14.01.09
Es que Masiá es demasié o el miedo a llamar a las cosas por su nombre
De las muchas cosas que el Jesuita y Profesor de Ética en la Universidad Sophia (Tokyo) Juan Masiá Clavel ha escrito últimamente, resulta, de todo punto interesante (por decir algo caritativo) el que haya dado cabida al libro de Carlos Alonso Bedate (integrante del Comité de Bioética de España) titulado “El estatuto ético del embrión humano”.Desde que se acuñara el término pre-embrión un poco de la dignidad de la persona se ha intentado dejar atrás porque se han creído, ciertas instancias científicas y, como podemos ver, teológicas (Masiá, por ejemplo) que pueden establecer el momento en el que un ser humano es persona y, sobre todo, desde cuándo no lo es.
Así, se ha dicho que, hasta los 14 días desde el momento de la fecundación, sólo somos un conglomerado de células y, por lo tanto, algo desdeñable, manipulable y, sobre todo, negociable.
Más que nada, se trata de una cuestión económica. O sea, por el puro y vil negocio.
Pues bien, el poco ínclito Masiá, azote de la ética católica y acogedor de las más peregrinas ideas, ha admitido (es de suponer que como buena) otra tergiversación de la realidad humana.
Ahora, al parecer, tenemos que admitir un nuevo término que vendría a sustituir al citado “pre-embrión”: “para-embrión”.
Y tal forma de definir al ser humano es, como poco, inadmisible y, como mucho, vergonzosa.
Sabemos que el prefijo “para” significa algunas cosas que, unidas a la palabra que sea, la especifican como algo que está al margen o, incluso, contra tal palabra.
Pues bien, cuando se dice que hay un momento en el que, tras la fecundación, el resultado de la misma, es “para”, es que se quiere ir más allá de la minusvaloración que el término pre-embrión supone.
Una cosa es que se diga que antes de ser embrión se es un conjunto de “algo” pero que no se llega a ser persona y otra, muy distinta, es que se pretenda hacer pasar como verdadera la especie según la cual tales días (al parecer 14) el resultado de la fecundación es algo que está “al margen” de la persona o, también, “contra” la persona.
Yo creo que, con esto, lo que se quiere es acabar, definitivamente, con la idea que defiende la doctrina católica según la cual el ser humano lo es desde el mismo momento de la fecundación porque el resultado de la unión del óvulo y el espermatozoide ha de ser, lógicamente, un ser humano distinto. Y no hace falta que pasen ni 14 días ni 7 ni 3 para que, entonces y a partir de tal momento, podamos decir que la persona ya es persona.
La prueba de que lo que aquí se dice en defensa de la persona es cierto es que ni el mismo autor del libro que defiende Masiá está seguro de lo que dice: “tiene características genéticas y biológicas de lo humano”. Y dice esto refiriéndose al pre-embrión o al para-embrión.
Pues resulta algo extraño que quien tenga algunas características de ser humano no lo sea sino que sea, digamos, algo distinto o, simplemente, una cosa fácilmente utilizable como material de experimento y ganancia.
Y esto es algo repugnante porque supone, sobre todo, sostener que, en determinadas ocasiones, al ser humano se le puede quitar la vida que es suya (derecho fundamental) porque, científica y políticamente conviene que así sea.
Yo creo que eso es pura eutanasia del nasciturus. Así de simple y así de claro.
Por otra parte, se pregunta Masiá, pues así simula algo de condescendencia con la maldad, si es conveniente utilizar el término pre-embrión o para-embrión.
Pues la respuesta es bien sencilla y él la debería entender a la perfección: ninguno de los dos.
Simplemente, llámele persona, Sr. Masiá y, entonces, obre en consecuencia.