25.08.09
Perdonavidas
Las palabras tienen su magia y, a veces, nos hacen sucumbir a su hechizo. Un término que encuentro particularmente afortunado es el de “perdonavidas”. Designa a quien presume de lo que no es, a quien se jacta de bizarro y va por ahí, con su actitud, como indultando a los demás. Un sinónimo de “perdonavidas” es “baladrón”; es decir, fanfarrón y hablador que, siendo cobarde, blasona de valiente.
Tanto en la vida real como en la virtual nos encontramos con “perdonavidas”. Una manifestación de esa singular disposición de ánimo se hace ostensible en la facilidad con la que el perdonavidas cree adivinar las verdaderas intenciones de los demás, sus resortes ocultos, sus aspiraciones inconfesas.
En un debate, el perdonavidas no atiende a razones. Simplemente se limita a contestar con el desprecio de quien se sitúa más allá del bien y del mal. No va a lo que se dice, sino que desprestigia a quien lo dice. Y el ataque es periférico, circunstancial, anecdótico, porque - se sobreentiende - no está él para perder el tiempo, no tanto con banalidades, sino con seres insustanciales que están muy por debajo del nivel en el que él, sin fundamento alguno, cree estar.
Si algo no soporto es que otra persona pretenda decirme que lo que yo pienso no es lo que pienso. Los que tienen vocación de oráculo me sacan de quicio, me exasperan. Aunque, para que no se hagan ilusiones, les diré que me irritan sólo por unos segundos.
Otra especialidad que cultiva el perdonavidas o baladrón es la memoria selectiva. Se acuerda de lo que le conviene, pero lo dice con tal aparente seguridad que casi uno no se atreve a contrariarlo. Un perdonavidas - clarividente en grado máximo - no sólo es capaz de descifrar los enigmas de tu pensamiento, sino también las intenciones de tu voluntad y hasta los más recónditos pasajes de tu biografía personal.
Esta tarde me he encontrado, virtualmente, con un espécimen de este género. Decía llamarse, ¡ay!, no recuerdo. Pero presumía de saberlo todo de mí. Me ha divertido. Me ha hecho bucear en el mar de las palabras. Un mar inmenso, amplio, que nunca seremos capaces de surcar completamente.
Guillermo Juan Morado.