Mestizaje de civilizaciones y culturas
Por Martino DiezCentro OasisJueves, 15 de enero 2009

“No se debe prestar atención prioritaria ni a los índices, ni a las características esenciales ni a las tendencias, sino que deben interesarnos los procesos, es decir, el modo en el que las cosas han dejado de ser lo que eran y se han convertido en lo que son actualmente”. Esta aguda observación del antropólogo americano Clifford Geertz, contenida en un volume publicado hace cuarenta años y traducido en español hace casi veinte (Observando el Islam: el desarrollo religioso en Marruecos e Indonesia, Paidós, Barcelona 1994), conserva intacto su valor.
Intentando comprender qué estaba sucediendo en algunas naciones tras la descolonización, Geertz constató que los índices económicos entonces de moda (kilometros de carretera asfaltada, numeros de televisiones, número de camas en los hospedales…), eran en la práctica irrelevantes si se quería ofrecer una lectura adecuada del fenómeno. En cambio considerando los procesos Geertz fue capaz de vislumbrar, en un momento histórico en el que la mayoría de sus colegas pronosticaba una secularización inminente de tipo socialista, el renacimiento del hecho religioso bajo nuevas formas y, contemporáneamente, el riesgo de una ideologización del mismo.
La necesidad de comprender los procesos en acto aparece hoy más urgente incluso que entonces. Y el proceso que más preguntas suscita, como las noticias de estos últimos días señalan, es el que en Oasis llamamos desde hace tiempo el “mestizaje de civilizaciones y culturas”. Esta categoría – así lo hemos afirmado repetidamente – debe entenderse no como una prescripción (el mestizaje no es lo que se “debe” favorecer), sino que propone una hipótesis explicativa que se ofrece a la libertad de las personas y a las comunidades a la hora de asumir la difícil tarea de orientar la vertiginosa evolución histórica a la que asistimos. Mestizaje dice contemporáneamente la riqueza del fenómeno y el potencial de violencia y enfrentamiento de un proceso cuyo resultado no se puede decidir de antemano.
Uno de los elementos más significativos del mestizaje es, sin duda, el protagonismo de diversos actores religiosos en una escena pública que no se puede entender como “espacio neutral”. De hecho tal espacio neutral no ha existido nunca: hasta ahora la escena pública en Occidente estaba caracterizada por un horizonte común cristiano, compartido por todos al menos como inspiración ética, por cuanto implícita. Pero evidentemente dicho horizonte común ya no existe.
Esta novedad representa sin duda un gran reto y, sin embargo, puede favorecer el nacimiento de una nueva laicidad. Por ejemplo las religiones, en cuanto “universales concretos”, obligan a reconocer el necesario contexto cultural de la reflexión sobre los derechos, que en Occidente sufre desde hace tiempo por ser preocupantemente abstracta. En efecto prácticamente todos los días se propone añadir un derecho nuevo a los tratados internacionales. Ingenuamente se cree que es posible prever derechos sin reconocer deberes correspondientes y que una sanción abstracta de principios es suficiente para garantizar su correcta aplicación. En cambio lo que hace falta es reconocer criterios concretos: si sobre los principios no se discute, sobre sus aplicaciones históricas la discusión puede ser encendida.
Un ejemplo de nuestros días nos lo ofrecen las diversas manifestaciones-oraciones que grupos de musulmanes han propuesto en algunas significativas plazas europeas como la Piazza del Duomo en Milán. En este caso no es suficiente apelar al sacrosanto principio de la libertad de religión, uno de los derechos más amenazados en nuestro tiempo, como muestra constatemente la vida de las minorías cristianas en países de mayoría musulmana. Invocar la libertad de culto no puede negar que una demostración como la de Piazza Duomo deforma la dimensión religiosa de la oración reduciéndola completamente a una clara perspectiva política.Evidentemente la oración musulmana no es la oración cristiana: ni en las formas ni en la concepción misma de lo que significa orar. En ámbito musulmán el vínculo con la dimensión política es mucho más acentuado, y no sólo en el pasado. Además es necesario considerar el momento de particular tensión en el que se ha propuesto dicho gesto: los hechos de Gaza hablan de una oposición frontal erigida a sistema.
Pero si el espacio público no es neutral, tampoco puede ser confiscado por los protagonistas en juego. Debe permanecer, sobre todo en una sociedad plural, el espacio abierto del reconocimiento recíproco, basado en el bien práctico de la existencia en común - un bien que precede y funda la convivencia civil – y en el respeto de la tradición prevalente de un pueblo.
Recurriendo a una dicotomía clásica en el derecho musulmán tradicional, podemos decir que el espacio de la sociedad civil no puede ser considerado ni “casa del Islam” o de cualquier otra established religion, ni “casa de la guerra” entre facciones contrapuestas, sino que debe ser pensado como “casa del testimonio”, como algunos pensadores musulmanes europeos han empezado a sugerir. El testimonio es una tarea insuperable y nunca se podrá considerar definitivamente cumplida.
Martino DiezCentro Oasis
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