08.02.09

 

Parece que bastantes católicos alemanes se han sublevado contra el Papa por la decisión del Pontífice de readmitir a la plena comunión con la Iglesia a los obispos ordenados por Mons. Lefebvre. Las inoportunas, y disparatadas, declaraciones de uno de esos obispos sobre el holocausto perpetrado por los nazis han herido no sólo a los judíos, sino también a los alemanes, independientemente de su religión.

Pero una reacción anti-Papa es injusta y desproporcionada. Los obispos lefebvristas no estaban excomulgados por sus opiniones sobre la historia contemporánea – opiniones que, que se sepa, tampoco constaban públicamente - , sino por haber sido ordenados sin mandato pontificio. Y de los cuatro obispos ex-cismáticos, sólo uno de ellos, del que se han distanciado tanto los miembros de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X como el mismo Vaticano, había incurrido en la imprudencia de hablar sobre lo que un obispo no debe hablar – y, creo, ni siquiera pensar - .

Tampoco muchos líderes del judaísmo son justos con el Papa. El afecto del Obispo de Roma hacia los judíos, y la indudable claridad de la doctrina católica en lo que respecta al pueblo elegido, no pueden, en estricta justicia, ser puestos en duda. Cabría la posibilidad de que mañana algún rabino aislado se dejase llevar por un impulso irreflexivo y dirigiese palabras molestas contra los católicos. No por eso el Papa, ni la Iglesia, caerían en la tentación de tomar la parte por el todo y de echar por la borda los acercamientos que, con tanto esfuerzo, se han ido produciendo entre Israel y el catolicismo.

A los obispos alemanes, y a los obispos del resto del mundo, les compete, creo, la tarea de explicar las cosas, de ponerlas en su sitio y, en consecuencia, de respaldar públicamente al Papa. Algo así han hecho, ejemplarmente, los obispos polacos. No se le puede recriminar al Papa que luche por la unidad de la Iglesia. Ésa es su misión. Una tarea que, como la de Pedro, pasa por la cruz.

Sorprende en todo este desgraciado incidente que quienes teóricamente se manifiestan siempre abiertos al diálogo, al ecumenismo y a la paz entre las naciones y las religiones, levanten su dedo acusador contra la mansa figura de Benedicto XVI. Uno alberga la sospecha de que, en estas peticiones de modernos “autos de fe”, no subyace el llanto por los inocentes muertos – un llanto que, por otra parte, todos compartimos - , sino la protesta, ya vieja, contra todo lo que venga de Roma, contra todo lo que, frente a la desintegración de la fe postulada por cierto cristianismo postcristiano, recuerda, a tiempo y a destiempo, la esencia del cristianismo. Un capítulo más, en suma, del potente “complejo antirromano” sobre el que, hace ya años, escribió autorizadamente von Balthasar.

Guillermo Juan Morado.