14.02.09

Tiene cara de buen chico. Y dicen que la cara es el espejo del alma, aunque el aspecto y la apariencia pueden engañar, pero no creo que sea el caso. De Rafa Nadal, de sus méritos deportivos, de su saber ganar, se ha escrito tanto que poco puedo añadir yo. Sobre todo porque, en lo que al deporte se refiere, mi ignorancia es absoluta. No recuerdo haber visto nunca, entero, un partido de fútbol; ese extraño juego entre dos equipos, de once jugadores cada uno, cuya finalidad es hacer entrar un balón por una portería. No logro descifrar el misterio que encierra este juego, ni las claves ocultas que consiguen acaparar incondicionalmente la atención de los espectadores. Pero hace mucho tiempo que he renunciado a intentar explicarlo todo.

Si el fútbol es complejo en su aparente simplicidad, ¿qué decir del tenis? En este deporte dos personas se lanzan alternativamente una pelota, utilizando raquetas, por encima de una red, con el propósito de que la otra parte no acierte a devolverla. Si ustedes me explican la segunda ley de la termodinámica, no les aseguro mi comprensión. Pero los enigmas relativos al calor y a las restantes formas de energía se me antojan, en su dificultad, más asequibles y cercanos que los arcanos del tenis. Los torneos; los “Roland Garros”, los “Wimbledon” y los “Open de Australia” suenan a mis oídos con la misma cadencia esotérica con la que puedo escuchar un mantra en sánscrito.

Pero yo no puedo decir que no sé quien es Rafa Nadal. Mi hermano menor, mi padre, un poco mis otros hermanos y hasta mi madre saben quien es. Y me contagia ese saber expansivo con la sospecha, como dirían los escolásticos, de que “bonum est diffusivum sui”; de que el bien se difunde por sí mismo. Algo tendrá Rafa Nadal. Aparte de su cara de buen chico, me agrada de él su solidaridad con sus rivales. Por ejemplo, con Federer, otro tenista, derrotado por él, con quien tuvo la gentileza de mostrarse amistoso y nada cicatero a la hora de reconocer los méritos de su contrincante. Sin duda, una lección de buen estilo, de estética; en definitiva, de ética.

Nadal parece humilde, sinceramente humilde, en medio de un contexto que podría, casi sin darse cuenta, empujarlo a la fatuidad, a la presunción, a la vanidad siempre ridícula. Nadal tiene madera de héroe, de varón ilustre y famoso por sus hazañas y virtudes. A mí me gustaría – y sobre gustos no hay nada escrito – que Rafa Nadal ingresase en un Seminario, para ser cura. Quizá fuese, ese hecho, un revulsivo, un medio terapéutico, para despertar otras vocaciones, otras llamadas, a un heroísmo humilde.