11.09.12

Obispo nuevo, ¿vida nueva?

A las 10:34 AM, por Luis Fernando
Categorías : Sobre el autor, Actualidad, Obipos

 

Dado que la Iglesia no es una máquina de hacer personas idénticas, es habitual que los cambios de obispos en las diócesis vengan a veces acompañados de polémicas causadas tanto por la impronta nueva del pastor recién llegado como por el desacuerdo de quienes se sentían más “a gustito” con el anterior prelado.

Cuando el cambio de persona supone además una especie de revolución pastoral -sea a mejor o a peor- debido a las “tendencias” eclesiales del nuevo obispo, es inevitable que el patio se altere mucho. Para que no digan que me escondo, hablaré de lo ocurrido en mi propia diócesis. En Huesca tuvimos como pastor a Mons. Javier Osés, que fue obispo auxiliar desde finales del 1969 hasta el año 1977, cuando fue nombrado obispo titular. En agosto del 2001 se le aceptó la renuncia y falleció apenas dos meses después. Es decir, estamos hablando de 32 años como obispo en Huesca, 24 de ellos como ordinario. Es sabido que don Javier -muy querido por los oscenses dada su calidad humana- era de los obispos más “progresistas” de la Iglesia en España en la era postconciliar. Como quiera que yo llegué acá en el verano del año 2000, apenas pude conocerle. Pero sí que conozco, y bien, el tipo de iglesia local que quedó tras su partida.

Tras un largo periodo de transición, en el que estuvimos bajo el cuidado pastoral de Mons. Omella, a la sazón obispo de la diócesis vecina de Barbastro, en diciembre del 2003 llegó a tierras oscenses Mons. Sanz Montes, ofm, al que se le encargó no solo ser obispo de Huesca sino también de Jaca, cuyo anterior obispo, Mons. Conget, era de una sensibilidad eclesial parecida, aunque bastante menos escorada que la de Mons. Osés.

Sin embargo, el obispo franciscano era, y es, exactamente lo contario en cuanto a dicha sensibilidad. Y claro, su acción de gobierno tuvo una clara oposición por los sectores más “progresistas” del clero oscense, que no vieron con buenos ojos un cambio tan radical. Prefiero no entrar en los detalles porque ya llegará el momento en que escriba sobre ello. Lo cierto es que tras la partida de don Jesús para ser el arzobispo de Oviedo, Roma nos envió a Huesca y Jaca a Mons. Ruiz Martorell, que sin ser la reencarnación eclesial de Mons. Osés -y quien diga lo contrario, falta a la verdad-, sí que supone un nuevo giro pastoral hacia una “sensibilidad” distinta. Tan es así que sus primeros nombramientos importantes, en el seminario, han conllevado la aparición de un blog, Oscaiglesia, que va camino de ser una especie de “Germinans germinabit oscensis” y que ha conseguido poner patas arribas la diócesis. Pero tampoco me toca ahora opinar sobre esa circunstancia. Hay más días que longanizas y ya veré cuando escribo sobre ello.

Casos similares han ocurrido en otras diócesis. Uno de los ejemplos más notables es el caso de la de San Sebastián, donde parece evidente que Mons. Munilla no encarna el mismo modelo de episcopado que representaban Mons. Uriarte y, sobre todo, Mons. Setién. Ciertamente don José Ignacio ya sabía lo que era llegar a una diócesis donde su antecesor era de otra “onda". Baste decir que cuando llegó a Palencia, el anterior sucesor de los apóstoles era Mons. Palmero Ramos, que es uno de los referentes del portal religioso Religión Digital, con todo lo que eso supone.

Precisamente hoy el director de RD, José Manuel Vidal, se hace eco de la queja de un sacerdote gaditano, al que no le hace ninguna gracia que su nuevo obispo, Mons. Rafael Zornoza, esté “volviendo a la diócesis como un calcetín. Si leen ustedes el motivo de las quejas, comprenderán que lo que quiere el nuevo obispo gaditano va en la línea de lo que Roma desea para España, al menos si atendemos a la mayoría -hay excepciones- de los nombramientos episcopales habidos en este país en la última década.

Puede que eso moleste mucho a los que añoran los tiempos en que la Iglesia en España estaba bajo el timón de los Tarancón, Díaz Merchán, Yanes y cía, pero cualquier fiel entenderá que es mejor que los obispos españoles estén más cerca de lo que la Santa Sede desea que lo que echan de menos los Vidales, Tamayos y Casaldáligas. Con esto no digo que los obispos de hace dos o tres décadas no estuvieran en comunión con el Papa. Pero incluso en la comunión hay grados y tendencias. Es más, si ellos llegaron al episcopado, es porque Roma creía que representaban el modelo de pastor ideal para la España postconciliar. El resultado es el que todos sabemos y ahora toca ver cuál es el resultado de la acción de los nuevos obispos.

Hay quien dice que no es conveniente que se den cambios radicales en la diócesis. Y que no tiene sentido nombrar un obispo que sea muy distinto del anterior. Que si se quiere una transición, lo ideal es buscar pastores que no supongan una ruptura visible con sus predecesores aunque ya vayan dando un giro a la realidad diocesana. Pero no es menos cierto que la tibieza es mala compañera de la acción pastoral. Y que un buen pastor sabrá dirigir su iglesia local con la paciencia y la caridad necesaria para no poner todo del revés en menos que canta un gallo. Los obispos están para facilitar la comunión, no para destruirla. Pero en esa tarea no pueden asumir que se mantengan por mucho tiempo elementos en sus iglesias que supongan un factor de securalización interna y la asunción de presupuestos que rompen con la hermenéutica de la continuidad del Concilio Vaticano II, que es aquello que el Papa quiere para toda la Iglesia.

La labor de los obispos es harto complicada. Es obligación de sacerdotes y fieles rezar por ellos y colaborar filiamente para que la Iglesia pueda desempeñar fielmente su servicio al Señor y al mundo. Dicho eso, la opinión pública dentro de la Iglesia es un deber, tal y como advirtió Pío X. Y el Concilio Vaticano II exhorta a los fieles a trasladar a los pastores “sus necesidades y sus deseos con aquella libertad y confianza que conviene a los hijos de Dios y a los hermanos en Cristo. Conforme a la ciencia, la competencia y el prestigio que poseen, tienen la facultad, más aún, a veces el deber, de exponer su parecer acerca de los asuntos concernientes al bien de la Iglesia“. Si eso se hace bien, sin faltar a la caridad, nuestras diócesis irán por el buen camino. Si no, seremos causa de escándalo ante los no creyentes. Y el Señor nos pedirá cuentas por ello.

Asidos a la gracia de Dios, seamos instrumentos de comunión, de caridad y de verdad.

Luis Fernando Pérez Bustamante