Orar con la palabra
28.08.09 | 09:04. Archivado en Pastoral

En el Verbo Encarnado se nos ha dado la Palabra. A través de Jesús, el Hijo de Dios, se nos posibilita relacionarnos con Él de una manera familiar. La invitación es a la mayor intimidad, como el Verbo está en Dios, como el discípulo amado está en el Maestro, como Jesús desea estar con sus amigos. Sin embargo, no siempre sentimos suficiente confianza para esta relación; a veces sufrimos circunstancias que nos obligan a expresarnos de manera más desgarrada y menesterosa.
¿Cómo saber si nuestra oración es adecuada, si no caemos en un pietismo falso, en un deseo injusto o en un intento de manipular la voluntad divina? ¿Cómo saber si en la oración es mejor hablar o callar, si debemos suplicar o bendecir? ¿Cómo librarse de la tentación de inutilidad cuando no se siente nada, o de subjetivismo, cuando se gusta el consuelo afectivo en la estancia orante?
Los textos bíblicos nos revelan distintas formas de orar, todas ellas avaladas por la Palabra divina. En el deseo de orar bien, el salterio y la enseñanza de Jesús se convierten en referencia objetivadora.
Jesús, maestro de oración, oró con los salmos y enseñó a sus discípulos cómo dirigirse a Dios. La oración del Padre Nuestro encierra toda la sabiduría de Aquél que era escuchado por su Padre Dios. En ella se concentra la bendición más trascendente, “Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre”, la súplica más necesaria, “Venga tu reino. Hágase tu voluntad”, la más existencial, “Danos hoy el pan de cada día” y la más menesterosa: “Perdona nuestras ofensas. No nos dejes caer en tentación. Líbranos de mal”. Siempre con dimensión comunitaria, como miembros de una misma familia, unidos a todos los hijos de Dios.
La oración puede tener aspectos de súplica angustiada o serena. La puede provocar la necesidad de perdón, de expiación y de intercesión. También se convierte en bendición, exultación, alabanza, acción de gracias, en cántico. El silencio, la adoración, la contemplación, la expresión confiada del abandono y el reconocimiento son dimensiones orantes.
El justo vive por su fe. La fe se alimenta con la oración. La oración toma el lenguaje de Dios cuando se expresa con su Palabra. Orar es respirar la fe. Tanto creo cuanto rezo. Orar es respirar la esperanza, porque se apela siempre a otro ser bueno y solidario. De la oración depende el conocimiento de Dios, y de su conocimiento se deriva la experiencia de amor. Orar es amar. Ora el creyente y en ello manifiesta su esperanza. El que ora confía, sale de su ensimismamiento y se libera de la opresión del acoso intrascendente o del egocentrismo. El orante recupera o explicita la vocación más alta de ser humano, tratar con Dios.
No hay situación humana que no pueda convertirse en relación teologal, y cuando se llega a ella, se trasforma la realidad o se ilumina. Nada es irremediable para el que cree. Nada es intrascendente para el que espera. Al que ama, todo le sirve para bien.
Ángel Moreno Sancho
Sacerdote Diocesano de la Diócesis Sigüenza-Guadalajara