08.02.09

En nuestra vida, algunas veces alejada de Dios, podemos encontrar al Padre en muchas situaciones por las que pasamos. Por eso, podemos seguir sus huellas, las huellas de Dios, para que nos sirvan de guía, de encuentro y, muchas veces, de consuelo.Por tanto, estos pequeños relatos, pequeñas inspiraciones producidas por la presencia de Dios de forma firme y efectiva, son, precisamente, “Huellas de Dios” en nuestras vidas porque, en realidad, nosotros somos su semejanza y, como tal, deberíamos encontrar a nuestro Creador, sencillamente, en todas partes.
El de esta semana lleva por título:
La esperanza tiene origen divino
Muchas veces, a lo largo de nuestra vida, pasamos por momentos en los que sólo nos queda, como decimos, la esperanza. Por eso se dice que es lo último que se pierde porque, en realidad, es a lo último que podemos acogernos cuando no encontramos solución a determinado problema o cuando, simplemente, nos sentimos verdaderamente perdidos.
¿Estamos, en tales momentos, solos?
No. Dios siempre está presente y muestra sus huellas en nuestra vida: porque la esperanza tiene, esencialmente, origen divino y por tal origen nos acoge, siempre, con ánimo presto y adecuado.
Dice Salvador Canals, en el libro Ascética meditada (Ediciones Rialp, 1962) algo que nos debería servir para nuestra vida ordinaria porque es, en realidad, lo que nos debería dar aliento para seguir adelante: “Un mismo hombre, en efecto, según viva bajo el hálito de la esperanza o yazca bajo el peso de la desesperación, se nos presenta –y es de verdad- como un gigante o como un pigmeo. En nuestra convivencia y en nuestro trato con los hombres somos cada día testigos –no sin sorpresa ni pena- de estas sorprendentes transformaciones; pues quizá más que ningún otro nuestro siglo adolece de la carencia de esa virtud” (y se refiere a la esperanza)
Por eso sabemos que tal virtud (llamada teologal junto a la fe y a la caridad) es esencial para nuestra existencia porque, en realidad:
1.-Necesitamos la esperanza para tener algo en lo que sostener nuestra existencia.
2.-Necesitamos la esperanza para comprender que el definitivo Reino de Dios nos espera con los brazos abiertos porque Cristo está preparando las estancias como prometió y así recogen las Sagradas Escrituras.
3.-Necesitamos la esperanza porque sin ella carecería de sentido nuestra vida.Por eso decimos que la esperanza, virtud, tiene origen divino: porque Dios sembró, en nuestro corazón, la creencia en ella y en las posibilidades de mañana que nos ofrece y mantiene.
A este respecto, dice Benedicto XVI en su Encíclica Spe salvi (31) que “Más aún: nosotros necesitamos tener esperanzas –más grandes o más pequeñas–, que día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. De hecho, el ser agraciado por un don forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto”.
Y es en tal Dios, en el único Dios, en el Dios Creador y en el Dios Padre-Madre en el que fundamentamos nuestra esperanza y en el que podemos saber, a ciencia y fe cierta, que no nos abandona. Por eso Él es nuestra verdadera esperanza y en Él tenemos puesto nuestro corazón a sabiendas de que Su luz nos muestra el camino hacia Su definitivo Reino.
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Hoy, 8 de febrero de 2009, sigue ejerciendo el sacerdocio y la docencia, aun, el autor de este artículo.