24.08.09
Reformas litúrgicas
Con el tema de las “reformas” litúrgicas uno termina un poco asombrado de lo que se escribe en artículos, blogs, foros, etc. La autoridad competente para reformar la Liturgia es la Santa Sede y, en el ámbito de sus atribuciones, también las Conferencias Episcopales y los Obispos diocesanos: “Por lo mismo, nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia” (SC 22). La cuestión es así de sencillita. La Liturgia es el culto oficial de la Iglesia; la Iglesia es un pueblo jerárquicamente estructurado, “ergo” hay unos responsables de “añadir”, “quitar” o “cambiar” en los asuntos litúrgicos.
En el culto divino hay cosas que vienen del Señor y otras que no. O, dicho en términos jurídico-canónicos, hay elementos de derecho divino y otros de derecho eclesiástico. Lo que viene del Señor, lo que pertenece al derecho divino, es irreformable. Todo lo demás no lo es. Pero que no lo sea en sí mismo no quiere decir que cualquiera pueda cambiarlo; sólo puede cambiarlo quien tiene la autoridad para hacerlo.
A veces me da la sensación de que se proyecta sobre lo litúrgico toda la frustración que engendra en los corazones la erosión de la fe en buena parte del mundo: “en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento”, dijo el sabio Papa Benedicto XVI. Y tiene toda la razón.
A fuerza de voluntad queremos conjurar este peligro y buscamos, consciente o inconscientemente, “culpables” de esta situación. Pero, a mi modo de ver, las causas de la misma son muy profundas. A día de hoy, poca diferencia existe, a la hora de evaluar “resultados” – si pudiésemos hablar así – , entre parroquias observantes o menos observantes, entre congregaciones más tradicionales o menos tradicionales, entre seminarios más “fieles” o menos “fieles” a las orientaciones de la Iglesia. Aunque hay excepciones, parroquias donde las cosas se hacen conforme a los cánones están vacías. Y seminarios o conventos similares, también.
Con esto no pretendo ni de lejos insinuar que todo sea lo mismo. No. Las cosas deben hacerse bien. Y por “bien” entiendo, a un nivel muy básico, “en conformidad con lo que manda la autoridad de la Iglesia”. Si Dios, en su plan de salvación, pensó en la Iglesia – como creemos con firmeza los católicos - , parece obvio que tenía que querer que esa Iglesia no fuese una comuna desorganizada, sino una sociedad estructurada, donde algunos tuviesen el deber de pastorear en nombre de Cristo.
Cuando se habla de “reformas”, así en plural, yo me quedo muy tranquilo. No es “difícil” celebrar la Liturgia mínimamente bien. Basta con intentar ser conscientes de lo que hacemos y seguir, con espíritu de obediencia, lo que marcan los libros litúrgicos; es decir, lo que ha dispuesto la autoridad de la Iglesia. Eso sí, siempre se puede celebrar mejor y siempre se debe aspirar a ello. En definitiva, la liturgia terrestre está llamada a ser superada por la liturgia celeste, aun cuando sea un anticipo y una participación de la misma.
Que cada cual haga lo que esté de su mano. Sólo de eso, pienso, Dios le pedirá cuentas. Y Él es el único árbitro de la marcha de la historia. No pretendamos suplirle.
Guillermo Juan Morado.