12.02.09



Una marcha de profesores acompañados por sus alumnos va a culpar a la Iglesia “por perpetuar un pensamiento machista, fascista, nazi”, y por apoyar la globalización que ha provocado “la actual crisis neoliberal”.

En un blog de esta santa casa, La Buhardilla de Jerónimo, se realiza una constatación de hechos con la que estoy plenamente de acuerdo. Sin embargo, quizá no estuviera del todo de más ir un poco más allá de la constatación de los hechos y realizar algún tipo de reflexión entorno a ellos.

En la Iglesia hay muchas personas santas convencidas de que lo mejor es no hacer caso de semejantes extravagancias porque, en el fondo, como extravagancias que son, no llegarán nunca a ninguna parte.

Cuando las cosas se pongan un poco peor, esas mismas personas dirán que no hay que dar excusas, que no hay que excitar los ánimos. Y cuando las cosas se pongan todavía peor, llegará la hora de huir o del martirio.

Todo eso lo sabemos porque ya lo hemos visto durante el s. XX.

Hemos visto cómo los judíos alemanes, sabiéndose tan alemanes como el más alemán de los alemanes, no creyeron que el Estado del III Reich fuera a maltratarles.

Hemos visto cómo soportaban todo tipo de humillaciones en silencio. El suyo por miedo, y el del resto de sus conciudadanos por complicidad o comodidad. No deja de ser doloroso recordar que Franz von Papen era católico. Y que, sin su ayuda, Hitler hubiera tenido más problemas para llegar al poder.

Finalmente, hemos visto cómo desaparecieron, entre otros, más de un millón de judíos polacos.

Pero, increíblemente, no acaba todo ahí, con la muerte de las víctimas.

También hay quien quiere acabar con el recuerdo de su existencia.

Supongo que monseñor Williamson estará buscando el destino final ese millón de judíos polacos que él dice que no sabe dónde fueron. Espero que lo averigüe antes de que Dios le llame para explicárselo.

Sabemos que pasó lo que pasó porque durante toda la guerra, entre otras cosas, IBM ganó suculentísimas contratas con el gobierno del III Reich.

Conforme las tropas americanas iban entrando en territorio alemán, fueron retirando las máquinas elécricas de tabular de IBM y las fichas-registro con los datos de la matanza para que no cayeran en manos de los rusos.

Las retiraron para que no las utilizaran para desarrollar su propia tecnología, ni como arma de propaganda contra un Franklin Delano Roosvelt que, como presidente de los EEUU, estaba perfectamente al corriente de lo que estaba pasando en la Alemania nazi del III Reich, tal y como se supo mucho después.

Con esas máquinas eléctricas de tabular se registró minuciosamente lo que le pasó a la población judía.

También se registró por qué eran judíos: porque al menos uno de sus abuelos estaba registrado en el censo como tal. ¡Ese dato se registraba en el censo!.

Y también se registró dónde vivían: a pesar de la heroica oposición contra la ocupación nazi de la población holandesa, su magnífico instituto de estadística, combinado con las novísmas máquinas de tabular de IBM, permitió la localización y la práctica erradicación y exterminio de la población judía de la otrora próspera judería holandesa.

Tanto se usaron las máquinas elécticas de tabular de IBM y tan bien sirvieron a su propósito que, en Polonia, cuando las tropas nazis llegaban a un pueblo o ciudad, lo primero que hacían era colgar en la puerta del ayuntamiento las listas con los judíos empadronados en el municipio, convocándolos para su traslado inmediato.

Muchos descubrieron entonces que eran judíos.

Hitler no estaba interesado en la muerte de los judíos secularizados. Por eso quiso deshacerse de ellos de forma incruenta, expulsándolos de los territorios bajo dominación nazi. Sin embargo, en la conferencia de Évian, en la Francia ocupada de Pétain, en 1941, los países aliados se negaron a aceptar a ese millón de judíos alemanes, austríacos, holandeses y franceses a los que Hitler daba permiso para salir. La mayoría de ellos pereció en las cámaras de gas. O, como prefieren los revisionistas, nadie ha sido capaz de dar razón satisfactoria de su paradero posterior.

En 1943, cuando el peso de la guerra en el frente oriental ya era evidente, acuciado por la necesidad de dinero y materias primas, Hitler ofreció la posibilidad de salvar la vida de todos los judíos que vivían en los territorios bajo dominación nazi previo pago de un rescate económico.

Excepto los Ost Jüden, los judíos que todavía seguían con vida en la Europa del Este.

Ellos no estaban secularizados. Eran demasiado Yiddish. Tenían demasiada Torah dentro suyo. Estaban demasiado embebidos con los valores, la fe, las tradiciones, la cultura judía. Allí donde fueran, reconstruirían su fe. Y eso era algo inaceptable para las autoridades nazis. Sus vidas no eran negociables.

Tenían que morir.

En su búnquer, al final de la guerra, Hitler escribió una carta de disculpa a la Nación alemana. Pedía perdón. Pero no pedía perdón por haber llevado a Alemania a una segunda guerra en algo más[1] de veinte años, ni por haber dejado el país ocupado, dividido y en ruinas. Pedía perdón por no haber acabado con todos los judíos, portadores de un virus en forma de religión que hacía más débil al hombre ario con conceptos tales como piedad o humildad.

Seguro que las cosas que dice y hace este Papa alemán, Benedicto XVI, le harán revolverse en su tumba.

Hitler había perseguido a los judíos por su fe.

Hoy en día, el presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, los odia por lo mismo. Si Israel no existiera, sus habitantes se convirtieran al Islam y su territorio formara parte de Jordania, la situación de los palestinos no mejoraría. Pero habría dejado de interesarle a la mayoría del resto del mundo. Musulmán o no.

Trescientos millones de cristianos sufren persecución por su fe, especialmente en los países de mayoría islámica. El Papa pide a los líderes musulmanes en general, y al presidente de Turquía en particular, que respete a la población cristiana.

Mientras tanto, en Irán las cosas empeoran para los pocos cristianos caldeos que todavía quedan allí, sin el apoyo y consuelo de su obispo, secuestrado y asesinado. Y las cosas no van mucho mejor para los cristianos que viven en Paquistán, la India o China.

En occidente ya vemos lo que pasa. Aún es tiempo de hablar, alto y claro. Aún podemos ayudar al resto de cristianos que sufren persecución por su fe. Pero si las cosas siguen así, pronto llegará el tiempo de callar y huir o morir, como pasa en tantos otros lugares.

Pero, entonces, huir ¿a dónde?

Si los cristianos en general y los católicos en particular seguimos callando, es mejor que sepamos dónde conduce el camino que estamos recorriendo. Un camino que recorrieron los judíos primero. Y que algunos desearían que terminaran de recorrer. Como lo terminó de recorrer el Nazareno.

A ver si va a resultar que es ése el significado profundo de de las palabras de Cristo: “Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc.18:8).


[1] Corrección de error (12-02-2009@15:00h): Cambiado “menos” por “algo más”, (1918-1939).