13.01.09

 

La casa donde habitan los sacerdotes es gélida y espartana, sin calefacción ni apenas comodidades. Hace casi más frío adentro que en la calle, donde el viento azota sin compasión en este pueblo extremeño. La casa contigua, sin embargo, mantiene una temperatura agradable. «Es que aquí residen nuestros ancianos y enfermos, y nosotros somos esclavos de los pobres: todo lo mejor es para ellos. Es “el palacio de los pobres", como solía repetir nuestro fundador», afirma, con naturalidad y sencillez, el padre Fernando. Este sacerdote de 33 años ingresó en la congregación de los Esclavos de María y los Pobres «después de pasar el típico rebote espiritual de la adolescencia» que le mantuvo alejado de la Iglesia unos años. «Pero vine a esta casa y vi el ambiente, el cariño con el que trataban a los enfermos y sentí que Dios me llamaba a quedarme», rememora. Ahora, de su muñeca cuelga una pequeña cadena plateada: «Es el símbolo de que somos esclavos de María y de los pobres», explica.

A los más pobres

La Guerra Civil había terminado hacía pocos meses cuando un joven sacerdote, el padre Leocadio Galán, decide fundar en Alcuéscar (Cáceres), en donde estaba destinado como párroco, una casa para atender a los más necesitados. «Para evangelizar a los pobres un día me llamó el Señor. Mi ideal es evangelizarlos», solía repetir el padre Galán. Desde ese momento, el sacerdote comenzó a recibir enfermos, ancianos y necesitados a los que trataba «como a otro Cristo». Una labor similar a la que iniciaba, por aquellas mismas fechas, la Madre Teresa de Calcuta con sus Misioneras de la Caridad. Sólo que en recónditos pueblos extremeños.Poco después empezaron a llegar las vocaciones: jóvenes que querían seguir el estilo de vida del padre Leocadio. En la actualidad, los Esclavos cuentan con seis casas, todas ellas en Extremadura salvo una, situada en Granada.

Cientos de voluntarios

Hasta la casa-madre de Alcuéscar llegan todos los años cientos de jóvenes voluntarios que pasan unos días ayudando a sus 70 residentes. «La verdad es que, al principio vine sin muchas ganas -reconoce Javier, un adolescente madrileño de 16 años-, pero me voy impresionado de lo que he vivido aquí estos días». Y no es extraño: los jóvenes se acaban encariñando con los residentes, especialmente con Francisco, un discapacitado psíquico. «Cuando llegó aquí, le habían expulsado ya de cinco psiquiátricos -refiere el padre Fernando-. Llegó aquí y lleva cinco años, y no se quiere ir», afirma sonriendo. Ya está en su hogar: en la casa de los Esclavos.

www.esclavosdemariaydelospobres.org/