27.08.09

Odium theologicum

Permalink 22:54:38, por Guillermo Juan Morado, 439 palabras
Categorías : General
 

La expresión resulta ya en sí misma repugnante: “odium theologicum”. Si Dios es amor, parece ya una blasfemia calificar como “teológico” ese sentimiento que consiste en la antipatía y la aversión hacia algo o alguien cuyo mal se desea.

No hace falta remontarse a la historia – por ejemplo, a la controversia “de auxiliis”, por no hablar de los enfrentamientos entre las diversas confesiones cristianas - para hallar exponentes claros de esta variedad de odio. Está presente en toda época y, en nuestros días, se diría que hasta resucitado. Si alguien lo duda, que observe cómo se azotan entre sí los comentaristas de algunos blogs que abordan la cuestión religiosa. El encarnizamiento sube de tono, normalmente, cuando se trata la problemática litúrgica: que sin en latín o en lengua vernácula, que si “ad Orientem” o “versus populum”. La excepción es el debate sereno. La norma, la crispación.

Lo que más queremos, lo que apreciamos profundamente, nos afecta, nos conmueve, moviliza nuestras energías. No es fácil restar impasible ante lo que nos importa. Y de ahí, quizá, el “odium”. Que se extiende a todo lo humano, incluso a esa parcela de lo humano que limita con lo divino, con la acogida de la palabra de Dios en la fe. Lo “teológico”.

Para Unamuno, el “odium theologicum” tenía una raíz muy clara: la envidia. En un “Ensayo sobre la soberbia” escribía: “es sabido cómo las disputas religiosas se señalan por la acritud y por la virulencia. Son muchos los que creen que es buen camino para llegar al cielo romperle a un hereje la cabeza de un cristazo, esgrimiendo a guisa de maza un crucifijo”.

No sé si es para tanto. Pero la descalificación mutua, el juego sucio, la visceralidad, el recurso a la difamación, a la presión por todos los medios, me temo que son demonios no suficientemente exorcizados. El poseído por el “odium theologicum” se deja dominar por la envidia y por la soberbia espiritual; por la convicción fanática de quien se cree superior al otro, sin serlo.

Decía también Unamuno que la envidia es “el vicio clerical por excelencia”. Aunque los clericales no sean solamente los clérigos. No se trata de desconfiar del dogma, como desconfiaba nuestro gran escritor, sino de unir el dogma a la fe, la fe a la esperanza y ambas virtudes a la caridad. Lo único verdaderamente teológico es sólo el amor, la “caritas”, el antídoto del “odium”.

Guillermo Juan Morado.