11.01.09

En nuestra vida, algunas veces alejada de Dios, podemos encontrar al Padre en muchas situaciones por las que pasamos. Por eso, podemos seguir sus huellas, las huellas de Dios, para que nos sirvan de guía, de encuentro y, muchas veces, de consuelo.Por tanto, estos pequeños relatos, pequeñas inspiraciones producidas por la presencia de Dios de forma firme y efectiva, son, precisamente, “Huellas de Dios” en nuestras vidas porque, en realidad, nosotros somos su semejanza y, como tal, deberíamos encontrar a nuestro Creador, sencillamente, en todas partes.
El de esta semana lleva por título:
Luz de Dios en la oscuridad
Muchas veces la climatología nos sorprende con unos días en los que el sol parece que se ausenta de nuestras vidas y una cierta desazón se apropia de nuestro corazón.
Eso, claro, es una simple apariencia porque bien sabemos que siempre llega la calma tras el oscurecimiento del llamado astro rey.
Y esto que es, así dicho, un fenómeno físico, también se produce si lo vemos, desde el punto de vista analógico, cuando comparamos nuestra vida con la presencia de Dios en ella.
A veces, nuestra vida es una tiniebla que no deja ver la Luz.
Hay diversas formas de caer en la oscuridad y algunas de ellas nos hacen casi imposible ver a Dios.
Por ejemplo, cuando caemos en el pecado (grave ruptura de la relación que mantenemos con Dios) nosotros mismos nos tendemos la trampa de la tiniebla. Así, seguramente, cuanto más tupida sea la carga de incumplimiento de la ley de Dios tanto mayor será la distancia que nos separa del Creador y cuanto más profunda sea la herida del corazón causada por el hecho de pecar, tanto más oscuridad nos impedirá ver a Dios.
Pero no sólo es el pecado lo que nos tiende la tiniebla a nuestro paso porque muchas otras actuaciones nuestras nos fuerzan a no ver al Padre.
Por ejemplo, cuando nos dejamos vencer por el “qué dirán” si nos manifestamos como cristianos y, entonces, nos abandonamos al “respeto humano” (es decir, fijarnos más en lo que digan los demás antes de lo que, en verdad, es importante) entonces, seguramente, trazamos una clara separación entre Dios y nosotros porque nos vemos abocados a la apariencia y no a la Verdad.
Pero, también, cuando en la lucha por los poderes del mundo, baales (1) de nuestro tiempo, nos sometemos a sus gustos porque no nos parece ligera ni suave la carga que Cristo nos ofrece llevar porque bien es sabido que ser cristiano no es nada fácil y, a veces, es tan duro serlo, entonces, es grande la tiniebla.
Incluso, cuando no sabemos entender las razones del prójimo y vemos, en las mismas, un grave ataque contra nuestro status social e, incluso, espiritual, no hacemos buen uso de la fe, no entendemos lo que quiere decir amar y tal forma de actual, entenebrece nuestra existencia.
Y, sin embargo, tenemos en Dios a nuestra luz, a nuestra salvación que, con toda seguridad, nos salva de la tiniebla que nosotros mismos nos procuramos de las formas aquí presentadas y de tantas otras que cada cual somos capaces de imaginar, crear o inventar.
No es el mundo, como muchas veces se dice, un espacio esencialmente negativo ya que Dios nos lo entregó para tenerlo en depósito y devolvérselo a Cristo cuando venga en la Parusía.
Sin embargo, sí que es cierto que las muchas tinieblas que no nos dejan ver a Dios se pueden disipar fácilmente si tenemos una mínima voluntad de que así sea.
Pero, claro, no siempre la tenemos.
(1) En las Sagradas Escrituras “Baal” es uno de los falsos dioses. Los hebreos, apartándose del culto al Yahveh, le rindieron culto. Hoy día, los baales modernos son, por ejemplo, el dinero, el ansia de tener que se impone al ansia de ser, el poder por el poder, etc.