08.01.09
Cartas marruecas
Siempre he pensado que viajar es una de las mejores formas de gastar el dinero. Me encanta planificar una escapada de un día para otro y aprovechar unos pocos días de fiesta para romper la rutina y abrirme a conocer todas esas cosas que el mundo esconde. Viajar me proporciona momentos de silencio, de reflexión. Por alguna razón encuentro más tiempo para rezar, y además hacerlo de una forma más intensa que normalmente. Cada viaje que he hecho, sin excepción, me ha cambiado en algún aspecto como persona y me ha descubierto cosas enriquecedoras y sorprendentes.
Escribo desde una sobria sala de espera del aeropuerto de Casablanca. El silencio respetuoso de los aeropuertos de madrugada, los tonos grises, las sillas metálicas, los fluorescentes parpadeando y una telenovela árabe mal sintonizada en una televisión que no mira nadie, invitan a coger el portátil y escribir algo.
Mi destino final es Marrakech, pero parece que hay una hora de retraso. Desde luego la filosofía marroquí del trabajo y la organización deja mucho que desear. O eso me dice el enfado de caminar con mi maletita de ruedas percusionando por tantos pasillos, con relojes en hora equivocada, buscando una puerta no señalizada en ninguna pantalla, preguntando a todos los policías, que con su uniforme de gendarme a la africana me sonreían con cara de indiferencia. No es su cometido… pero tampoco hay nadie más.Es la segunda vez que visito Marruecos, estuve hace unos años. Su sociedad me parece muy diferente. En un quiero y no puedo por ser tan occidentales como el que más, crean una mezcla de laboratorio peculiar. De velos y maquillaje, de trajes horteras con zapatos de cuero que terminan en punta de babucha y calcetines blancos, de McChicken con té y cachimba.
A la vez Marruecos es testigo vivo de una rica historia. De aquella cultura islámica que llegó más al Este del mundo conocido, de aquél lugar por el que asoma la hispanidad como prolongación soñada del territorio visigodo. También es tránsito al África profunda, y en algún banco por aquí cerca duerme un negrito que seguramente vino en patera y vuelve volando, que éxito, seguramente se acuerde de aquellos que quedaron en el camino.
No se hasta que punto el islam ha dejado de ser el corazón de la sociedad marroquí, hasta donde ha llegado y hasta donde no ese laicismo “demomusulmán” que solicita ser Europa. Hasta donde ha llegado la convivencia entre los rostros completamente cubiertos y las tiendas de Zara para las coquetas y occidentalizadas jóvenes que dejaron el velo en el armario.
No se si lo que me espero es un decepcionante viaje por mercadillos de bolsos de imitación y olorosas mezquitas feas y llenas de turistas. Lo que es seguro es que sea como sea, Marrakech me aportará muchas cosas positivas. Y como en cada viaje, espero escribirlas.
Javier Tebas