28.08.09
Eppur si muove - Parecer católico y serlo
Cuando el ser humano se plantea tener una creencia o, simplemente, seguir determinada religión, seguramente se dice o, mejor, se pregunta, qué es lo que entiende la misma sobre el mundo y sobre lo que, en definitiva, a tal ser humano, le afecta.
Si consideramos, como punto de partida, el Concilio de Jerusalem (49 DC) en el que, entre otras conclusiones, se acordó admitir la conversión de los gentiles sin obligarles a seguir los ritos judíos, para llamar a los discípulos de Cristo católicos, es, digamos, desde entonces, cuando podemos decir que o se es católico o sólo se aparenta serlo.
Evidentemente, no es lo mismo una mera apariencia de lo que es frente a una realidad exacta de ser lo que se es. O, lo que es lo mismo, la “unidad de vida” se demuestra tener cuando, en realidad, no hace falta que se diga que eres católico porque se nota que lo eres.
Sabemos que Jesucristo no murió para morir y nada más. Murió y resucitó. Por eso reconocemos que vive y que, por eso mismo, la tarea encomendada a sus discípulos, en Pentecostés, de transmitir la Palabra de Dios y, sobre todo, de hacerla efectiva, también nos compete a nosotros.
Tenemos, así, el camino que nos lleva y por el que tenemos que transitar no haciendo dejación de nuestra fe ni permitiendo que el mundo nos atribule y nos achante ante lo que, en verdad, creemos que es la Verdad.
También tenemos, por eso mismo, la Vida que Cristo vino a traer y por la cual debemos actuar, sin negarla o dejarla escondida bajo el celemín de la cotidianeidad y lo ordinario que, a veces, juzgamos como algo alejado, muy alejado, de una doctrina que, a la vez, consideramos como santa.
Por ejemplo es más que posible que se adopte una forma de arrianismo cuando no se defiende la revelación hecha por Jesucristo de tal manera que, en verdad, se demuestre creer en ella. Podemos, así, dar entrada en un nuestra vida a una, llamada, “religión a la carta” que nos permite escoger, de ella, lo que nos conviene.Entonces no necesitamos, por ejemplo, seguir el Magisterio de la Iglesia católica porque no nos conviene lo que nos dice. Y se nos puede llamar, con razón, “progres” en el seno de la Iglesia católica.
También, entonces, podemos desviarnos de la doctrina de la Iglesia católica porque tampoco nos conviene cuanto dice y porque entendemos que, en realidad, Cristo no quería decir lo que le dijo. Así, hacemos de intérpretes del Hijo de Dios y aplicamos a nuestra vida lo que creemos es importante para ella sin darnos cuenta de que, a lo mejor, ni es católico lo que hacemos o, en todo caso, lo es de una forma colateral o tangencial.
Pero hoy día ser católico significa algo más que profesar una fe.
En tiempos de tribulación para la creencia en Dios resulta importante no olvidar que católico no es, sólo, el que lo parece sino que, en realidad, lo demuestra con sus hechos.
Aunque el Maestro dijera de los falsos profetas que por sus frutos los podíamos conocer (Mt 7:16) no es menos cierto que eso, también, nos lo podemos aplicar nosotros: según lo que hagamos se nos podrá considerar falsos profetas o, al contrario, nuevos apóstoles para tiempos nuevos.
Y, sin embargo, ante tanta ceguera que, a veces, se muestra con la doctrina de Cristo y con la defensa que, de ella, hace la Iglesia católica, no es nada difícil saber qué es lo que un católico debe hacer.
No lo digo yo que, al fin y al cabo, sólo soy un pecador más. Lo dice aquel que, siendo recaudador de impuestos y, por eso, odiado por su propio pueblo recogió, en su Evangelio, la esencia del catolicismo.
Y lo dicen las Bienaventuranzas: ser pobre de espíritu, ser manso, ser misericordioso, ser limpio del corazón, trabajar por la paz…
Y, sobre todo, esto que sigue: “Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa”.
¿Cuántos, de los que se llaman católicos, lo son, además, según lo dicho por Cristo?
Cada uno de nosotros podemos hacernos tal pregunta.Pero, para más abundancia, invito a la lectura de Mateo, en sus capítulos 5, 6 y 7. Ahí se dice bastante sobre lo que debemos ser y lo que, a veces, somos.
Y es que ya dijo Pablo, de Tarso, aquello de que, a veces, hacía lo que no debía cuando quería hacer lo que debía porque, al fin y al cabo, también él era católico… a su manera.