Para escuchar a Dios hace falta corazón
01.02.09 | 06:14. Archivado en Santiago Agrelo
“¡Ojalá escuchéis hoy su voz!, no endurezcáis vuestros corazones”. Así oramos hoy, animándonos unos a otros a escuchar la voz del Señor. Primero escuché la petición del pueblo de Dios en el desierto: “No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios, ni quiero ver más ese terrible incendio: no quiero morir”. Y luego escuché el canto del salmista que decía: “¡Ojalá escuchéis hoy su voz!, no endurezcáis el corazón”.
Si digo: “no quiero volver a escuchar su voz”, es porque con toda razón temo morir si le oigo. Si digo: “¡Ojalá escuchéis hoy su voz!”, es porque quiero vivir y que viváis, y con toda razón pienso que moriré si no le escucho.
¿Cómo puedo acercarme al fuego y no quemarme? ¿Cómo puedo ver a Dios y no morir? Considera el grito del profeta que había visto la orla del manto de Dios, y oído a los serafines que aclamaban la santidad y la gloria del Señor: “¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos”. Considera lo que decía aquel pescador del Galilea que, después de una pesca asombrosa por inesperada y abundante, se había apenas acercado al misterio de Jesús de Nazaret: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”.
Y, sin embargo, Iglesia amada del Señor, no puedes vivir sin el fuego de Dios, no puedes vivir sin la santidad que te ha de abrasar. Vuelve a escuchar la palabra del profeta: “Entonces escuché la voz del Señor, que decía: _ ¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí? Contesté: _Aquí estoy, mándame”. Vuelve a escuchar la voz del pescador: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. El mismo que dijo: “apártate”, dice ahora: “no puedo apartarme de ti”. Así también nosotros, que decimos: “no quiero volver a escuchar la voz del Señor”, decimos también, animándonos unos a otros: “¡ojalá escuchéis hoy su voz!” Renuncias a la teofanía aterradora, pero te apegas a la palabra vivificadora.
Palabras de vida son las que escuchamos hoy en nuestra celebración eucarística: la palabra con que Dios nos habla en su Ley, la palabra con que nosotros hablamos a Dios en la oración de los salmos, la palabra de Jesús que nos asombra porque enseña con autoridad, y manda a los espíritus inmundos y le obedecen.
Si yo te digo: “¡Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor!, tú puedes decirme: _La hemos escuchado ya con piedad y amor, con fe y esperanza, con respeto y agradecimiento, con gozo y santo temor de Dios. Pero puedes también añadir: _La voy a escuchar aún cuando reciba a Cristo en santa comunión, y entre en mi casa el Señor que enseña con autoridad y expulsa al espíritu inmundo. Con Cristo Jesús, vendrá a mi casa la Palabra de la vida. Él es para mí fuerza de Dios que no aplasta, santidad de Dios que no humilla, fuego de Dios que arde en el corazón y no me consume…
La voz del salmista, voz del Espíritu de Dios dentro de ti, no dejará de decir: “¡Ojalá escuches hoy la voz del Señor!, y tú, Iglesia santa, le dirás: _La llevo dentro de mí, la guardo en el corazón, es la luz que guía mi vida…
Pero el salmista insistirá y el Espíritu no cejará en su amonestación. Entonces tal vez caerás en la cuenta de que te llaman también a comulgar con Cristo en tus hermanos, a comulgar en Cristo con tus hermanos, a escuchar la voz de Dios en la palabra de los pobres, a vendar las heridas de Dios en el cuerpo de los que sufren.
Para escuchar a Dios hace falta corazón. Por eso el salmista añadía: “¡No endurezcáis el corazón!” ¡Feliz domingo!