de María nos asegura esta noche que Dios no nos abandona nunca, si nos confiamos a Él y seguimos sus enseñanzas. A María, por tanto, con filial afecto y confianza, presentamos las esperanzas y deseos, como también los temores y las dificultades que llevamos en el corazón, mientras que despedimos el 2008 y nos preparamos para acoger el 2009”, añadió.
Añadió que “en estos tiempos nuestros, marcados por la inseguridad y la preocupación por el futuro, es necesario experimentar la presencia viva de Cristo. Es María, Estrella de la esperanza, la que nos conduce a Él”.
Por otro lado, el Papa afirmó que la presente crisis “pide a todos más sobriedad y solidaridad para venir en ayuda especialmente de las personas y de las familias con dificultades más serias”.
“La comunidad cristiana se está ya empeñando, y sé que la Cáritas diocesana y las demás organizaciones benéficas hacen lo posible, pero es necesaria la colaboración de todos, porque nadie puede pensar en construir por sí solo la propia felicidad”, afirmó.
[Por Inma Álvarez]
Mundo
Frutos de Sydney 2008: Más vocaciones, conversiones y regreso de fieles
Los frutos más evidentes del encuentro del Papa con jóvenes en Australia
SYDNEY, 1 enero 2009 (ZENIT.org).- Aumento de vocaciones, conversiones y regreso de fieles son algunos de los frutos más palpables de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de Sydney, Australia, celebrada en julio pasado y convocada por Benedicto XVI.
Así lo ha declarado al "Servizio Informazione Religiosa" (SIR) --la agencia de noticias de la Conferencia Episcopal Italiana-- el mismo arzobispo de Sydney, el cardenal George Pell.
"Estamos registrando --afirmó-- un aumento de conversiones. Hace pocos días, un párroco me llamó para decirme que un total de 25 personas, jóvenes y adultos, decidieron hacerse católicos".
Este es un hecho significativo, dado que en Australia los católicos son una minoría. Incluso las vocaciones al sacerdocio están aumentando.
"El próximo febrero de 2009, siete jóvenes entrarán en el Seminario de Sydney, y ocho en el de Melbourne. Se acaba de realizar un curso para animadores espirituales, mientras que se multiplican los encuentros y retiros de asociaciones y movimientos", explica el arzobispo.
Uno de los aspectos de la Jornada Mundial más apreciado por los jóvenes fue el de las catequesis.
"Muchos siguen pidiéndolas y en numerosas parroquias se han convertido en una convocatoria fija. Los jóvenes no quieren sólo que se les diga lo que está bien y lo que está mal, sino entender también la doctrina de la Iglesia sobre temas de actualidad".
"Otro fruto de la Jornada Mundial -concluye el cardenal Pell- es una renovada atención a la pastoral aborigen, que trataremos de desarrollar durante 2009, con un encuentro nacional sobre el Espíritu Santo. Una de las líneas que estamos siguiendo es la educación gratuita para todos los niños aborígenes, desde la guardería hasta la enseñanza media, en las escuelas católicas de la archidiócesis, y ya contamos con un aumento en el número de matrículas".
Traducido por Nieves San Martín
Flash
"Bienvenidos a casa": Campaña publicitaria de la Iglesia holandesa
AMSTERDAM, jueves, 1 enero 2009 (ZENIT.org).- Los obispos holandeses han lanzado una campaña publicitaria conectada con estas pascuas navideñas que ha resultado un éxito sin precedentes.
Han elegido la franja horaria vespertina, de punta, después del programa de televisión Kruispunt (Encrucijada), para emitir cuñas de treinta segundos que forman parte de la campaña "Welkom thuis" (Bienvenidos a casa).
La iniciativa publicitaria se dirige a aquellas personas que van a la iglesia sólo de manera esporádica y que se autodefinen "católicos de casa".
Entre los diversos soportes de la campaña eclesial, se cuentan el primer número de la revista "Welkom thuis", del que se ha agotado la primera edición de 250.000 ejemplares, distribuidos en las parroquias, según informa la Conferencia Episcopal Holandesa.
Es un éxito que ha sorprendido a los mismos promotores, quienes declararon que "esperan poder realizar lo antes posible una nueva tirada" de este primer número y han pedido a las personas que "la soliciten directamente", según informó Pieter Kohnen, portavoz de los obispos holandeses.
La nueva publicación mira a informar, de manera inmediata y sencilla, de la esencia de la fe de la Iglesia.
La campaña se refuerza con el lanzamiento de un sitio en internet: www.katholieknederland.nl/welkomthuis, con informaciones de apoyo a las parroquias, todas las noticias en torno a Navidad y Epifanía, y preguntas y respuestas sobre la Iglesia y la fe, con 'podcast' y videos.
Traducido del italiano por Nieves San Martín
Angelus
Saludo del Papa a los encuentros por las familias en Madrid y México
Celebrado en el día de la Sagrada Familia
CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 1 enero 2009 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención que pronunció Benedicto XVI con motivo del Ángelus el pasado domingo, fiesta de la Sagrada Familia, en la que saludó a las personas reunidas en Madrid con motivo de una multitudinaria misa por las familias presidida por el cardenal Antonio María Rouco Varela, arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española.
Asimismo el Papa recordó la celebración del Encuentro Mundial de las Familias que tendrá lugar en México del 14 al 18 de enero de 2009.
* * *
[Hablando en italiano:]
Queridos hermanos y hermanas:
En este domingo, que sigue a la Navidad del Señor, celebramos con alegría la Sagrada Familia de Nazaret. El contexto es más que adecuado, pues la Navidad es por excelencia la fiesta de la familia. Lo demuestran tantas tradiciones y costumbres sociales, especialmente la de reunirse juntos, en familia, con motivo de las comidas festivas y de las felicitaciones y el intercambio de regalos; y, ¿cómo no constatar que en estas circunstancias se amplifica el malestar y el dolor causados por ciertas heridas familiares? Jesús quiso nacer y crecer en una familia humana; quiso que la Virgen María fuera su mamá y que José cumpliera la función de padre; le criaron y educaron con inmenso amor. La familia de Jesús merece verdaderamente el título de "sagrada", pues está totalmente concentrada en el deseo de cumplir con la voluntad de Dios, encarnada en la adorable presencia de Jesús. Por una parte es una familia como todas y, como tal, es modelo de amor conyugal, de colaboración, de sacrificio, de confianza en la divina Providencia, de laboriosidad, y de solidaridad. En definitiva, de todos esos valores que la familia custodia y promueve, contribuyendo de manera primaria a formar el tejido de toda sociedad. Al mismo tiempo, sin embargo, la Familia de Nazaret es única, diferente a todas, por su singular vocación, ligada a la misión del Hijo de Dios. Precisamente, por su carácter único, presenta a toda familia, y en primer lugar a las familias cristianas, el horizonte de Dios, el primado dulce y exigente de su voluntad, la perspectiva del Cielo, al que estamos destinados.
Por todo eso, hoy damos gracias a Dios, así como a la Virgen María y a san José, que con tanta fe y disponibilidad cooperaron en el designio de salvación del Señor.
Para expresar la belleza y el valor de la familia, hoy se han dado cita en Madrid miles de personas. A ellas quiero dirigirme ahora en español:
[Hablando en español:]
Dirijo ahora un cordial saludo a los participantes que se encuentran reunidos en Madrid en esta entrañable fiesta para orar por la familia y comprometerse a trabajar en favor de ella con fortaleza y esperanza. La familia es ciertamente una gracia de Dios, que deja traslucir lo que Él mismo es: Amor. Un amor enteramente gratuito, que sustenta la fidelidad sin límites, aún en los momentos de dificultad o abatimiento. Estas cualidades se encarnan de manera eminente en la Sagrada Familia, en la que Jesús vino al mundo y fue creciendo y llenándose de sabiduría, con los cuidados primorosos de María y la tutela fiel de San José. Queridas familias, no dejéis que el amor, la apertura a la vida y los lazos incomparables que unen vuestro hogar se desvirtúen. Pedídselo constantemente al Señor, orad juntos, para que vuestros propósitos sean iluminados por la fe y ensalzados por la gracia divina en el camino hacia la santidad. De este modo, con el gozo de vuestro compartir todo en el amor, daréis al mundo un hermoso testimonio de lo importante que es la familia para el ser humano y la sociedad. El Papa está a vuestro lado, pidiendo especialmente al Señor por quienes en cada familia tienen mayor necesidad de salud, trabajo, consuelo y compañía. En esta oración del Ángelus, os encomiendo a todos a nuestra Madre del cielo, la Santísima Virgen María.
[En italiano:]
Queridos hermanos y hermanas: hablando de la familia, no puedo dejar de recordar que del 14 al 18 de enero de 2009 tendrá lugar en la Ciudad de México el VI Encuentro Mundial de las Familias. Recemos desde ahora por este importante acontecimiento eclesial y confiemos al Señor toda familia, especialmente las más probadas por las dificultades de la vida y por las heridas de la incomprensión y división. Que el Redentor, nacido en Belén, les dé a todas la serenidad y la fuerza para caminar unida en el camino del bien.
[Después de rezar el Ángelus, añadió en italiano:]
Queridos hermanos y hermanos:
Tierra Santa, que en los días de Navidad está en el centro de los pensamientos y de los afectos de los fieles de todas las partes del mundo, se encuentra de nuevo sacudida por un estallido de inaudita violencia. Estoy profundamente dolido por los muertos, los heridos, los daños materiales, los sufrimientos y las lágrimas de las poblaciones víctimas de esta trágica cadena de ataques y represalias.
¡La patria de Jesús no puede seguir siendo testigo de tanto derramamiento de sangre, que se repite sin fin! Imploro el final de la violencia, que hay que condenar en cada una de sus manifestaciones, y el restablecimiento de la tregua en la franja de Gaza; pido una muestra de humanidad y de sabiduría a todos aquellos que tienen responsabilidad sobre la situación; imploro a la comunidad internacional que haga todo lo posible para ayudar a israelíes y palestinos a salir de este callejón sin salida y a no resignarse --como decía hace dos días, en el mensaje Urbi et Orbi-- a la lógica perversa del enfrentamiento y de la violencia, sino a privilegiar por el contrario el camino del diálogo y la negociación.
Encomendemos a Jesús, príncipe de la paz, nuestra ferviente oración por estas intenciones y a Él, a María y a José, imploremos: "Familia de Nazaret, experta en el sufrimiento, da al mundo la paz". ¡Dala hoy sobre todo a Tierra Santa!
[El Papa saludó luego en varios idiomas. En español, dijo:]
Doy mi bienvenida a los peregrinos de lengua española que participan en el rezo del Ángelus, en este domingo en el que celebramos la Sagrada Familia. Pidamos por todas las familias del mundo para que en sus hogares se viva y transmita la fe, siendo así testigos del amor en el mundo. ¡Feliz día del Señor!
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina
© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana]
Documentación
Benedicto XVI: “existe una pobreza que ofende a la dignidad del hombre”
Homilía de la Jornada Mundial de la Paz
CIUDAD DEL VATICANO, jueves 1 de enero de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la homilía pronunciada hoy por el Papa durante la Misa de la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios, Jornada Mundial de la Paz, celebrada hoy en la Basílica de san Pedro.
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Venerados Hermanos,
Señores Embajadores,
queridos hermanos y hermanas.
En el primer día del año, la divina Providencia nos reúne para una celebración que cada vez nos conmueve por la riqueza y la belleza de sus coincidencias: el Fin de Año civil se encuentra con el final de la Octava de Navidad, en la que se celebra la Divina Maternidad de María, y este encuentro encuentra una feliz síntesis en la Jornada Mundial de la Paz. En la luz del Nacimiento de Cristo, me es grato dirigir a cada uno mis mejores deseos por el año que acaba de empezar. Los dirijo, particularmente, al cardenal Renato Raffaele Martino y a sus colaboradores del Consejo Pontificio “Justicia y Paz”, con especial reconocimiento por su precioso servicio. Los dirijo al mismo tiuempo al Secretario de Estado, cardenal Tarcisio Bertone, y a la entera Secretaría de Estado; como también, con viva cordialidad, a los señores Embajadores presentes hoy en gran número. Mis votos se hacen eco del augurio que el Señor mismo nos acaba de dirigir, en la liturgia de la Palabra. Una Plabra que, a partir del acontecimiento de Belén, reevocado en su concreción histórico por el Evangelio de Lucas (2,16-21), y releído en todo su significado salvífico por el Apóstol Pablo (Gal 4,4-7), se convierte en bendición para el Pueblo de Dios y para toda la humanidad.
Se lleva así a cumplimiento la antigua tradición hebrea de la bendición (Nm 6,22-27): los sacerdotes de Israel bendecían al pueblo “poniendo sobre él el nombre” del Señor. Con una fórmula ternaria – presente en la primera lectura – el sagrado Nombre se invocaba por tres veces sobre los fieles, como auspicio de gracia y de paz. Esta remota costumbre nos lleva a una realidad esencial: para poder caminar en el camino de la paz, los hombre sy los pueblos necesitan ser iluminados por el “rostro” de Dios y ser bendecidos por su “nombre”. Precisamente esto se ha realizado de forma definitiva con la Encarnación: la venida del Hijo de Dios en nuestra carne y en la historia ha traído una bendición irrevocable, una luz que ya no se apaga nunca y que ofrece a los creyentes y a los hombres de buena voluntad la posibilidad de construir la civilización del amor y de la paz.
El Concilio Vaticano II ha dicho, al respecto, que “con la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierta forma a todo hombre” (Gaudium et spes, 22). Esta unión ha venido a confirmar el diseño original de una humanidad creada a “imagen y semejanza” de Dios. En realidad, el Verbo encarnado es la única imagen perfecta y consustancial del Dios invisible. Jesucristo es el hombre perfecto. “En Él -observa una vez más el Concilio - la naturaleza humana ha sido asumida…, por eso mismo ha sido también elevada en nosotros a una sublime dignidad” (ibid.). Por esto la historia terrena de Jesús, culminada en el misterio pascual, es el inicio de un mundo nuevo, porque ha inaugurado realmente una nueva humanidad, capaz, siempre y solo con la gracia de Cristo, de obrar una “revolución” pacífica. Una revolución no ideológica, sino espiritual, no utópica sino real, y por esto necesitada de infinita paciencia, de tiempos quizás larguísimos, evitando toda ruptura y recorriendo el camino más difícil: la vía de la maduración de la responsabilidad en las conciencias.
Queridos amigos, esta es la vía evangélica a la paz, el camino que también el Obispo de Roma está llamado a recorrer con constancia cada vez que prepara el anual Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz. Recorriendo este camino es oportuno quizás volver sobre aspectos y problemáticas ya afrontadas, pero tan importantes que requieren siempre nueva atención. Es el caso del tema que he elegido para el Mensaje de este año: “Combatir la pobreza, construir la paz”. Un tema que se presta a un doble orden de consideraciones, que ahora puedo solo señalar brevemente. Por una parte, la pobreza elegida y propuesta por Jesús, por otra la pobreza que hay que combatir para hacer al mundo más justo y solidario.
El primer aspecto encuentra su contexto ideal en estos días, en el tiempo de Navidad. El nacimiento de Jesús en Belén nos revela que Dios eligió la pobreza para sí mismo en su venida en medio de nosotros. La escena que los pastores vieron en primer lugar, y que confirmó el anuncio que les hizo el ángel, es la de un establo donde María y José habían buscado refugio, y de un pesebre en el que la Virgen había colocado al Recién Nacido envuelto en pañales (cfr Lc 2,7.12.16). Esta pobreza ha sido elegida por Dios. Quiso nacer así -pero podríamos añadir en seguida que quiso vivir y también morir así. ¿Por qué? Lo explica en términos populares san Alfonso María de Ligorio, en un cántico navideño, que conocen todos en Italia: “A Ti, que eres del mundo el Creador, faltan vestidos y fuego, o mi Señor. Querido niño, cuánto más me enamora esta pobreza, ya que te hizo pobre aún de amor”. He aquí la respuesta: el amor por nosotros a empujado a Jesús no sólo a hacerse hombre, sino a hacerse pobre. En esta misma línea podemos citar la expresión de san Pablo en la segunda Carta a los Corintios: “Conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza” (8,9). Testigo ejemplar de esta pobreza por amor es san Francisco de Asís. El franciscanismo, en la historia de la Iglesia y de la civilización cristiana, constituye una difundida corriente de pobreza evangélica, que tanto bien ha hecho y sigue haciendo a la Iglesia y a la familia humana. Volviendo a la estupenda síntesis de san Pablo sobre Jesús, es significativo -también para nuestra reflexión de hoy- que haya sido inspirada al Apóstol precisamente mientras estaba exhortando a los cristianos de Corinto a ser generosos en la colecta a favor de los pobres. Él explica: “No que paséis apuros para que otros tengan abundancia, sino con igualdad” (8,13).
Este es un punto decisivo,que nos hace pasar al segundo aspecto: hay una pobreza, una indigencia, que Dios no quiere y que hay que “combatir” -como dice el tema de la Jornada Mundial de la Paz de hoy; una pobreza que impide a las personas y a las familias vivir según su dignidad; una pobreza que ofende a la justicia y a la igualdad y que, como tal, amenaza la convivencia pacífica. En esta acepción negativa entran también las formas de pobreza no material que se encuentran incluso en las sociedades ricas o desarrolladas: marginación, miseria relacional, moral y espiritual (cfr Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2008, 2). En mi mensaje he querido, una vez más. En la estela de mis Predecesores, considerar atentamente el complejo fenómeno de la globalización para valorar sus relaciones con la pobreza a gran escala. Frente a plagas difundidas como las enfermedades pandémicas (ivi, 4), la pobreza de los niños (ivi, 5) y la crisis alimentaria (ivi, 7), he debido por desgracia volver a denunciar la inaceptable carrera de armamento. Por una parte se celebra la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, y por otra se aumentan los gastos militares, violando la misma Carta de las Naciones Unidas, que emplaza a reducirlos al mínimo (cfr art. 26). Además, la globalización elimina algunas barreras, pero puede construir otras nuevas (Messaggio cit., 8), por lo que es necesario que la comunidad internacional y cada euno de los Estados estén siempre vigilando; es necesario que no bajen nunca la guardia respecto a los peligros de conflicto, al contrario, se empeñen en mantener alto el nivel de la solidaridad. La actual crisis económica global debe verse en este sentido como un banco de pruebas: ¿Estamos preparados para leerla, en su complejidad, como desafío para el futuro y no sólo como una emergencia a la que dar respuestas a corto plazo? ¿Estamos dispuestos a hacer juntos una revisión profunda del modelo de desarrollo dominante, para corregirlo de forma concertada y a largo plazo? Lo exigen, en realidad, más aún que las dificultades financieras inmediatas, el estado de salud ecológica del planeta y, sobre todo, la crisis cultural y moral, cuyos síntomas son evidentes desde hace tiempo en todo el mundo.
Es oportuno entonces intentar establecer un “círculo virtuoso” entre la pobreza “que elegir” y la pobreza “que combatir”. Aquí se abre una vía fecunda de frutos para el presente y para el futuro de la humanidad, que se podría resumir así: para combatir la pobreza inicua, que oprime a tantos hombres y mujeres y amenaza la paz de todos, es necesario redescubrir la sobriedad y la solidaridad, como valores evangélicos y al mismo tiempo universales. Más concretamente, no se puede combatir eficazmente la miseria, si no se hace lo que escribe san Pablo a los Corintios, es decir, si no se intenta “hacer igualdad”, reduciendo el desnivel entre quien derrocha lo superfluo y quien no tiene siquiera lo necesario. Esto comporta elecciones de justicia y de sobriedad, elecciones por otra parte obligadas por la exigencia de administrar sabiamente los limitados recursos de la tierra. Cuando afirma que Jesucristo nos ha enriquecido “con su pobreza”, san Pablo nos ofrece una indicación importanteno solo desde el punto de vista teológico, sino también en el plano sociológico. No en el sentido de que la pobreza sea un valor en sí mismo, sino porque es condición para realizar la solidaridad. Cuando Francisco de Asís se despoja de sus bienes, hace una elección de testimonio inspirada directamente por Dios, pero al mismo tiempo muestra a todos el camino de la confianza en la Providencia. Así, en la Iglesia, el voto de pobreza es el compromiso de algunos, pero nos recuerda a todos la exigencia de no apegarse a los bienes materiales y el primado de las riquezas del espíritu. He aquí el mensaje que se ofrece hoy: la pobreza del nacimiento de Cristo en Belén, además de objeto de adoración para los cristianos, es también escuela de vida para cada hombre. Ésta nos enseña que para combatir la miseria, tanto material como espiritual, el camino qe recorrer es la e la solidaridad, que ha empujado a Jesús a compartir nuestra condición humana.
Queridos hermanos y hermanas, pienso que la Virgen María se hizo más de una vez esta pregunta: ¿Por qué Jesús quiso nacer de una chica sencilla y humilde como yo? Y después, ¿por qué ha querido venir al mundo en un establo y tener como primera visita la de los pastores de Belén? La respuesta María la tuvo plenamente al final, tras haber puesto en el sepulcro el cuerpo de Jesús, muerto y envuelto en lienzos (cfr Lc 23,53). Entonces comprendió plenamente el misterio de la pobreza de Dios. Comprendió que Dios se había hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza llena de amor, para exhortarnos a frenar la voracidad insaciable que suscita lchas y divisiones, para invitarnos a frenar el ansia de poseer y a estar así disponibles a compartir y a la acogida recíproca. A María, Madre del Hijo de Dios hecho hermano nuestro, dirigimos confiados nuestra oración, para que nos ayude a seguir sus huellas, a combatir y vencer la pobreza, a construir la verdadera paz, que es opus iustitiae. A Ella confiamos el profundo deseo de vivir en paz que sube al corazón de la gran mayoría de las poblaciones israelí y palestina, una vez más puestas en peligro por la intensa violencia desatada en la franja de Gaza, en respuesta a otra violencia. También la violencia, también el odio y la desconfianza son formas de pobreza -quizás más tremendas- “que combatir”. ¡Que éstas no se extiendan! En este sentido, los pastores de esas Iglesias, en estos tristes días, han hecho oír su voz. Junto a estos y a sus queridísimos fieles, sobre todo los de la pequeña pero ferviente parroquia de Gaza, ponemos a los pies de María nuestras preocupaciones por el presente y los temores por el futuro, pero también la fudnada esperanza de que, con la sabia y previsora contribución de todos, no será imposible escucharse, salir al encuentro mutuo y dar respuestas concretas a la difundida aspiración a vivir en paz, en seguridad y dignidad. Digamos a María: acompáñanos, celeste Madre del Redentor, a través de este año que hoy comienza, y obtén de Dios el don de la paz para Tierra Santa y para toda la humanidad. Santa Madre de Dios, reza por nosotros.
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez]
©Libreria Editrice Vaticana
Benedicto XVI: “Cristo es nuestra esperanza ante las dificultades”
Homilía en las Primeras Vísperas del 31 de diciembre
CIUDAD DEL VATICANO, jueves 1 de enero de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la intervención completa del Papa durante la celebración de las Primeras Vísperas de la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios y el Te Deum, de acción de gracias por el año 2008, celebradas ayer por la tarde en la Basílica de San Pedro.
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Queridos hermanos y hermanas
El año que termina y el que se anuncia en el horizonte están ambos puestos bajo la mirada bendiciente de la Santísima Madre de Dios. Nos recuerda su presencia maternal también la escultura artística de madera polícroma puesta aquí, junto al altar, que la representa en el trono con el Niño bendiciente. Celebramos las Primeras Vísperas de esta solemnidad mariana y son numerosos en ellos las referencias litúrgicas al misterio de la divina maternidad de la Virgen.
“O admirabile commercium! ¡Maravilloso intercambio!”. Así comienza la antífona del primer salmo, para después proseguir: “El Creador ha tomado un alma y un cuerpo, ha nacido de una virgen”. “Cuando naciste inefablemente de la Virgen, se cumplieron las Escrituras”, proclama la antífona del segundo salmo, del que se hacen eco las palabras de la tercera antífona que nos ha introducido en el cántico tomado de la Carta a los Efesios: “reconocemos tu virginidad admirablemente conservada. Madre de Dios, intercede por nosotros”. La maternidad divina de María viene subrayada también en la Lectura breve proclamada hace un momento, que vuelve a proponer los conocidos versículos de la Carta a los Gálatas: “Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer... para que recibiéramos el ser hijos por adopción” (Gal 4,4-5). Y aún, en el tradicional Te Deum, que elevaremos al final de nuestra celebración ante el Santísimo Sacramento solemnemente expuesto a nuestra adoración, cantaremos: “Tu, ad liberandum suscepturus hominem, non horruisti Virginis uterum”, en italiano: “Tú, oh Cristo, naciste de la Virgen Madre por la salvación del hombre”.
Todo por tanto, esta noche, nos invita a dirigir la mirada hacia Aquella que “acogió en el corazón y en el cuerpo al Verbo de Dios y trajo al mundo la vida” y precisamente por esto -recuerda el Concilio Vaticano II - “es reconocida y honrada como verdadera Madre de Dios” (Const. Lumen gentium, 53). La Natividad de Cristo, que en estos días conmemoramos, está enteramente iluminado por la luz de María y, mientras que en el pesebre nos detenemos a contemplar al Niño, la mirada no puede dejar de dirigirse también hacia la Madre, que con su “sí” ha hecho posible el don de la Redención. De ahí que el tiempo navideño trae consigo una profunda connotación mariana; el nacimiento de Jesús, hombre-Dios y la maternidad divina de María son realidades inseparables entre sí; el misterio de María y el misterio del Hijo de Dios unigénito que se hace hombre forman un único misterio, donde uno ayuda a comprender mejor el otro.
María Madre de Dios - Theotokos, Dei Genetrix. Desde la antigüedad, la Virgen ha sido honrada con este título. En Occidente, sin embargo, durante muchos siglos no se encuentra una fiesta específica dedicada a la maternidad divina de María. La introdujo en la Iglesia latina el papa Pío XI en 1931, con ocasión del 15° centenario del Concilio de Éfeso, y la colocó el 11 de octubre. En esta fecha comenzó, en 1962, el Concilio Ecuménico Vaticano II. Fue después el siervo de Dios Pablo VI, en 1969, retomando una antigua tradición, quien fijó esta solemnidad el 1 de enero. Y en la Exhortación apostólica Marialis cultus del 2 de febrero de 1974 explicó el porqué de esta elección y su conexión con la Jornada Mundial de la Paz. “En el reordenamiento del periodo de Navidad – escribió Pablo VI- nos parece que la atención común debe dirigirse a la restablecida solemnidad de María Santísima Madre de Dios: ésta... está destinada a celebrar la parte debida a María en este misterio de la salvación y a exaltar la dignidad singular de deriva de él para la Madre santa...; y es, por otro lado, una ocasión propicia para renovar la adoración al recién nacido Príncipe de la Paz, para volver a escuchar al alegre anuncio angélico (cfr Lc 2,14), para implorar de Dios, a través de la Reina de la Paz, el don supremo de la paz” (n. 5 en: Enseñanzas de Pablo VI, XII 1974, pp. 105–106).
Esta tarde queremos poner en las manos de la celeste Madre de Dios nuestro himno coral de acción de gracias al Señor por los beneficios en en los pasados doce meses nos ha ampliamente concedido. El primer sentimiento, que nace espontáneo en el corazón esta tarde, es precisamente de alabanza y acción de gracias a Aquel que nos hace el don del tiempo, oportunidad preciosa de hacer el bien; unamos la petición de perdón por no haberlo quizás empleado siempre útilmente. Estoy contento de compartir esta acción de gracias con vosotros, queridos hermanos y hermanas, que representáis a nuestra entera comunidad diocesana, a la que dirijo mi saludo cordial, extendiéndolo a todos los habitantes de Roma. Dirijo un saludo particular al cardenal Vicario y al Alcalde, que han comenzado este año sus diversas misiones -uno la espiritual y religiosa, el otro la civil y administrativa- al servicio de esta ciudad nuestra. Mi saludo se extiende a los obispos auxiliares, a los sacerdotes, a las personas consagradas y a los tantos fieles laicos congregados aquí, como también a las autoridades presentes. Viniendo al mundo, el Verbo eterno del Padre nos ha revelado la cercanía de Dios y la verdad última sobre el hombre y sobre su destino eterno; ha venido a quedarse con nosotros para ser nuestro apoyo insustituible, especialmente en las inevitables dificultades de cada día. Y esta tarde la misma Virgen nos recuerda qué gran regalo nos ha hecho Jesús con su nacimiento, qué precioso “tesoro” constituye para nosotros su Encarnación. En su Nacimiento Jesús viene a ofrecer su Palabra como lámpara que guía nuestros pasos; viene a ofrecerse a sí mismo y de Él, nuestra esperanza cierta, debemos saber dar razón de nuestra existencia cotidiana, consciente de que “solamente en el misterio del Verbo encarnado encuentra verdadera luz el misterio del hombre” (Gaudium et spes, 22).
La presencia de Cristo es un don que debemos saber compartir con todos. A esto se dirige el esfuerzo que la Comunidad diocesana está llevando a cabo para la formación de los operadores pastorales, para que estén en grado de responder a los desafíos que la cultura moderna presenta a la fe cristiana. La presencia de numerosas y cualificadas instituciones académicas en Roma y la muchas iniciativas promovidas por las parroquias nos hacen mirar con confianza al futuro del cristianismo en esta ciudad. El encuentro con Cristo, vosotros lo sabéis bien, renueva la existencia personal y os ayuda a contribuir a la construcción de una sociedad justa y fraterna. Es por tanto que, como creyentes, podemos dar una gran contribución también para superar la actual emergencia educativa. Cuanto más útil es por tanto que crezca la sinergia entre las familias, la escuela y las parroquias para una evangelización profunda y para una animosa promoción humana, capaces de comunicar a cuantos más posibles la riqueza que brota del encuentro con Cristo. Animo por ello a cada miembro de nuestra Diócesis a proseguir el camino emprendido, llevando a cabo juntos el programa del año pastoral en curso, que mira precisamente a “educar a la esperanza en la oración, en la acción, en el sufrimiento”.
En estos tiempos nuestros, marcados por la inseguridad y la preocupación por el futuro, es necesario experimentar la presencia viva de Cristo. Es María, Estrella de la esperanza, la que nos conduce a Él. Es ella, con su amor materno, quien puede guiar a Jesús especialmente a los jóvenes, los cuales llevan imborrable en su corazón la pregunta sobre el sentido de la existencia humana. Sé que diversos grupos de padres, encontrándose para profundizar en su vocación, buscan nuevas vías para ayudar a sus propios hijos a responder a los grandes interrogantes existenciales. Les exhorto cordialmente, junto con toda la comunidad cristiana, a dar testimonio a las nuevas generaciones de la alegría que brota del encuentro con Jesús, el cual naciendo en Belén no ha venido a quitarnos algo, sino a dárnoslo todo.
En la Noche de Navidad tuve un recuerdo especial para los niños, esta noche quisiera dedicar en cambio mi atención a los jóvenes. Queridos jóvenes, responsables del futuro de esta ciudad nuestra, no tengáis miedo de la tarea apostólica que el Señor os confía, no dudéis en elegir un estilo de vida que no siga la mentalidad hedonista actual. El Espíritu Santo os asegura la fuerza necesaria para dar testimonio de la alegría de la fe y de la belleza de ser cristianos. Las crecientes necesidades de la evangelización requieren numerosos obreros en la viña del Señor: no dudéis en responderle con prontitud si Él os llama. La sociedad necesita ciudadanos que no se preocupen sólo de sus propios intereses, porque, como recordé el día de Navidad, “el mundo va a la ruina si cada uno piensa sólo en sí mismo”.
Queridos hermanos y hermanas, este año se cierra con la conciencia de una crisis económica y social creciente, que interesa ya al mundo entero; una crisis que pide a todos más sobriedad y solidaridad para venir en ayuda especialmente de las personas y de las familias con dificultades más serias. La comunidad cristiana se está ya empeñando, y sé que la Cáritas diocesana y las demás organizaciones benéficas hacen lo posible, pero es necesaria la colaboración de todos, porque nadie puede pensar en construir por sí solo la propia felicidad. Aunque en el horizonte van apareciendo no ocas sombras en nuestro futuro, no debemos tener miedo. Nuestra gran esperanza como creyentes es la vida eterna en la comunión de Cristo y de toda la familia de Dios. Esta gran esperanza nos da la fuerza de afrontar y de superar la las dificultades de la vida en este mundo. La presencia maternal de María nos asegura esta noche que Dios no nos abandona nunca, si nos confiamos a Él y seguimos sus enseñanzas. A María, por tanto, con filial afecto y confianza, presentamos las esperanzas y deseos, como también los temores y las dificultades que llevamos en el corazón, mientras que despedimos el 2008 y nos preparamos para acoger el 2009. Ella, la Virgen Madre, nos ofrece al Niño que yace en el pesebre como nuestra esperanza segura. Llenos de confianza, podremos entonces cantar en conclusión del Te Deum: "In te, Domine,speravi: non confundar in aeternum – Tu, Señor, eres nuestra esperanza, ¡no seremos confundidos eternamente!”. Sí, Señor, en Ti esperamos, hoy y siempre; Tú eres nuestra esperanza. Amén.
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez]
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