ZENIT
El mundo visto desde Roma
Servicio diario - 30 de agosto de 2009
SANTA SEDE
La segunda guerra mundial, “hora de las tinieblas” para la humanidad
El Papa pide oraciones por los cristianos de Laos, Camboya y Myanmar
Que no sean los más pobres los que más paguen por el cambio climático
El Papa explica cómo los padres preparan las vocaciones de sus hijos
MUNDO
La falta de seguridad amenaza a los cristianos de Irak
El cardenal Cipriani alienta al amor a la Patria en el día de santa Rosa
La acción pastoral de la Iglesia en México contra la pobreza
ANÁLISIS
Violencia contra la cristianos paquistaníes
ENTREVISTAS
La Iglesia católica en Grecia, entre luces y sombras
FORO
Las confesiones de un obispo en Nigeria
ANGELUS
Benedicto XVI: Matrimonio y virginidad se iluminan mutuamente
DOCUMENTACIÓN
Vuelve a publicarse la carta de Juan Pablo II sobre la II guerra mundial
Santa Sede
La segunda guerra mundial, “hora de las tinieblas” para la humanidad
Vuelve a publicarse la carta de Juan Pablo II con motivo del 50 aniversario del conflicto
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 30 de agosto de 2009 (ZENIT.org).- La segunda guerra mundial, provocada por ideologías que sometían al hombre al poder del hombre, constituye “una de las tragedias más devastadoras y más inhumanas de nuestra historia”, sobre la que hay que volver a reflexionar para evitar que algo semejante vuelva a producirse.Son palabras pronunciadas hace veinte años por el papa Juan Pablo II, en su carta apostólica con ocasión del 50 aniversario del comienzo de la segunda guerra mundial.
El diario de la Santa Sede, L'Osservatore Romano, publica en su edición italiana el texto íntegro, a pocos días de cumplirse el 70 aniversario del conflicto bélico. Una efeméride a la que también el Papa Benedicto XVI ha dedicado este año varias reflexiones.
En aquella carta, el papa polaco, testigo personal de aquella “hora de las tinieblas”, invitaba a todos los hombres, y especialmente a los católicos, a una “reflexión profunda” sobre las causas que llevaron a una guerra “inhumana y despiadada”.
Aquel conflicto, insistía el Papa, condujo al mundo “hasta los abismos de la inhumanidad y de la desolación”, a la destrucción de ciudades enteras y a la muerte de 55 millones de personas, y podría volver a repetirse si el hombre no extrae una lección del pasado.
“Hoy sabemos por experiencia que la división arbitraria de las naciones, la deportación forzosa de las poblaciones, el r earme sin límites, el uso incontrolado de armas sofisticadas, la violación de los derechos fundamentales de las personas y de los pueblos, el no observar las reglas de comportamiento internacional y la imposición de ideologías totalitarias sólo pueden conducir a la ruina de la humanidad”, advertía.
En aquella carta, el papa Juan Pablo II hacía un llamamiento por el desarme, por la colaboración entre las naciones y por el respeto de los derechos de las personas y de los pueblos.
La “victoria del derecho”, advertía, “sigue siendo la mejor garantía del respeto a las personas. Ahora, cuando volvemos a aquellos seis terribles años, no podemos sino horrorizarnos justamente por el desprecio del que el hombre ha sido objeto”.
Holocausto
De todos los horrores de aquella guerra, Juan Pablo II hacía mención especial a la Shoah, que “quedará siempre como una vergüenza para la humanidad”.
“Objeto de la “solución final” pensada por una ideología aberrante, los Hebreos fueron sometidos a privaciones y brutalidades difícilmente descriptibles. Perseguidos inicialmente mediante medidas vejatorias o discriminatorias, éstos finalmente terminaron en los campos de exterminio”, advertía.
“Deseo aquí repetir con fuerza que la hostilidad o el odio contra el judaísmo están en completa contradicción con la visión cristiana de la dignidad del hombre”.
El hombre sin Dios
Más allá de los motivos directos de la guerra, el papa apuntaba como causa profunda el olvido de Dios y la sustitución de la religión por las ideologías totalitarias.
“Ya mucho antes de 1939, en ciertos sectores de la cultura europea aparecía una voluntad de borrar a Dios y su imagen del horizonte del hombre. Se empezaba a adoctrinar en este sentido a los jóvenes, desde la más tierna edad”.
“La experiencia por desgracia ha demostrado que el hombre entregado sólo al poder del hombre, mutilado en sus aspiraciones religiosas, se convierte en seguida en un número o en un objeto”, añadía la carta.
Si bien “ninguna época de la humanidad ha escapado al riesgo de que el hombre se encerrara en sí mismo, en una actitud de orgullosa suficiencia”, este riesgo “se ha acentuado en este siglo en la medida en que la fuerza de las armas, la ciencia y la técnica han podido dar al hombre contemporáneo la ilusión de convertirse en el único amo de la naturaleza y de la historia”.
El Papa advertía contra el abandono de la referencia a Dios y de la ley moral trascendente.
“El abismo moral, en el que el desprecio de Dios -y por tanto del hombre- echaron al mundo hace cincuenta años, nos hace palpar el poder del Príncipe de este mundo, que puede seducir las conciencias con la mentira, con el desprecio del hombre y del derecho, con el culto del poder y de la fuerza”.
En este sentido, el Papa señalaba que “en muchos ámbitos de su existencia, el hombre moderno piensa, vive y trabaja como si Dios no existiese. Aquí existe el mismo peligro de ayer: el hombre entregado al poder del hombre”.
Semejante constatación no puede sino incitarnos a un examen de conciencia sobre la calidad de la evangelización de Europa. La caída de los valores cristianos, que ha favorecido los errorres de ayer, debe hacernos vigilantes sobre el modo en el que hoy el Evangelio es anunciado y vivido.
La acción de Pío XII
En otro apartado, el papa polaco recordaba la actuación de la Santa Sede durante la guerra, y especialmente a Pío XII.
“No habiendo podido contribuir a evitar la guerra, la Santa Sede se esforzó --dentro del límite de sus medios-- a limitar su extensión. El Papa y sus colaboradores trabajaron incesantemente por ello”.
La Carta subraya la total neutralidad de la Iglesia, “tanto a nivel diplomático como en el campo humanitario, sin dejarse arrastrar a alinearse con una parte o la otra, en un conflicto que oponía a pueblos de ideologías y religiones diferentes”.
Concretamente, recordaba la preocupación de Pío XII de “no agravar la situación de las poblaciones sometidas a pruebas fuera de lo común”, citando unas palabras suyas a propósito del sufrimiento del pueblo polaco.
También recordaba que “el nuevo pag anismo y los sistemas conectados con él se encarnizaban ciertamente contra los judíos, pero se dirigían también contra el cristianismo, cuya enseñanza había formado el alma de Europa”.
“La Iglesia católica en particular conoció también la pasión, antes y durante el conflicto”, afirmaba el Papa, recordando, por último, a “los numerosos testigos, conocidos o no, que --en aquellas horas de tribulación-- tuvieron el valor de profesar intrépidamente la fe, que supieron erigirse contra el arbitrio ateo y que no se plegaron ante la fuerza”.
[Por Inma Álvarez]
El Papa pide oraciones por los cristianos de Laos, Camboya y Myanmar
Intenciones para el mes de septiembre
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 30 de agosto de 2009 (ZENIT.org).- Benedicto XVI pide oraciones durante este mes de septiembre por los cristianos de Laos, Camboya y Myanmar (Birmania), y para que la Palabra de Dios sea más conocida y vivida. Así lo expone en las intenciones del Apostolado de la Oración, iniciativa que siguen unos 50 millones de personas de los cinco continentes, para el mes que comienza.El Papa presenta dos intenciones de oración, una general y otra misionera. La primera dice así: "Para que la Palabra de Dios sea más conocida, aceptada y vivida como fuente de libertad y alegría".
La intención misionera del Apostolado de la Oración del Papa para el mes de septiembre es: "Para que los cristianos en Laos, Camboya y Myanmar, que, con frecuencia, encuentran grandes dificultades, no se desanimen de anunciar el Evangelio a sus hermanos, confiando en la fuerza del Espíritu Santo".
Que no sean los más pobres los que más paguen por el cambio climático
Pide el Papa ante la Jornada para la salvaguarda de lo creado
CASTEL GANDOLFO, domingo 30 de agosto de 2009 (ZENIT.org).- El Papa pidió que no sean los más pobres los que paguen el mayor precio del cambio climático, este domingo tras el rezo del Ángelus, ante numerosos fieles presentes en el patio del palacio apostólico de Castel Gandolfo.“En particular, animo a los países industrializados a cooperar responsablemente por el futuro del planeta y para que no sean las poblaciones más pobres las que paguen el mayor precio del cambio climático”, dijo.
Sus palabras estuvieron motivadas por la celebración, en Italia el próximo martes 1 de septiembre, de la Jornada para la salvaguarda de lo creado, que, en esta ocasión, tien e como tema la importancia del aire.
Benedicto XVI calificó esta jornada como “un acontecimiento significativo, de relevancia también ecuménica”.
Este año, esta jornada tiene como tema la importancia del aire, que el Papa consideró un “elemento indispensable para la vida”.
“Como lo hice en la Audiencia general del miércoles pasado –destacó el pontífice--, exhorto a todos a un mayor compromiso por la tutela de lo creado, don de Dios”.
Ese día, el Papa abogó por la edificación de un nuevo modelo de desarrollo que salvaguarde el medio ambiente, e invitó a la comunidad internacional a una conversión ecológica.
"Experimentando la común responsabilidad por la creación, la Iglesia no sólo está comprometida en la promoción de la defensa de la tierra, del agua y del aire, entregados por el Creador a todos, sino que sobre todo se empeña por proteger al hombre de la destrucción de sí mismo", afirmó. (Cf. Zenit 26 de agosto de 2009).
El Papa explica cómo los padres preparan las vocaciones de sus hijos
Ayudándoles a descubrir el plan de amor de Dios
CASTEL GANDOLFO, domingo 30 de agosto de 2009 (ZENIT.org).- El Papa explicó hoy cómo los padres preparan las vocaciones de sus hijos, ayudándoles a descubrir el plan de amor de Dios, con generosa dedicación.
Lo hizo este mediodía en el patio de la residencia de Castel Gandolfo con motivo del Ángelus en el encuentro semanal con los peregrinos.
“Cuando los cónyuges se dedican generosamente a la educación de los hijos, guiándoles y orientándoles en el descubrimiento del plan de amor de Dios, preparan ese fértil terreno espiritual en el que florecen y maduran las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.
“Se revela cuán íntimament e están ligadas y se iluminan mutuamente el matrimonio y la virginidad, a partir de su común arraigo en el amor esponsal de Cristo, añadió.
Para indicar la importancia de la familia en la vocación de cada persona, Benedicto XVI destacó el ejemplo de numerosas “auténticas familias cristianas que han acompañado la vida de generosos sacerdotes y pastores de la Iglesia” a lo largo de la historia.
Concretamente se refirió a los esposos beatos Luigi Beltrame Quattrocchi y Maria Corsini y a las familias de los santos Basilio Magno y Gregorio Nacianceno.
Y, con más detenimiento, el Santo Padre se detuvo a explicar el ejemplo de Santa Mónica, cuya fiesta se celebró este jueves, y su influencia en el camino de santidad de su hijo San Agustín.
Para el que llegó a ser obispo de Hipona, Santa Mónica se convirtió en “m&a acute;s que madre, la fuente de su cristianismo” y él repitió que su madre “lo había engendrado dos veces”, destacó el Papa.
También se refirió a la Exhortación Apostólica de Juan Pablo II Familiaris consortio, afirmando que “este documento, además de ilustrar el valor del matrimonio y las funciones de la familia, solicita a los esposos un particular compromiso en el camino de santidad, que, sacando gracia y fuerza del sacramento del matrimonio, les acompaña a lo largo de toda su existencia”.
Finalmente, el Papa tomó una parte de la oración del Año Sacerdotal para pedir que “por intercesión del Santo Cura de Ars, las familias cristianas se conviertan en pequeñas iglesias, en las que todas las vocaciones y todos los carismas, dados por el Espíritu Santo, puedan ser acogidos y valorados”.
Mundo
La falta de seguridad amenaza a los cristianos de Irak
Denuncia el arzobispo de Kirkuk, monseñor Louis Sako
KÖNIGSTEIN, domingo, 30 de agosto de 2009 (ZENIT.org).- Según el arzobispo de Kirkuk (Irak), monseñor Louis Sako, el futuro del cristianismo iraquí está en riesgo y las esperanzas de un nuevo comienzo tras la caída de Sadam Husein se han desvanecido.En una entrevista concedida a la asociación caritativa internacional Ayuda a la Iglesia Necesitada (AIN), el prelado afirmó que la confianza de los fieles en el futuro está comprometida por lo que ha descrito como un empeoramiento de la situación relativa a la seguridad.
Explicando que los cristianos son “objetivos fáciles para los criminales” dada la falta de protección por parte de las fuerzas de seguridad, el arzobispo subrayó que cada vez más fieles abandonan el país.
Actualmente, recordó, en el sur de Irak hay 300 familias cristianas, y menos de 400.000 fieles en todo el país, frente a los 750.000 de la pasada década.
Monseñor Sako criticó ásperamente el sistema de seguridad del país, calificándolo como “ineficaz” y “poco profesional”.
“Soy más pesimista que nunca”, admitió. “No veo signos de esperanza para el futuro”.
“Estamos experimentando días muy duros --añadió--. Todo grupo implicado en actividades criminales parece activo”.
“El Gobierno y la policía están haciendo lo que pueden, pero no son capaces de controlar la situación”, alertó.
La situación de inseguridad afecta a todo Irak, declaró. “Cada día hay explosiones, en Bagdad, en Mosul, en muchos sitios diversos”, explicó.
En los últimos días, un padre de familia cristiano ha sido asesinado y un médico fue raptado mientras volvía del trabajo.
El mes pasado, militantes dirigieron ataques contra siete iglesias de Bagdad, matando e hiriendo a decenas de personas, mientras que la semana pasada, durante los ataques desencadenados en muchos sitios de la capital iraquí, fueron asesinadas en un solo día casi cien personas, y heridas más de 500.
“Irak está deslizándose hacia el Islam radical”, advirtió el arzobispo Sako.
Los cristianos, añadió, son un objetivo para los extremistas, no tanto por su religión, sino porque se les considera incapaces de defenderse.
“En este clima, la población cr istiana tiene miedo -indicó-. Está verdaderamente preocupada; a pesar de lo que les decimos, animándoles a quedarse, la gente quiere irse”.
La gente, sostiene monseñor Sako, está muy decepcionada también de los políticos. En su opinión, los países occidentales deberían ejercer presiones sobre los grupos políticos iraquíes para que se reconcilien, para reducir el conflicto y restaurar el orden y la ley.
“No puede haber seguridad sin una reconciliación autentica -declaró-. Los únicos que parecen beneficiarse de la situación por el momento son los criminales, y esto tiene que cambiar”.
El arzobispo subrayó también la importancia del trabajo interreligioso, que considera fundamental para la coexistencia entre cristianos y musulmanes.
Las iniciativas interreligiosas en las que ha estado implicado en Kirkuk --po r ejemplo, una cena que ofrece para el Ramadán esta semana-- no se repiten en otras zonas del país, y estas experiencias implican más a individuos que a grandes grupos.
De la misma forma, concluyó monseñor Sako, los líderes de la Iglesia y los políticos cristianos no están haciendo bastante para colaborar en afrontar los problemas comunes.
El cardenal Cipriani alienta al amor a la Patria en el día de santa Rosa
El arzobispo recuerda especialmente a policías que murieron en el cumplimiento del deber
LIMA, domingo 30 de agosto de 2009 (ZENIT.org).- El cardenal Juan Luis Cipriani Thorne pidió en su homilía por la solemnidad de santa Rosa de Lima, patrona de la Policía Nacional que el país entero evite caer en el error grande de pensar que la Policía Nacional debe resolver todos los problemas.
El arzobispo de Lima presidió la santa misa el domingo 30 de agosto en la basílica catedral de Lima con la presencia de las principales autoridades del país en materia de seguridad y orden interno.
"Alcaldes, padres de familia, empresarios, medios de comunicación, cada uno tiene diferentes responsabilidades y competencias que pueden contribuir al orden público y a una vida más sana". (..) "El país exige el concurso de todos", expresó.
El arzobispo de Lima pidió que la sociedad en su conjunto no se acostumbre a minar ni a demoler las instituciones, entre ellas, la institución policial. "El país tiene una historia grande, hay que respetarla. El amor a la patria es algo muy sagrado", indicó.
También recordó de manera especial a los policías caídos en el cumplimiento del deber, y agradeció la labor abnegada y leal de las esposas y esposos del personal de la Policía Nacional del Perú.
"La familia es el verdadero sostén de la Policía Nacional del Perú", sostuvo.
El buen ejemplo genera autoridad
El cardenal Cipriani señaló que el buen ejemplo genera autoridad y que la policía al cumplir los deber es y derechos que le corresponden, podrá estar a la altura de las circunstancias de dirección y comandar mayores responsabilidades. También expresó la necesidad de que los policías den buen ejemplo al personal subalterno y que éste último pueda atender sus responsabilidades familiares y acceda a un sueldo digno.
El cardenal Cipriani recordó que al lado de los derechos de cada uno están los deberes. "La policía nacional es un cuerpo maravilloso que se articula con las instituciones intermedias y con tantas formas de voluntariado" citó como ejemplo de esto último, la Asociación Civil Amigos de la Policía, encargada de velar por ayudar a esta institución.
"El país les agradece y les exige que continúen esforzándose por cumplir su trabajo", dijo a los integrantes de la familia policial.
Dios tiene una misi&oacu te;n para cada uno
Recordando el testimonio de vida de santa Rosa de Lima, el cardenal aseguró: "Dios tiene para cada uno una misión, cuando se asume plenamente esa misión, se llega a la santidad. Aceptando la voluntad de Dios, uno se hace libre", expresó.
En la Celebración Eucarística participaron diferentes autoridades como el ministro del Interior, gemeral Octavio Salazar; el director general de la Policía Nacional, general Miguel Hidalgo; el presidente del Congreso de la República, doctor Luis Alva Castro; el presidente del Tribunal Constitucional, doctor Juan Vergara Gotelli; el decano del Colegio de Enfermeros (as) del Perú, Julio Mendigure Fernández.
Concelebraron junto con el cardenal Cipriani; el obispo castrense, monseñor Salvador Piñeiro; el obispo emérito de Ica, monseñor Guido Breña López; entre otros sacerdotes y relig iosos de la arquidiócesis de Lima.
La acción pastoral de la Iglesia en México contra la pobreza
Conclusiones del Encuentro Nacional de Pastoral Social
CIUDAD DE MÉXICO, domingo, 30 de agosto de 2009 (ZENIT.org-El Observador).- “La pobreza en México”, es el tema central que se abordó en el Encuentro Nacional de Pastoral Social que ha reunido a unos 150 agentes de pastoral, procedentes de todas las diócesis de México, del 24 al 28 del presente mes.Durante el Encuentro se ha buscado “tener un acercamiento a la realidad de la pobreza en nuestro país”, señaló el obispo de Nuevo Laredo y presidente de la Comisión Episcopal para la Pastoral Social (CEPS), Gustavo Rodríguez Vega.
“Todos sabemos, por los informes que recibimos de instancias públicas, el impacto que ha tenido, en el nivel de vida de los mexicanos, la crisis financiera global y, particularmente, las consecuencias de la contingencia sanitaria que se vivió intensamente en nuestro país hace algunos meses y que persiste. El resultado final es el aumento significativo de los hombres y mujeres que viven en situación de pobreza, de marginación y de exclusión”, señaló Rodríguez Vera.
El acercamiento a la realidad, durante el Encuentro, se ha dado desde distintas perspectivas, no sólo la económica, sino también la cultural, la territorial, la de los derechos humanos, la antropológica y la de los mismos pobres, que “no son una cifra estadística, sino que tienen rostros y nombres concretos y una presencia que clama por condiciones de vida más justas”.
Particularmente se ha tratado el tem a de la pobreza desde el ángulo de la fe. “A partir de la riqueza del patrimonio bíblico y de la doctrina social de la Iglesia, se hace un acercamiento creyente a la realidad de la pobreza. Se trata de descubrir cuál ha sido y debe ser el lugar de los pobres en la comunidad cristiana y qué es lo que cada comunidad tiene que hacer para contribuir a la construcción de un orden social más justo, particularmente por la práctica de las virtudes de la caridad y la justicia”, señala un boletín de la CEPS.
Pobreza y desarrollo
Durante el Encuentro se ha hecho un estudio sobre la Caritas in Veritate del Papa Benedicto XVI, bajo la guía del jesuita colombiano Sergio Bernal Restrepo, quien ha sido profesor de doctrina social de la Iglesia en la Universidad Pontificia Gregoriana. En consonancia con la reciente encíclica, el religioso señaló que “sin la perspectiva de una vida eterna, el progreso humano en este mundo se queda sin aliento".
"Encerrado dentro de la historia, queda expuesto al riesgo de reducirse sólo al incremento del tener; así la humanidad pierde la valentía de estar disponible para los bienes más altos, para las iniciativas grandes y desinteresadas que la caridad universal exige", aclaró el padre Bernal Restrepo.
Un tercer enfoque de los trabajos ha sido el discernimiento de los desafíos que la pobreza pone a la misión de la Iglesia y las líneas de acción para responder a ellos. "No es la intención hacer un programa de acción para toda la República, pero sí se espera que, con la riqueza de los aportes compartidos, en cada Diócesis se implementen estrategias locales en la lucha contra la pobreza y la atención de las personas pobres".
Las acciones que se esperarían estarían en consonancia con los cauces ordinarios de la pastoral social, que son la asistencia social, la promoción humana, el apoyo a la organización de las comunidades y la promoción de la aceptación fraterna, que tiene incidencia en la cohesión social”, han señalado los responsables del Encuentro.
Análisis
Violencia contra la cristianos paquistaníes
Continúan los problemas para esta pequeña minoría
ROMA, domingo, 30 de agosto de 2009 (ZENIT.org).- Para muchos en el hemisferio Norte, las pasadas semanas han sido de vacaciones y descanso. Para los cristianos en Pakistán, por el contrario, han sido un tiempo de violencia y muerte.El 30 de julio, una multitud de miembros de una organización prohibida de musulmanes extremistas, Sipah-e-Sahaba, comenzó a prender fuego los hogares cristianos en una aldea cercana a la ciudad penjabi de Gojra, informaba el 1 de agosto Associated Press. El ataque tuvo lugar por acusaciones de que un ejemplar del Corán había sido roto.
Se quemaron cerca de 40 casas que pertenecían a cristianos, seis cristianos fueron asesinados atrapados en una de ellas.
“Los alborotos religiosos… son espantosos, puesto que los defensores religiosos islámicos se han tomado la justicia por su mano”, afirmaba en una declaración citada por Associated Press Mehdi Hassan, subdirector de la Comisión de Derechos Humanos de Pakistán.
Según un reportaje publicado el 31 de julio por agencia de noticias católica asiática UCAN, la violencia se desató tras un ataque a la cercana aldea cristiana de Korian el 30 de julio. Korian era el hogar de cerca de 100 familias cristianas, la mayoría trabajadores.
El reportaje de UCAN elevaba el número de hogares destruidos en Korian a 60 y también afirmaba que dos iglesias pertenecientes a la Iglesia de Pakistán y a la Nueva Iglesia Apostólica habían sido destruidas.
Políticos cristianos y sacerdotes católic os condenaron los ataques y exigieron una investigación de los asaltos. UCAN informaba que un grupo de siete sacerdotes católicos había visitado el lugar.
“Uno no puede si no llorar ante el rastro de destrucción dejado atrás”, declaraba a la agencia el padre Aftab James Paul, director de la Comisión de Diálogo Interreligioso de la diócesis de Faisalabad.
Mensaje papal
Benedicto XVI envió un telegrama a la Iglesia de Pakistán tras los asesinatos, informó Radio Vaticano el 4 de agosto. La información del Vaticano elevaba a 8 el número de muertes. Al enviar sus condolencias, el Papa pedía a los obispos que respaldaran a la comunidad diocesana y a todos los cristianos en Pakistán.
El pontífice pidió que los cristianos no cesaran en sus esfuerzos por ayudar a construir una sociedad que, con sentido profun do de confianza en los valores religiosos y humanos, esté marcada por el respeto mutuo entre todos sus miembros.
En un reportaje el 3 de agosto, el New York Times daba más detalles sobre los asesinados. Murieron siete miembros de la familia Hameed, seis quemados vivos, y uno golpeado por la multitud. Cuando ardió la casa, la multitud que estaba fuera amenazó a la familia con la muerte si intentaba salir.
Según el New York Times, fueron incendiadas y saqueadas más de 100 casas de cristianos en un lapso de tiempo de ocho horas.
El artículo también llamaba la atención sobre la discriminación contra los cristianos en Pakistán. Con pocas excepciones, la mayoría de ellos estás relegados a las tareas más ínfimas, como barrer.
Otro problema es la ley contra la blasfemia, que suele usarse para provocar el odio a los cristianos.
“La le y contra la blasfemia se está usando para aterrorizar a las minorías en Pakistán”, afirmaba Shahbaz Bhatti, ministro para las minorías de Pakistán, en una entrevista en Gojra, informaba el New York Times.
Minorías
De hecho, los acontecimientos en los meses anteriores a los alborotos de Gojra dan testimonio de las palabras del ministro. El 13 de mayo, Associated Press informaba que estaban aumentando los asaltos violentos contra las minorías religiosas, debido a la influencia creciente de los talibanes.
El artículo afirmaba que en docenas de entrevistas a lo largo del país las minorías hablaban de los ataques y amenazas y expresaban su terrible miedo.
Según el CIA World Factbook, las minorías religiosas representan cerca del 5% de los 160 millones de habitantes de Pakistán.
Un caso ilustrativo fue tema de un reportaje el 6 de mayo de una agencia especializada en noticias de persecución contra cristianos, Compass News Direct. Hector Aleem, un cristiano paquistaní, fue acusado de incitar a la blasfemia contra el Islam, se le negó la fianza por su propia seguridad, después de que un abogado islamista amenazara supuestamente su vida en una audiencia judicial.
“Si el juez no castiga a Aleem según la ley, entonces lo mataremos nosotros mismos”, afirmó Tariq Dhamal, abogado de un demandante sin nombre. Según el artículo, incluso el juez temió por su vida ante los extremistas si no condenaba a Aleem.
Reacciones
Los cristianos paquistaníes reaccionaron al último ataque declarando que cerrarían sus escuelas y colegios a lo largo del país durante tres días, según informó Associated Press el 3 de agosto.
El artículo también mencionó que Gojra está en la región paquistaní de Faisalabad, que tiene colegios islamistas de la línea dura. El grupo Sipah-e-Sahaba, que se declaró responsable de los desenfrenos, tiene un grupo afiliado, Lashkar-e-Jhangvi, que está ligado a los talibanes y a al-Qaeda, según Associated Press.
Sin embargo, además de las protestas, la Iglesia está haciendo esfuerzos por traer la paz, informaba la agencia UCAN el 3 de agosto.
La Iglesia católica ha creado un comité compuesto por dos obispos, tres sacerdotes católicos y varios consejeros, que se están reuniendo con políticos y clérigos musulmanes para parar cualquier ulterior violencia.
El 6 de agosto, UCAN informaba que los obispos católicos de Pakistán están pidiendo al gobierno que abrogue las leyes contra la blasfemia, afirmando que se están empleando mal y causan problemas a las minorías en Pakistán.
Durante una rueda de prensa el 4 de agosto en el Karachi Press Club, el arzobispo de Karachi, Monseñor Evarist Pinto, exigió al gobierno abolir las leyes contra la blasfemia, hacer públicos los hallazgos de su comisión de investigación y proporcionar compensación inmediata a las víctimas del ataque a la aldea de Gojra del 1 de agosto.
Estas leyes hacen del insulto al Corán un delito castigado con hasta cadena perpetua, además de condenar a pena de muerte a cualquier persona condenada por insultar al profeta Mahoma, según UCAN.
El 10 de agosto, UCAN informaba que una de las misas tras los sucesos de Gojra tuvo lugar en la iglesia del Sagrado Corazón de la localidad.
Durante la misa, el obispo de Faisalabad, Monseñor John Samuel, comentaba: “Aunque creemos que los que mueren por su fe van al cielo, hay quienes asesinan a otros por la promesa del cielo”.
“Sólo la Palabra de Dios puede traer consuelo a nuestros doloridos corazones”, añadió.
UCAN también informó que, según fuentes de la Iglesia, las agresiones causaron 10 muertos, incluyendo a tres niños y tres mujeres. La policía ha arrestado a 80 musulmanes por estos ataques y se ha establecido una comisaría de policía en Gojra.
Necesidad de un nuevo modelo
El 13 de agosto, L’Osservatore Romano publicaba una entrevista con el nuncio de la Santa Sede en Pakistán, el arzobispo Adolfo Tito Yllana.
El nuncio abogó por un nuevo modelo cultural en Pakistán. No es sólo una cuestión de cambio de leyes, afirmó, aunque criticó la ley contra la blasfemia. A nivel más profundo, hay necesidad de un diálogo que transforme la sociedad conduciéndola a la reconciliación y la paz, explicó.
El representante vaticano también apuntaba que en Pakistán no sólo se persigue a los cristianos. Otras minorías, como los sijs, también están sufriendo violencia o discriminación.
Este diálogo no es sólo tarea de los líderes religiosos, añadía el nuncio, sino que debe implicar también a toda la población si se quiere una transformación de la sociedad. El diálogo debe llevar a un cambio de mentalidad, para que haya una cultura de tolerancia, comentaba.
No se trata de arrebatos violentos ocasionales como las matanzas en Gojra, añadía el nuncio. Hay muchos episodios de intolerancia en las aldeas y en las ciudades de Pakistán, pero los medios no los denuncian.
Necesitamos ayudar a los musulmanes a cambiar su percepción de los cristianos, concluía el nuncio. Una meta que será ciertamente difícil de lograr dada la actual situación en Pakistán.
Por el padre John Flynn, L. C.. traducción de Justo Amado
Entrevistas
La Iglesia católica en Grecia, entre luces y sombras
Entrevista al presidente de la Conferencia Episcopal Católica Griega
ATENAS, domingo, 30 de agosto de 2009 (ZENIT.org).- La Iglesia católica en Grecia constituye una minoría religiosa que sigue su camino de esperanza dando testimonio de su fe, a pesar de las discriminaciones que sufre.Así lo señala el arzobispo de Atenas y presidente de la Conferencia Episcopal Católica Griega, monseñor Nikolaos Foskolos, en la siguiente entrevista a ZENIT.
La falta de un ecumenismo a nivel oficial en el país y las relaciones estrechas entre la Iglesia ortodoxa y el Estado griego ocasionan una especie de “discriminación religiosa”.
La Iglesia católica en Gr ecia cuenta con una presencia minoritaria que, además de una histórica comunidad de residentes especialmente en la isla, recoge una comunidad internacional cada vez mayor.
--¿Cómo se compone y dónde se concentra esta gran familia?
--Monseñor Nikolaos Foskolos: Para entender mejor la situación de la Iglesia católica en Grecia, hay que tener en cuenta algunos datos estadísticos.
Grecia tiene una extensión de cerca de 132.000 kilómetros cuadrados y su población ronda los 11 millones de habitantes, de los cuales casi el 97% profesa la fe cristiana ortodoxa.
Por eso, el artículo 3 de la Constitución reconoce como religión “dominante” la de la Iglesia Oriental Ortodoxa, Iglesia oficial del Estado. Consecuencia: para la mayoría de los ortodoxos griegos, el que no es ortodoxo no está considerado verdaderamente griego. Las demás confesiones cristianas y las otras religiones son llamadas oficialmente “religiones extranjeras”.
Hay una minoría musulmana, sobre todo en Tracia (cerca de Turquía), una pequeña comunidad judía y diversos grupos de confesiones protestantes. En los últimos años, además, se siente fuertemente la presencia de diversas sectas de origen americano.
Los católicos griegos son unos 50.000 fieles, es decir, el 0,5% de la población, constituyendo por tanto una minoría religiosa, no étnica. Especialmente en las islas, los católicos conviven con los ortodoxos con los mismos nombres, los mismos apellidos y las mismas tradiciones y su contribución a la literatura es considerable.
La mayor parte de los católicos griegos se encuentra (desgraciadamente) en Atenas, en una ciudad de unos cuatro millones de habitantes. Un número destacado se concentra en las islas Cícladas, especialmente en Siros (8.000) y Tinos (3.000), donde hay pueblos enteros católicos. Después en Corfú, Patras, Salónica, Giannitsa, Kavala, Volos y otras ciudades de la Grecia continental. Una iglesia en Nauplia y otra en Aspra Spitia (en el Aluminium de Grèce) ofrecen un gran servicio a los turistas católicos que visitan frecuentemente Micenas y Epidauro (en el Peloponeso) y Delphi (en Beocia). La presencia de católicos griegos continúa en varias islas (Creta, Rodas, Kos, Naxos, Santorini, Samos, Quíos, Cefalonia, Zante, etcétera).
Casi todos los católicos griegos pertenecen al rito romano, unos 2.500 al rito bizantino, y hay algunos centenares de fieles de rito armenio.
--Grecia, por su posición geográfica, es desde la antigüedad, lugar de encuent ro entre civilizaciones. Recientemente, los flujos migratorios y el ingente número de refugiados han marcado profundamente la historia política y religiosa de esta tierra. ¿Qué nuevas comunidades ha visto la Iglesia católica llamar a sus puertas y con qué actividades pastorales responde a sus necesidades?
--Monseñor Nikolaos Foskolos: En las últimas décadas, ha aumentado continuamente la presencia de católicos procedentes de diversas partes del mundo que se han instalado definitivamente en Grecia. Su número hoy debe superar el de los católicos griegos. La mayoría son mujeres (muchas de ellas italianas) que se han casado con un griego al que conocieron cuando estudiaban o trabajaban en el extranjero. También el turismo ha favorecido muchos matrimonios mixtos.
Además de estos fieles, que con el paso del tiempo se incorporan a la Iglesia católica local, hay otro millar de católicos de “permanencia provisional” (desde algunos meses hasta un par de años) que son inmigrantes en busca de trabajo o de asilo político. En este caso tenemos:
·Los polacos, que hace algunos años llegaban a los 120.000 y ahora se considera que son 40.000
·Los filipinos, cerca de 45.000, de los cuales 15.000 están en la zona de Atenas
·Los iraquíes, de rito caldeo, cerca de 4.000, sobre todo en la zona de Atenas
·Los albaneses están diseminados por todo el país y es difícil determinar su número
·Los ucranianos, los rumanos y otros católicos de países de la exUnión Soviética
·Otros católicos de Oriente Próximo y Oriente Medio, así como de varios países africanos.
De esta ma nera, el número total de católicos presentes en Grecia supera ampliamente las 250.000 almas. Las cifras exactas son imposibles porque muchos de estos fieles son “ilegales”.
Hay 6 obispos católicos (4 de rito romano, 1 de rito bizantino y 1 de rito armenio, que es al mismo tiempo Ordinario de los armenios en Irán, Armenia, Georgia, etcétera).
Hay 51 sacerdotes del clero secular y unos 35 sacerdotes religiosos.
Hay diversas comunidades religiosas (jesuitas, capuchinos, asuncionistas, lazaristas, franciscanos, dominicos, Hermanos maristas, Hermanos de las Escuelas Cristianas, carmelitas, dominicas, ursulinas, Hermanas de San José de la Aparición, Hermanas de la Caridad, misioneras de la Caridad de Madre Teresa, Hermanitas de Jesús, Hermanas de la Santa Cruz y Hermanas de Pammakaristos (éstas dos últimas comunidades son de derecho diocesano).
Desde el punto de vista pastoral, el problema principal es la dispersión. De ella se derivan todos los demás problemas que la Iglesia católica afronta en el día a día: matrimonios mixtos, reunión de los niños para la catequesis, iniciativas para adolescentes y jóvenes, la formación de la comunidad eclesial misma). Esta diseminación, también en las ciudades, hace muy difícil el trabajo de los sacerdotes, de los religiosos y de las religiosas, especialmente si se considera que en las dos últimas décadas el problema de las nuevas vocaciones es muy preocupante, sobre todo para la vida religiosa.
--La distribución de pequeñas comunidades católicas en todo el territorio nacional, a pesar del gran compromiso y la admirable atención, hace entonces muy arduo el cuidado pastoral. ¿Cómo se afrontan esas dificultades?
--Monseñor Nikolaos Foskolos: El número de sacerdotes y religiosos que prestan su servicio pastoral parece elevado respecto a la población de lengua griega, pero su edad es muy avanzada y, la diáspora dificulta la pastoral.
Sentimos la necesidad urgente de tener sacerdotes de los países de procedencia de los católicos extranjeros. Sus lenguas no son conocidas en Grecia (por ejemplo, el albanés, el polaco, el árabe, la lengua filipina, etcétera) y todavía nos resulta más difícil entender su mentalidad. Para mantener la fe de la primera generación de los que han llegado de fuera e integrar a la segunda en la vida de nuestra Iglesia local es indispensable la presencia de sacerdotes (y si es posible de religiosas) del país de origen.
--Tras la visita de la delegación oficial ortodoxa a Roma en marzo d el 2002 y la visita oficial del cardenal Walter Kasper, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, en febrero de 2003, las relaciones entre la Iglesia Ortodoxa de Grecia y la Iglesia católica parecen tomar un nuevo impulso. ¿Qué pequeños brotes han aparecido en estos años?
--Monseñor Nikolaos Foskolos: Los elementos que unen a la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa son muchos más que los que las separan. A pesar de ello, ¡el ecumenismo oficial en Grecia es inexistente!
Después de la visita-peregrinación del Papa Juan Pablo II al Aerópago, el 4 de mayo de 2001, y el intercambio de visitas oficiales de la Delegación de la Iglesia de Grecia a Roma (en marzo de 2002), de la Delegación Romana a Atenas, encabezada por el cardenal Kasper (en febrero de 2003), y sobre todo la visita del arzobispo Christodulos a Roma (en diciembre de 2006), empezaron a vislumbrarse eventuales relaciones con la Iglesia católica local. Pero el tiempo pasa y la situación no cambia. De hecho, en los últimos años se nota un fundamentalismo ortodoxo creciente por parte de algunos obispos, sacerdotes y monjes, seguidos por laicos “practicantes”.
Ciertamente, después de estas visitas “oficiales” no debemos esperar milagros inmediatos. Las dos Iglesias todavía no se conocen lo suficiente y la historia del pasado pesa sobre nuestras espaldas, especialmente la historia de la cuarta cruzada, de la que en 2004 se celebró el 800 aniversario.
Aunque no hay un ecumenismo oficial a nivel de Iglesia, existe, sin embargo, “el ecumenismo práctico”: celebraciones en nuestras iglesias, en lengua moderna (por tanto, comprensible para el pueblo), de bautismos, matrimonios, funerales y misas de difuntos, fiestas patronales, etcétera, con la participación de muchos hermanos ortodoxos, a causa de los matrimonios mixtos o de obligaciones sociales. Así pueden ver la realidad de nuestra Iglesia y cambiar la actitud, a menudo hostil con la Iglesia católica, debida a los prejuicios adquiridos en la escuela desde su infancia. En ciertas islas (Siros, Tinos, Corfú) se nota un espíritu un poco diferente, dado que el porcentaje de presencia católica es más alto.
Consecuencia de los acontecimientos históricos del pasado, de la falta de un verdadero ecumenismo en Grecia y de las estrechas relaciones entre la Iglesia ortodoxa y el Estado griego (por ejemplo, la Iglesia ortodoxa, antes de dar el permiso para la celebración de un matrimonio “mixto”, es decir, entre un católico y una ortodoxa o viceversa, exige de los futuros esposos una acta notarial con la prom esa de que los hijos serán bautizados ortodoxos) es la discriminación religiosa que, lamentablemente, aún persiste en nuestro país, a pesar de la pertenencia de Grecia a la Unión Europea.
Así, por ejemplo, nuestra catedral de San Dionisio, caracterizada como monumento neoclásico de Atenas y en pleno centro de la ciudad, no ha sido iluminada externamente por el ministerio competente, el cual, para los Juegos Olímpicos del 2004, iluminó los demás edificios principales de la misma calle, que es la más céntrica de Atenas. El ministerio de Cultura ha encontrado hasta ahora excusas para no contribuir a la restauración de la misma catedral tras los daños provocados por el terremoto del 1999 y no responde a mis repetidas cartas, mientras las iglesias ortodoxas dañadas por el terremoto han sido reparadas o están en vías de reparación a cargo d el Estado. La catedral de San Dionisio se ha convertido en peligrosa, como edificio, y ¡qué pasaría si viniese otro terremoto!
En este entorno poco fácil han aparecido recientemente dos pequeños brotes de esperanza:
El Metropolita de Mesenia, monseñor Crisostomo, por iniciativa propia y a pesar de la oposición de los fundamentalistas, nos ha concedido el uso de una capilla en la ciudad de Kalamata, frente a su palacio episcopal, para la pastoral de los numerosos fieles nuestros residentes en aquella zona del Peloponeso, donde no hay ninguna iglesia católica.
Por otra parte, el pasado 10 de mayo, en el ámbito del Año Paulino, celebramos las Vísperas en el Aerópago. Para la ocasión, el Vicario general del arzobispo ortodoxo de Atenas nos prestó el mismo icono de San Pablo venerado en la catedral ortodoxa, que fue colocado en el mis mo lugar durante la peregrinación de Juan Pablo II el 4 de mayo de 2001.
Vivimos con esperanza. Nuestra Iglesia en Grecia, con la presencia de tantos hermanos en la fe, procedentes de diversas partes del mundo, continúa su camino dando testimonio de la fe católica, y convencida de que ha sido puesta por la Providencia como un puente entre Oriente y Occidente.
Estamos seguros de que el Señor de la Iglesia, a través de su Espíritu vivificante, encontrará la manera de crear el camino de la unidad entre sus creyentes a pesar de nuestras debilidades.
[Por Giovanni Patriarca, traducción del original en italiano por Patricia Navas]
Foro
Las confesiones de un obispo en Nigeria
Monseñor Emmanuel Adetoyese Badejo cuenta su vocación
OYO, domingo, 30 de agosto de 2009 (ZENIT.org).- Monseñor Emmanuel Adetoyese Badejo, obispo auxiliar de Oyo, en Nigeria, ordenado sacerdote en 1986 y obispo en 2007, ha compartido con los lectores de ZENIT su vocación sacerdotal. El prelado es autor de varios libros, documentales musicales y de vídeos.En el Año Sacerdotal, ZENIT ofrece las "confesiones" sobre su vocación de cardenales, obispos y sacerdotes. La serie fue abierta por el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado de Benedicto XVI.
* * *
Sé que muchos sacerdotes que conozco recordarían fácilmente una experiencia o acontecimiento por el que Dios les llamó al sacerdocio. Yo no pertenezco a esta élite. Lo digo con honestidad.
Al contrario que Moisés, Samuel y Pablo, cómo fui llamado fue una experiencia multidimensional pero simple que exige revelar información “clasificada” sobre mi familia. Sin embargo, creo que la ocasión del Año de los Sacerdotes y de los actuales desafíos de la Iglesia ante el relativismo exige un poco de desclasificación de nuestras experiencias religiosas para beneficio de otros.
Crecí en una familia de siete hijos, cuatro chicos y tres chicas. A la edad de 4 años, comprendí que mi familia era tridimensional. Para mis padres y mis dos hermanos mayores, la vida era el hogar, el trabajo y la Iglesia. Así de simple. Para el resto de nosotros era un po co distinto: hogar, escuela e Iglesia. Esta existencia trípode caracterizó mi juventud, de manera que sólo importaban los acontecimientos conectados con estas tres esferas de la vida. Además, descubrí que de las tres, la Iglesia tenía la presencia más dominante puesto que asomaba mucho en los otros dos aspectos. La escuela y la familia sólo eran otras iglesias. Crecí sintiendo que los misioneros sacerdotes y monjas me parecían formar parte de nuestro hogar cuando iban y venían, día y noche, a voluntad. Ellos parecían ser los únicos fuera de nosotros, los siete hijos, para los que no había ningún secreto en nuestro hogar de una sola estancia. Siempre ayudaron a mi familia en tiempos de necesidad, y fueron muchas veces. Su presencia me habló de que la Iglesia una compañera de la vida. Cuando los misioneros nos dejaron, los sacerdotes y religiosas indígenas simplemente ocuparon su lugar.
La oración fue otra de las guías para el descubrimiento de mi vocación. Mis padres hacían que la oración de la mañana, la oración antes de las comidas y antes de ir a dormir fueran imperativas en la familia. Y también había una lectura regular de la Biblia. En ocasiones, especialmente por las tardes cuando el aburrimiento podía causar alguna grieta moral en la familia, mi padre nos implicaba en una oración de alabanza en su forma prístina. Todos nosotros, excepto mi madre, éramos miembros del coro de la iglesia. La única razón por la que mi madre no participaba en el coro era para no dar la impresión de que el coro de la iglesia estaba personalizado en su familia.
De todas formas, por las tardes, mi padre abriría el libro de himnos familiar y nos haría cantar. Al cantar se un&iac ute;a el golpear de bancos, sillas y otros objetos que podíamos encontrar en nuestro humilde hogar para marcar el ritmo y el paso. Esta actividad atraía a una pequeña audiencia incluso de familias musulmanas que vivían cerca que se unían en el canto o simplemente escuchaban un rato. Mi padre aprovechaba al máximo las ventajas de este bien entrenado coro. No sólo nos hacía cantar de forma regular en el coro de la iglesia y en casa, nos llevaba a rezar y a cantar para los enfermos y los postrados en las camas del hospital local, especialmente en Navidad y en Pascua. Aunque todos los miembros de mi familia eran buenos cantores, mi hermana menor y yo casi siempre cantábamos los principales solos. Esto me dio un sentido especial de misión y vocación.
En la escuela, la vida no era muy diferente. La oración era un parte central de la vida escolar como si estuviéramos en la iglesia . En la escuela primaria fui elegido para los papeles principales cuando había que cantar o actuar, fuera en la escuela o para el público. Puesto que la mayor parte de estas actividades trataban temas religiosos o morales, simplemente me vi a mí mismo llamado a llevar a cabo una especial función religiosa. Una experiencia que guardé conmigo de mis días de la escuela primaria fue la presentación de una obra en particular ante la parroquia. En aquella obra, yo actuaba de heredero de una familia pagana que se había convertido al catolicismo y quería ser sacerdote. Muchos meses después de la representación de la obra, la mayoría de la gente me llamaba Reverendo Padre. Esto me causó una profunda impresión a aquella tierna edad. El reconocimiento va a mis profesores que me animaron a actuar en aquel papel y a disfrutar de la admiración santurrona que siguió. En el semi nario menor, la cosa siguió. Pasé de ser el líder más joven de las bandas musicales de la escuela a ser el maestro del coro del seminario, hechos que reforzaron mi convicción de que tenía una misión especial.
Mi padre nos hablaba constantemente del deseo de su padre – que fue un rey (mi abuelo era el líder real, el rey, de mi pueblo en Ijebu Ode, Nigeria, de donde soy) – de tener un sacerdote en su familia y mi madre nos aseguraba constantemente la presencia de nuestros fuertes ángeles guardianes. Aunque nunca señalaron a ninguno de nosotros para la carrera sacerdotal, nos enviaban a Misa cada día y nos dejaban claro de que para ellos serían un gozo tener un sacerdote en la familia. Aunque éramos pobres, demostraban ampliamente su sinceridad con actos de cortesía y generosidad hacia sacerdotes y religiosas que venían a nuestra localidad y a nuestro hogar. No es necesario decir que esto me ayudó a pensar que sería bueno convertirme en sacerdote.
Mis hermanos, por su parte, se habían acostumbrado tanto a la presencia de sacerdotes y religiosas en la familia que hicieron muy fácil mi decisión de ser sacerdote. Como monaguillo, volvía a casa e imitaba al sacerdote diciendo misa. Me miraban más con reverencia que con burla, dándome la impresión de que estaba haciendo algo valioso. Sólo mi hermano más mayor expresó cierta reserva sobre que me hiciera sacerdote. Ya era, en el momento en que entré en el seminario mayor, un artista reconocido. Pensaba que a mi otro hermano, con el que había entrado en el seminario mayor, le iría más el sacerdocio mientras que yo podría unirme a su propio negocio. No obstante, él nos apoyó a ambos una vez que nos marchamos al seminario. Mi hermano seminar ista dejó después el seminario y se casó.
Estos aspectos de mi vida me dejaron bastante claro que Dios tenía una misión especial para mí. Al crecer, no tenía dudas de que sí alguna vez iba a hacer algo importante en la vida sería dentro del contexto de esta Iglesia cariñosa y ubicua.
[Traducción al español de Justo Amado]
Angelus
Benedicto XVI: Matrimonio y virginidad se iluminan mutuamente
Intervención con motivo del Ángelus
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 30 de agosto de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención que dirigió Benedicto XVI este domingo a mediodía a los peregrinos congregados en el patio de la residencia pontificia de Castel Gandolfo con motivo del Ángelus.
Queridos hermanos y hermanas:
Hace tres días, el 27 de agosto, celebramos la memoria litúrgica de Santa Mónica, madre de San Agustín, considerada modelo y patrona de las madres cristianas. Sobre ella, su hijo nos da muchas informaciones en el libro autobiográfico “Las confesiones”, obra maestra entre las más leídas de todos los tiempos. Aquí aprendem os que San Agustín bebe el nombre de Jesús con la leche materna y fue educado por su madre en la religión cristiana, cuyos principios mantendrá impresos en él también en los años de desliz espiritual y moral. Mónica no deja nunca de rezar por él y por su conversión, y tuvo el consuelo de verlo volver a la fe y recibir el bautismo. Dios recompensa las oraciones de esta santa mamá, a la que el obispo de Tagaste había dicho: “Es imposible que un hijo de tantas lágrimas se pierda”. De hecho, San Agustín no sólo se convirtió, sino que decidió abrazar la vida monástica y, al volver a África, fundó él mismo una comunidad de monjes. Conmovedores y edificantes son los últimos coloquios espirituales entre él y su madre en la tranquilidad de una casa de Ostia, a la espera de embarcarse para África. En aquel momento, Santa Mónica se convertía, para su hijo, en “más que madre, la fuente de su cristianismo”. Su único deseo había sido durante años la conversión de Agustín, a quien en ese momento veía orientado incluso hacia una vida de consagración al servicio de Dios. Podía por tanto morir contenta y efectivamente murió el 27 de agosto del 387, a los 56 años, después de haber pedido a los hijos no preocuparse por su sepultura sino acordarse de ella, donde quiera que se encontrara, en el altar del Señor. San Agustín repitió que su madre lo había “engendrado dos veces”.
La historia del cristianismo está llena de innumerables ejemplos de padres santos y de auténticas familias cristianas que han acompañado la vida de generosos sacerdotes y pastores de la Iglesia. Piénsese en los santos Basilio Magno y Gregorio Naci anceno, ambos pertenecientes a familias de santos. Pensamos, muy cerca de nosotros, en los cónyuges Luigi Beltrame Quattrocchi y Maria Corsini, que vivieron entre el final del siglo XIX y la mitad del 1900, beatificados por mi venerado predecesor Juan Pablo II en octubre de 2001, coincidiendo con los veinte años de la Exhortación Apostólica Familiaris consortio. Este documento, además de ilustrar el valor del matrimonio y las funciones de la familia, solicita a los esposos un particular compromiso en el camino de santidad, que, sacando gracia y fuerza del sacramento del matrimonio, les acompaña a lo largo de toda su existencia (cf. N. 56). Cuando los cónyuges se dedican generosamente a la educación de los hijos, guiándoles y orientándoles en el descubrimiento del plan de amor de Dios, preparan ese fértil terreno espiritual en el que florecen y maduran las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Se r evela cuán íntimamente están ligadas y se iluminan mutuamente el matrimonio y la virginidad, a partir de su común arraigo en el amor esponsal de Cristo.
Queridos hermanos y hermanas: en este Año Sacerdotal oramos para que, “por intercesión del Santo Cura de Ars, las familias cristianas se conviertan en pequeñas iglesias, en las que todas las vocaciones y todos los carismas, dados por el Espíritu Santo, puedan ser acogidos y valorados” (de la oración del Año Sacerdotal). Nos obtenga esta gracia la Virgen María, que ahora juntos invocamos.
[Después del Ángelus]
El próximo martes, 1 de septiembre, se celebrará en Italia la Jornada para la salvaguarda de lo creado. Es un acontecimiento significativo, de relevancia también ecuménica, que este año tiene como tema la importancia del aire, elemento indispensable p ara la vida. Como lo hice en la Audiencia general del miércoles pasado, exhorto a todos a un mayor compromiso por la tutela de lo creado, don de Dios. En particular, animo a los países industrializados a cooperar responsablemente por el futuro del planeta y para que no sean las poblaciones más pobres las que paguen el mayor precio del cambio climático.
[Después, el Papa saludó en varios idiomas a los peregrinos. En francés, dijo:]
Acojo con gozo a los peregrinos de lengua francesa reunidos para la oración del Ángelus. La liturgia de este domingo nos invita a escuchar con atención la Palabra de Dios para mantenernos fieles en la puesta en práctica cada día. Ella es para nosotros fuente de sabiduría, de luz, de inteligencia y de vida. Vamos entonces a tomar tiempo para acoger esta Palabra y para meditarla para que ella pueda arraigarse en lo más profundo de nu estra vida cotidiana. Entonces nuestra existencia podrá dar fruto y expresar el amor de Dios por todos. ¡Que el Señor os acompañe cada día de vuestra vida!
[En inglés, dijo:]
Saludo cordialmente a los peregrinos de habla inglesa y visitantes en este Ángelus, incluyendo a los seminaristas de primer año del Colegio Pontificio Norte Americano. Que vuestro tiempo aquí en Castel Gandolfo y en Roma os haga profundizar en vuestra comprensión integral de nuestra fe y fortalezca en vosotros el deseo de ser coherentes de palabra y obra, siguiendo el corazón y la mente de nuestro Señor. ¡Para cada uno de vosotros aquí presentes y vuestras familias, invoco la bendición del Dios de la paz y la alegría!
[En español, dijo:]
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en especial a los fieles de la Dió ;cesis de Tortosa. En el evangelio proclamado este domingo vemos cómo la gente, asombrada ante las palabras y los hechos de Jesús, decía de Él: "Todo lo ha hecho bien". Pidamos por intercesión de la Virgen María poder gozar igualmente de una experiencia viva y real del misterio y de la Persona de Cristo, que nos colma de su amor y su vida a través de la liturgia, la Palabra Divina y la oración. Muchas gracias y feliz domingo.
[Traducción del original italiano realizada por Patricia Navas
© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana]
Documentación
Vuelve a publicarse la carta de Juan Pablo II sobre la II guerra mundial
“Esta tragedia inhumana no debe repetirse”
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 30 de agosto de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el texto en español de la Carta Apostólica de Juan Pablo II con ocasión del 50º aniversario del comienzo de la segunda guerra mundial, y que, veinte años después, L'Osservatore Romano ha vuelto a publicar.
* * *
A mis hermanos en el episcopado,
a los sacerdotes y a las familias religiosas,
a los hijos e hijas de la Iglesia,
a los gobernantes,
a todos los hombres de buena voluntad.
La hora de las tinieblas
1. «ME HAS ECHADO EN LO PROFUNDO de la fosa, en las tinieblas, en los abismos» (Sal 88 [87], 7). ¡Cuántas veces este grito de dolor ha surgido del corazón de millones de mujeres y de hombres que, desde el 1° de septiembre de 1939 hasta el final del verano de 1945, se enfrentaron con una de las tragedias más destructoras e inhumanas de nuestra historia!
Mientras Europa se encontraba aún bajo el impacto de los actos de fuerza realizados por el Reich, que habían llevado a la anexión de Austria, al desmembramiento de Checoslovaquia y a la conquista de Albania, el primer día del mes de septiembre de 1939, las tropas alemanas invadían Polonia por el Oeste y, el 17 del mismo mes, la Armada roja lo hacía por el Este. La derrota del ejército polaco y el martirio de un pueblo entero iban a ser preludio de la suerte que muy pronto tocaría a numerosos pueblos europeos y, a continuación, a muchos otros en la mayor parte de los cinco continentes.
En efecto, desde 1940, los Alemanes ocuparon Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica y la mitad de Francia. Durante este período, la Unión soviética, agrandada ya por una parte de Polonia, realizó la anexión de Estonia, Letonia y Lituania y quitó Besarabia a Rumania y algunos territorios a Finlandia.
Después, como un fuego destructor que se propaga, la guerra y los dramas humanos, que la acompañan inexorablemente, iban rápidamente a desbordar las fronteras del «viejo Continente» para llegar a ser «mundiales». Por un lado, Alemania e Italia llevaron los combates más allá de los Balcanes y en África mediterránea y, por otro lado, el Reich invadió bruscam ente Rusia. Los Japoneses, por fin, destruyendo Pearl-Harbour, empujaron a los Estados Unidos de América a la guerra al lado de Inglaterra. Terminaba el año 1941.
Hubo que esperar el año 1943, con el éxito de la contraofensiva que liberó la ciudad de Stalingrado del yugo alemán, para que se produjera un cambio en la historia de la guerra. Las fuerzas aliadas por un lado y la tropas soviéticas por el otro lograron derrotar a Alemania, a costa de encarnizados combates que, desde Egipto hasta Moscú, provocaron horribles sufrimientos a millones de civiles indefensos. El 8 de mayo de 1945 Alemania se rindió sin condiciones.
Pero la lucha continuó en el Pacífico. Para acelerar el final, a primeros de agosto del mismo año se lanzaron dos bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Al día siguiente de este hecho espa ntoso Japón se rindió a su vez. Es el 10 de agosto de 1945.
Ninguna guerra ha merecido tanto el apelativo de «guerra mundial». Además fue total, pues no podemos olvidar que a las operaciones terrestres se sumaron combates aéreos y combates navales en todos los mares del mundo. Ciudades enteras fueron objeto de destrucciones despiadadas, sumiendo a poblaciones aterrorizadas en la angustia y la miseria. Roma misma estuvo amenazada. La intervención del Papa Pío XII evitó que la Ciudad fuera un campo de batalla.
Este es el cuadro sombrío de los hechos que recordamos hoy. Provocaron la muerte de cincuenta y cinco millones de personas, dejando divididos a los vencedores y una Europa para reconstruir.
Acordarse
2. Cincuenta años después, tenemos el deber de acordarnos ante de Dios de aq uellos hechos dramáticos, para honrar a los muertos y compadecer a todos aquellos que este despliegue de crueldad hirió en el corazón y en el cuerpo, perdonando del todo las ofensas.
En mi solicitud pastoral por toda la Iglesia y preocupado por el bien de toda la humanidad, no podía dejar pasar este aniversario sin invitar a mis hermanos en el episcopado, a los sacerdotes y los fieles, así como a todos los hombres de buena voluntad, a una reflexión sobre el proceso que llevó este conflicto hasta los límites de lo inhumano y de la aflicción.
En efecto, tenemos el deber de sacar una lección de este pasado, para que jamás pueda repetirse el conjunto de causas capaz de desencadenar un conflicto semejante.
Ya sabemos por experiencia que la división arbitraria de las naciones, los desplazamientos forzosos de las poblaciones, el rea rme sin límites, el uso incontrolable de armas sofisticadas, la violación de los derechos fundamentales de las personas y de los pueblos, la inobservancia de las reglas de conducta internacional, así como la imposición de ideologías totalitarias no pueden llevar más que a la destrucción de la humanidad.
Acción de la Santa Sede
3. El Papa Pío XII, desde su comienzo, el 2 de marzo de 1939, lanzó un llamamiento a la paz, que todos consideraban seriamente amenazada. Algunos días antes de desencadenarse las hostilidades, el 24 de agosto de 1939, el mismo Papa pronunció unas palabras premonitorias cuyo eco resuena todavía: «He aquí que vuelve a sonar una vez más una grave hora para la gran familia humana (...). El peligro es inminente, pero todavía hay tiempo. Nada se pierde con la paz. Todo puede perderse con la guerra[1].
Por desgracia, la advertencia de este gran Pontífice no fue escuchada absolutamente y llegó el desastre. La Santa Sede, no habiendo podido contribuir a evitar la guerra, intentó -en la medida de sus posibilidades- limitar su extensión. El Papa y sus colaboradores trabajaron en ello sin descanso, tanto a nivel diplomático como en el campo humanitario, evitando tomar partido en el conflicto que oponía a pueblos de ideologías y religiones diferentes. En este cometido, su preocupación fue también la de no agravar la situación y no comprometer la seguridad de las poblaciones sometidas a pruebas poco comunes. Escuchemos una vez más a Pío XII cuando, a propósito de lo que sucedía en Polonia, declaró: «Tendríamos que pronunciar palabras de fuego contra tales hechos y lo único que nos lo impide es saber que, si habláramos, haríamos todavía más difícil la situación de esos desdichados»[2].
Algunos meses después de la Conferencia de Yalta (4-11 de febrero de 1945) y recién acabada la guerra en Europa, el mismo Papa, dirigiéndose al Sacro Colegio Cardenalicio, el 2 de junio de 1945, no dejó de preocuparse sobre el futuro del mundo y abogar por la victoria del derecho: «Las naciones, las pequeñas y las medianas particularmente, piden que se les permita tomar las riendas de sus propios destinos. Se les puede llevar a contraer, con su pleno acuerdo y en el interés del progreso común, obligaciones que modifiquen sus derechos soberanos. Pero después de haber soportado su parte, su parte tan grande, de sacrificios para destruir el sistema de la violencia brutal, están ahora en condiciones de no aceptar que se les imponga un nuevo s istema político o cultural que la gran mayoría de sus pueblos rechazan resueltamente (...). En el fondo de su conciencia los pueblos sienten que sus dirigentes se desacreditarían si, por el delirio de una hegemonía de la fuerza, no hicieran seguir la victoria del derecho»[3].
El hombre menospreciado
4. Esta «victoria del derecho» sigue siendo la mejor garantía del respeto de las personas. Ahora justamente, cuando se piensa en la historia de estos seis años terribles, uno no puede menos que horrorizarse por el menosprecio de que ha sido objeto el hombre.
A las ruinas materiales, a la aniquilación de los recursos agrícolas e industriales de los países asolados por los combates y las destrucciones que llegaron hasta el holocausto nuclear de dos ciudades japonesas, se añadieron masacres y miseria.
Pienso particularmente en el destino cruel ocasionado a las poblaciones de las grandes planicies del Este. Yo mismo fui testigo horrorizado de ello al lado del Arzobispo de Cracovia, Monseñor Adam Stefan Sapieha. Las exigencias inhumanas del invasor de entonces afectaron de manera brutal a los opositores y a los sospechosos, mientras que las mujeres, los niños y los ancianos fueron sometidos a constantes humillaciones.
No podemos olvidar el drama causado por el desplazamiento forzado de las poblaciones que fueron echadas por los caminos de Europa, expuestas a todos los peligros, en busca de un refugio y de medios para sobrevivir.
Debe hacerse una mención especial de los prisioneros de guerra que, aislados, ofendidos y humillados, pagaron también, después de las asperezas de los combates, otro pesado tributo. Hay que recordar, por fin, que la creación de gobiernos impuestos por los invasores en los Estados de la Europa central y oriental estuvo acompañada por medidas represivas y también por una multitud de ejecuciones para someter a las poblaciones reacias.
Las persecuciones contra los judíos
5. Pero de todas estas medidas antihumanas, una de ellas constituye para siempre una vergüenza para la humanidad: la barbarie planificada que se ensañó contra el pueblo judío.
Objeto de la «solución final», imaginada por una ideología aberrante, los judíos fueron sometidos a privaciones y brutalidades indescriptibles. Perseguidos primero con medidas vejatorias o discriminatorias, más tarde acabaron a millones en campos de exterminio.
Los judíos de Polonia, más que otros, vivieron este calvario: las imágenes del cerco de la judería de Varsovia, como lo que se supo sobre los campos de Auschwitz, de Majdanek o de Treblinka superan en horror lo que humanamente se pueda imaginar.
Hay que recordar también que esta locura homicida se abatió sobre otros muchos grupos que tenían la culpa de ser «diferentes» o rebeldes a la tiranía del invasor.
Con ocasión de este doloroso aniversario, me dirijo una vez más a todos los hombres, invitándolos a superar sus prejuicios y a combatir todas las formas de racismo, aceptando reconocer en cada persona humana la dignidad fundamental y el bien que hay en la misma, a tomar cada vez mayor conciencia de pertenecer a una única familia humana querida y congregada por Dios.
Deseo repetir aquí con fuerza que la hostilidad o el odio hacia el judaísmo están en total contradicción con la visión cristiana de la dignidad de la persona humana.
Las pruebas de la Iglesia católica
6. El nuevo paganismo y los sistemas afines se ensañaban, ciertamente, contra los judíos, pero atentaban igualmente contra el cristianismo, cuyas enseñanzas habían formado el alma de Europa. A través del pueblo del cual «también procede Cristo según la carne» (Rm 9, 5), llega el mensaje evangélico sobre la igual dignidad de todos los hijos de Dios, que era menospreciada.
Mi predecesor, el Papa Pío XI, había sido claro en su encíclica «Mit brennender Sorge», al decir:
«Quien eleva la raza o el pueblo, el Estado o una forma determinada del mismo, los representantes del poder o de otros elementos fundamentales de la socieda d humana (...) como suprema norma de todo, aun de los valores religiosos, y los diviniza con culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado y querido por Dios»[4].
Esta pretensión de la ideología del sistema nacionalsocialista no exceptuaba a las Iglesias y a la Iglesia católica en particular que, antes y durante el conflicto, conoció, también ella, su pasión. Su suerte no fue seguramente mejor en las regiones donde se impuso la ideología marxista del materialismo dialéctico.
No obstante, hemos de dar gracias a Dios por los numerosos testigos, conocidos y desconocidos, que -en aquellas horas de tribulación- tuvieron la valentía de profesar intrépidamente su fe, supieron levantarse contra la arbitrariedad atea y no se plegaron ante la fuerza.
Totalitarismo y religión
7. En el fondo, el paganismo nazi así como el dogma marxista tienen en común el ser ideologías totalitarias, con tendencia a trasformarse en religiones substitutivas.
Ya mucho antes de 1939, en algunos sectores de la cultura europea, aparecía una voluntad de borrar a Dios y su imagen del horizonte del hombre. Se empezaba a adoctrinar en este sentido a los niños, desde su más tierna edad.
La experiencia ha demostrado desgraciadamente que el hombre dejado al solo poder del hombre, mutilado de sus aspiraciones religiosas, se transforma rápidamente en un número o en un objeto. Por otra parte, ninguna época de la humanidad ha escapado al riesgo de que el hombre se encerrara en sí mismo, con una actitud de orgullosa suficiencia. Pero este riesgo se ha acentuado en este siglo en la medida en que la fuerza armada, la ciencia y la téc nica han podido dar al hombre contemporáneo la ilusión de ser el único señor de la naturaleza y de la historia. Esta es la presunción que encontramos en la base de los excesos que deploramos.
El abismo moral en el que el desprecio de Dios, y también del hombre, ha precipitado al mundo hace cincuenta años nos ha llevado a experimentar el poder del «Príncipe de este mundo» (Jn 14, 30) que puede seducir las conciencias con la mentira, con el desprecio del hombre y del derecho, con el culto del poder y del dominio.
Hoy nos acordamos de todo esto y meditamos sobre los límites a los que puede llevar el abandono de toda referencia a Dios y de toda ley moral trascendente.
Respetar el derecho de los pueblos
8. Pero lo que es verdad para el hombre lo es también para los pueblos. Conmemor ar los acontecimientos de 1939 es recordar además que el último conflicto mundial tuvo por causa la destrucción de los derechos de los pueblos así como de las personas. Lo recordaba ayer, al dirigirme a la Conferencia episcopal polaca.
¡No hay paz si los derechos de todos los pueblos -y particularmente de los más vulnerables- no son respetados! Todo el edificio del derecho internacional se basa sobre el principio del igual respeto, por parte de los Estados, del derecho a la autodeterminación de cada pueblo y de su libre cooperación en vista del bien común superior de la humanidad.
Hoy es esencial que situaciones como la de Polonia de 1939, asolada y dividida según las preferencias de invasores sin escrúpulos, no vuelvan a producirse más. No se puede evitar, a este respecto, pensar en los países que todavía no han obtenido su plena independencia, así como en aquellos que corren el riesgo de perderla. En este contexto y en estos días hay que recordar el caso del Líbano, donde fuerzas aliadas, siguiendo sus propios intereses, no dudan en poner en peligro la existencia misma de una nación.
No olvidemos que la Organización de las Naciones Unidas nació, después del segundo conflicto mundial, como un instrumento de diálogo y de paz, fundado sobre el respeto de la igualdad de los derechos de los pueblos.
El desarme
9. Pero una de las condiciones esenciales para «vivir unidos» es el desarme.
Las terribles pruebas sufridas por los combatientes y las poblaciones civiles, durante el segundo conflicto mundial, deben apremiar a los responsables de las naciones a procurar que se pueda llegar sin tardar a la elaboración de pr ocesos de cooperación, de control y de desarme que hagan impensable la guerra. ¿Quién osaría justificar todavía el uso de las armas más crueles, que matan a los hombres y destruyen sus obras, para resolver las discrepancias entre Estados? Como ya tuve ocasión de decir «la guerra es en sí irracional y [...] el principio ético de la solución pacífica de los conflictos es la única vía digna del hombre»[5].
Por esto hemos de aceptar favorablemente las negociaciones en curso para el desarme nuclear y convencional, así como la total prohibición de armas químicas y otras. La Santa Sede ha declarado repetidas veces que considera necesario que las partes lleguen por lo menos a un nivel mínimo de armamento, compatible con sus exigencias de seguridad y defensa.
Estos pasos prometedores no tendrán, sin emb argo, posibilidad de éxito si no están apoyados y acompañados por una voluntad de intensificar igualmente la cooperación en otros campos, especialmente los económicos y culturales. La última reunión de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa, celebrada recientemente en París sobre el tema de la «dimensión humana», ha registrado el deseo, expresado por países de las dos partes de Europa, de ver instaurado en todas partes el régimen del Estado de derecho. Esta forma de Estado se muestra, efectivamente, como la mejor garantía de los derechos de la persona, incluidos el derecho a la libertad religiosa, cuyo respeto es un factor insustituible de paz social e internacional.
Educar a las jóvenes generaciones
10. Aleccionados por los errores y las desviaciones del pasado, los Europeos de hoy tienen ya el deber de transmitir a las jóvenes generaciones un estilo de vida y una cultura inspiradas por la solidaridad y la estima del prójimo. A este respecto, el Cristianismo, que ha forjado tan profundamente los valores espirituales de este Continente, debería ser una fuente de inspiración constante: su doctrina sobre la persona, creada a imagen de Dios, ha de contribuir al nacimiento de un humanismo renovado.
En el inevitable debate social, en que se enfrentan concepciones distintas de la sociedad, los adultos deben darse ejemplo de respeto recíproco, sabiendo reconocer siempre la parte de verdad que hay en el otro.
En un Continente de tantos contrastes, es necesario que las personas, las etnias y los países de cultura, creencia o sistema social diferentes, aprendan a aceptarse mutuamente.
Los educadores y los medios de comunicación social juegan a este respecto un papel primordial. Desgraciadamente, hemos de constatar que la educación sobre la dignidad de la persona, creada a imagen de Dios, no está ciertamente favorecida por los espectáculos de violencia o depravación difundidos muy a menudo por dichos medios de comunicación social: las jóvenes conciencias en formación son desorientadas y el sentido moral de los adultos queda embotado.
Moralizar la vida pública
11. La vida pública, ciertamente, no puede prescindir de los criterios éticos. La paz se consigue ante todo en el terreno de los valores humanos, vividos y transmitidos por los ciudadanos y los pueblos. Cuando se disgrega el tejido moral de una nación hay que temer cualquier cosa.
La memoria vigilante del pasado debería conseguir que nuestr os contemporáneos estuvieran atentos a los abusos siempre posibles en el uso de la libertad, que la generación de esta época ha conquistado a costa de tantos sacrificios. El frágil equilibrio de la paz podría verse comprometido si en las conciencias se despertaran males como el odio racial, el menosprecio de los extranjeros, la segregación de los enfermos o de los ancianos, la exclusión de los pobres, el recurso a la violencia privada y colectiva.
A los ciudadanos les toca saber distinguir entre las proposiciones políticas que se inspiran en la razón y en los valores morales. A los Estados corresponde velar para que se eviten las causas de exasperación o de impaciencia de tal o cual grupo desfavorecido de la sociedad.
Llamamiento a Europa
12. A vosotros, hombres de Estado y responsables de las naciones, os repito una vez más mi profunda convicción de que el respeto de Dios y el respeto del hombre son inseparables. Constituyen el principio absoluto que permitirá a los Estados y a los Bloques políticos superar sus antagonismos.
No podemos olvidar, en particular, a Europa donde ha surgido este terrible conflicto y que, durante seis años, ha vivido una verdadera «pasión» que la ha arruinado y dejado desamparada. Desde 1945 somos testigos y operadores de loables esfuerzos encaminados a su reconstrucción material y espiritual.
Ayer, este Continente exportó la guerra: hoy, le toca ser «artesano de paz». Confío en que el mensaje de humanismo y de liberación, herencia de su historia cristiana, pueda fecundar todavía a sus pueblos y siga resplandeciendo en el mundo.
¡Sí, Europa, todos te miran, conscientes de que si empre tienes algo que decir, después del naufragio de aquellos años de fuego: la verdadera civilización no está en la fuerza, sino que es fruto de la victoria sobre nosotros mismos, sobre las potencias de la injusticia, del egoísmo y del odio, que pueden llegar a desfigurar al hombre!
Exhortación a los católicos
13. Al concluir, deseo dirigirme muy particularmente a los pastores y a los fieles de la Iglesia católica.
Acabamos de recordar una de las guerras más sangrientas de la historia, nacida en un Continente de tradición cristiana.
Esta constatación debe estimularnos a un examen de conciencia para ver cómo es la evangelización de Europa. El hundimiento de los valores cristianos, que favoreció los errores de ayer, tiene que hacernos estar atentos sobre la manera en que hoy se anuncia y se vive el Evangelio.
Observamos, por desgracia, que en muchos campos de su existencia el hombre moderno piensa, vive y trabaja como si Dios no existiera. Ahí está el mismo peligro que ayer: el hombre dejado en poder del hombre.
Mientras Europa se prepara para recibir un nuevo semblante, ya que ha habido un desarrollo positivo en algunos países de su parte central y oriental, y los responsables de las naciones colaboran cada vez más para la solución de los grandes problemas de la humanidad, Dios llama a su Iglesia a dar su propia contribución para la llegada de un mundo más fraterno.
Junto con las otras Iglesias cristianas, a pesar de nuestra unidad imperfecta, queremos repetir a la humanidad de hoy que el hombre no es auténtico si no se acepta ante Dios como criatura; que el hombre no es consciente de su dignidad si no re conoce en sí mismo y en los demás la señal de Dios que lo ha creado a su imagen; que no es grande sino en la medida en que su vida es una respuesta al amor de Dios y se pone al servicio de sus hermanos.
Dios no desconfía del hombre. Cristianos, tampoco nosotros podemos desconfiar del hombre, porque sabemos que es siempre más grande que sus errores o sus faltas.
Al recordar la bienaventuranza pronunciada en otro tiempo por el Señor: ¡«Bienaventurados los que trabajan por la paz»! (Mt 5, 9), queremos invitar a todos los hombres a perdonar y a ponerse al servicio los unos de los otros, por Aquel que, en su carne, una vez ha dado en sí mismo «muerte a la Enemistad» (Ef 2, 16).
A María, Reina de la Paz, confío a esta humanidad, encomendando a su materna intercesión la historia de la que somos actores.
¡Para que el mundo no conozca nunca más la inhumanidad y la barbarie que lo ha asolado hace cincuenta años, anunciamos sin cansarnos a «nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación» (Rm 5, 11), prenda de la reconciliación de todos los hombres entre sí!
¡Que su Paz y su Bendición estén con todos vosotros!
Notas
[1] Radiomensaje, 24 de agosto de 1939: AAS 31 (1939), pp. 333-334.
[2] Actes et Documents du Saint Siège à la seconde guerre mondiale, Librería Edittrice Vatiicana, 1970, vol. 1, p. 455.
[3] AAS 37 (1945), p. 166.
[4] 14 de marzo de 1937: AAS 29 (1937), pp. 149 y 171.
[5] Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz, 8 de diciembre de 1983, n. 4: AAS 76 (1984), p. 295.
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