«¡Cómo no voy a sentir dejar Sevilla!», dice el purpurado andaluz
¡Felicidades, cardenal Amigo!
RDDomingo, 23 de agosto 2009
Cuenta Aurora Flórez en Abc que hoy, 23 de agosto, el cardenal de Sevilla, monseñor Carlos Amigo Vallejo, cumple 75 años. Una fecha y una efemérides que suponen el principio del fin de una época en la Archidiócesis de Sevilla, toda vez que Su Santidad el Papa decidirá a partir de este mismo momento si prorroga por un tiempo o no la permanencia de fray Carlos en la cátedra de San Isidoro.
Como es preceptivo, monseñor Amigo ha presentado ante Benedicto XVI su carta de dimisión a su oficio, un extremo inevitable y obligatorio, recogido en el Derecho Canónico y que se resume en una frase lanzada por el mismo fray Carlos, «el carnet de identidad es inexorable», en el momento en que se conoció el nombramiento del arzobispo coadjutor, que habrá de sustituirlo: monseñor Juan José Asenjo Pelegrina el pasado 13 de noviembre de 2008.
Desde ese mismo instante se produjo un revuelo en la ciudad, que empezó a analizar y a vaticinar los cambios que se avecinaban de la mano del nuevo prelado. La expectación, en algunos casos, se transformó incluso en temor por el perfil de monseñor Asenjo en su percepción de las hermandades y cofradías. Un sector social que monseñor Amigo ha sabido manejar con mano dura cuando ha sido necesario pero con dosis elevadas de tino y habilidad.
Gratitud y satisfacción
Muchos se han preguntado qué siente el cardenal en estos momentos en los que las miradas no ya de la Iglesia de Sevilla sino de sectores influyentes de la ciudad confluyen en su figura y escudriñan cada uno de sus gestos y de sus palabras buscando una señal que indique despedida. Para el prelado, diplomático y disciplinado en estas circunstancias con los designios del Papa, es relativamente fácil responder. Ante la inevitable presentación de la carta de renuncia «son sentimientos de gratitud muy grandes» los que le embargan: «Llevo 36 años de arzobispo, primero en Marruecos y luego en Sevilla y ésto es un motivo para dar gracias al Santo Padre, desde Pablo VI, a Juan Pablo II -Juan Pablo I fue Pontífice muy poco tiempo - y ahora Benedicto XVI».
Abunda más fray Carlos en las circunstancias de esta «jubilación» próxima al frente de la grey sevillana dejando sobre el tapete que «poner el Ministerio a disposición del Papa, como está recogido en Derecho Canónigo, es también una expresión de fidelidad a la Iglesia, en mi vocación de servicio a ella. Lo que siento es agradecimiento y gratitud». «Uno -insiste el purpurado- lo que hace es presentar la carta al Santo Padre, está obligado a ello. Él es quien decidirá cuando he de dejar Sevilla...»
Y claro que siente fray Carlos pensar en ese momento: «¡Qué duda cabe que el día en que tenga que dejar Sevilla ¿cómo no lo voy a sentir?. Son por una parte 27 años aquí y, por otra parte, sería una persona ingrata y con pésima educación si no agradeciera a Sevilla todo lo que me ha dado en estos años, de afecto, de apoyo a la gestión y de fidelidad a la Iglesia Diocesana».
El recuerdo
Sonríe y ríe el cardenal ante la pregunta sobre qué le gustaría llevarse de Sevilla. «Hay muchas cosas bonitas, hermosas -empieza a contestar-. El día que tenga que abandonar Sevilla lo que me llevaré será el recuerdo de las personas con las que he convivido estos años y de las que conservo, indiscutiblemente, una huella muy grande de afecto y de gratitud». Pero no queda ahí: «También me llevaré, incluso, el recuerdo de aquellas personas que han criticado mi labor, porque también me han ayudado y uno tiene que estar atento, ya que, ante las críticas hay que revisar a ver si hay algo que corregir». Por ello, el cardenal dice sentir la «sensación de paz que da percibir la gratitud de unos y otros»
Precisamente esta respuesta lleva a la cierta ingratitud captada en algunos sectores de la Archidiócesis -incluso se ha comentado que las críticas al cardenal se han lanzado desde algunos púlpitos parroquiales-, pero, según analiza monseñor Amigo «está dentro de los parámetros en los que nos movemos ¡qué duda cabe que algunas actuaciones no habrán sido del agrado de todos¡ y hay que aceptarlo».
La incógnita de la fecha sigue sujeta a todas las especulaciones posibles mientras al cardenal puede vérsele alguna de estas tardes de agosto paseando por la Avenida. Sabe, como repite, que «en la presentación de la carta al Papa termina todo lo que uno puede saber».Sin fecha de caducidad
En cualquier caso, huye el cardenal de hacer directamente un balance de los veintisiete años que lleva en Sevilla, de los que ha tardado una veintena en unir a su título de arzobispo el de cardenal. En este tiempo en que ha modernizado la gestión de la Archidiócesis y su percepción ante el pueblo llano, se siente satisfecho y no pone fecha de caducidad a su labor. «Yo debo trabajar en Sevilla como si fuera a ser eterno. No podemos tener en ningún momento el sentimiento de que estamos de tránsito y yo siempre miro más al futuro que al pasado».
Pero, no obstante, echando la vista atrás, monseñor Amigo muestra su orgullo por el camino recorrido en la Archidiócesis y los logros que han ido quedando en ella.
Sobre todo, el cardenal siente «una satisfacción muy grande al ver cómo la Iglesia de Sevilla se ha extendido por los barrios nuevos, cómo se han construido muchos complejos parroquiales, con sus templos, sus salones para actividades pastorales, los centros de acogida». No olvida fray Carlos la colaboración conseguida estos años con distintas instituciones y lo que se ha hecho en referencia a la caridad, como centros sociales o formación de personas.
El Seminario
Por contraposición a críticas recibidas sobre la actividad del Seminario, monseñor Amigo, que en su carta pastoral del día 15 escribía que «no podemos resignarnos a ver reducido el número de vocaciones sacerdotales», presume «no de que hayamos hecho un edificio nuevo, no, no. Sino de que se ha trabajado mucho por las vocaciones y en estos años ha habido bastantes ordenaciones y se ha rejuvenecido el clero, el presbiteriado».
Son los signos más visibles del pontificado de don Carlos, que dirige su mirada a otra «calderilla» de sentimientos, porque «las satisfacciones más íntimas para un obispo son las menos espectaculares. ¿Sabe lo que es que vaya por la calle y se acerque una persona deficiente y me abrace porque me recuerda por haber visitado su colegio? ¿o que vaya a la cárcel y los presos me hayan echado de menos? ¿o cuando me hicieron cardenal que la gente del Polígono Sur, que está en situaciones tan difíciles, tengan la sensibilidad de mandarme una felicitación?... Todas esas cosas te producen una sensación muy gratificante».
Mientras, en mentideros cofradieros, ciudadanos y periodísticos en cada uno de los actos que ha protagonizado el cardenal en estos meses, el latiguillo de «último» ha estado presente. El rosario abarca desde el Pontifical del Rocío a la Virgen de los Reyes pasando por el Corpus. Hasta la publicación de la recopilación de sus veinticinco años en Sevilla a través de sus cartas pastorales adquirió en algunos círculos el calificativo de epitafio para su pontificado.
Sin embargo, dice al comenzar a terminar esta entrevista: «tendremos ocasión de hablar muchas veces de muchas cosas». «¿Que nadie quiere que me vaya?, ni yo quiero irme de Sevilla. Pero todos nos debemos a la obediencia».
Reitera el cardenal: «Son veintisiete años en Sevilla, y gracias a Dios, muy feliz de haber trabajado aquí y de seguir trabajando aquí. Pocos arzobispos han estado tanto tiempo en la misma sede y es lógico que llegue el tiempo del relevo».
¿Dónde irá el cardenal cuando lo decida Benedicto XVI? «ése es un capítulo a resolver. La verdad es que no me lo planteo. Sólo que estoy muy ligado a la Orden Franciscana y desearía estar muy cerca de ellos».