12.02.09

Miguel Serrano Cabeza comentó en el artículo anterior que “la verdadera pedagogía [es] la del amor, que siempre es respetuoso, humilde, firme y veraz”, lo cual mostró la Virgen María en sus aparicione a Sta. Bernadette. Como madre, me pregunto si siempre actúo así con mis hijos, y la verdad es que no siempre muestro ese amor que describe S. Pablo:“El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca.” (1 Cor. 13, 4-8).
Si el amor es veraz, entonces ¿por qué sería virtud mostrarse alegre cuando en el fondo uno se sienta mal? ¿No sería eso una mentira? ¿Por qué aparentar alegría a los demás aún cuando uno no se sienta bien?
1) Sta. Teresa de Jesús recomendaba no quejarse porque cuando los males son verdaderamente intolerables se aparentan por sí solos. La fiebre de la suegra de Pedro era tal que otros pidieron por ella al Señor. “Tan pronto como ruegan al Salvador, cura Él espontáneamente a los enfermos. De este modo muestra que las pasiones y los vicios se mitigan siempre con los ruegos de los fieles, y que a veces da a entender a los mismos lo que no entienden absolutamente.” (S. Beda)
2) La fiebre representa para S. Beda nuestras pasiones y vicios, de las cuales nos cura el Señor. Añade Sto. Tomás de Aquino: “Tiene fiebre el que se irrita, puesto que por la ira muestra desenfrenadamente las manos. Pero si detiene la razón su mano, se levanta y de este modo le sirve.” (Sto. Tomás de Aquino, Catena Aurea) Debemos, pues, combatir nuestras irritaciones y malestares porque no pueden expresarse de manera razonable ya que nos ciegan e instigan el pecado, que nace del demonio, padre de la mentira.
3) No es lo mismo sentir que consentir. Por eso, cuando nos mostramos alegres luchamos el sentimiento de mal humor, por ejemplo, y damos a entender que de verdad no consentimos al pecado sino al amor cuya descripción leímos al principio de este artículo.
4) A continuación de esa descripción explica S. Pablo: “Cuando yo era niño, pensaba como niño, razonaba como niño; cuando llegué a ser hombre, me despojé de las niñerías.” (1 Cor. 13, 9-12) Hay una etapa infantil que en los Estados Unidos se llama “the terrible twos”, refiriéndose a la terrible rebeldía de los niños de dos años. Son una ilustración perfecta de lo que debemos dominar para llegar a ser adultos. La gran mentira sería portarse como niños cuando somos adultos.
5) Dice además S. Pablo: “Al presente conozco sólo parcialmente, pero entonces conoceré como soy conocido.” (1 Cor. 13, 12) Si nuestras irritaciones y malestares son parte de lo que experimentamos, no son esas cosas negativas parte de la realidad de lo que somos en totalidad, lo que Dios vió que era bueno cuando nos creó. Ocultar malestares por Caridad no es mentir, sino mostrar que somos de verdad hijos de Dios.
6) La verdad es que “Dios quiere que tu miseria sea el trono de su misericordia, y tu impotencia la sede de todo su poder” (S. Francisco de Sales). Él entró en casa de la suegra de S. Pedro [en la ilustración] y le tomó la mano. Nos extiende Su mano también porque sabe que “No hay pecado en el mundo que el hombre no pueda cometer si la mano que hizo al hombre dejara de sostenerlo” (S. Agustín, Soliloquio, I 1). Mostrar mal humor es negar esa verdad de la ayuda que Dios está dispuesto a concedernos en todo momento.
7) Si somos humildes reconoceremos el bien que recibimos de Dios en todo momento para ofrecerlo a los demás en gratitud, como hizo la suegra en el Evangelio del 5o. domingo de tiempo ordinario tras ser curada: “se puso a servirles” (Mc. 1, 31). El Señor no le mandó hacerlo ni lo impuso como condición para su cura, mostrando todas las manifestaciones del amor que enumera S. Pablo. Todos tenemos la libertad de elegir entre lo bueno y lo malo, entre lo bueno y lo mejor. El Señor nos concede su fuerza y hay mucho bien que podemos hacer sólo cuando nos olvidamos de nosotros mismos para alegrar a los demás.Para reflexionar:
Tu mal carácter, tus exabruptos, tus modales poco amables, tus actitudes carentes de afabilidad, tu rigidez (¡tan poco cristiana!), son la causa de que te encuentres solo, en la soledad del egoísta, del amargado, del eterno descontento, del resentido, y son también la causa de que a tu alrededor, en vez de amor, haya indiferencia, frialdad, resentimiento y desconfianza.
Es necesario que con tu buen carácter, con tu comprensión y tu afabilidad, con la mansedumbre de Cristo amalgamada a tu vida, seas feliz y hagas felices a todos los que te rodean, a todos los que te encuentren en el camino de la vida. (Salvador Canals, Ascética meditada).
Pregunta del día [Puede dejar su respuesta en los comentarios]: ¿Cómo explicaría a otros que como cristianos deberíamos mostrarnos alegres en todo momento?
Mañana: La oración – “se puso a orar” (Mc. 1, 35)