Biblia

 

¿Dios nos habla en sueños?

 

En las Escrituras, Dios informa a los hombres o les pide algo por medio de sueños. ¿Podemos, todavía hoy, considerar los sueños como mensajes divinos? Respuesta de Véronique Lévy, autora de Montre-moi ton visage y de Adoration (Cerf).

 

 

11 feb 2020, | La Croix


 

 

 

 

 

¿Dios nos habla en sueños?

Todo el Primer Testamento está lleno de sueños, como el de Jacob, que vio una escalinata cuya cima tocaba el cielo, y ángeles que subían y bajaban por ella; José, el esposo de María, que ve en sueños un ángel que viene a prevenirle... El pequeño Samuel que se despierta todas las noches a la llamada de Dios... En los sueños, Dios se da a conocer, llega a nosotros. Puede ser, cuando dormimos, que tengamos el corazón que escucha más profundamente, porque todas las preocupaciones del mundo también duermen, y el Señor puede actuar a corazón abierto, como cuando envía a Adán un sueño profundo para poder quitarle delicadamente la costilla de la que formará a Eva…

 

Dice usted que Dios se da a conocer. ¿Es algo que usted haya experimentado?

No se trata de un conocimiento intelectual desconectado del corazón, lo que sería un conocimiento prometeico. Es un conocimiento del corazón. El verbo conocer se emplea en la Biblia para hablar de la unión más íntima, la del hombre y la mujer en un acto de amor y de creación. El verbo conocer habla de una unión profunda más que de un conocimiento intelectual.

 

Los sueños ¿son para Dios una forma de llegar a nosotros, de unirse a nosotros por amor?

Sí, de llegar a nosotros en lo más íntimo de nuestras vidas, en nuestras heridas, nuestros miedos, nuestras fragilidades, en el momento en que el intelecto vela y donde Dios puede desplegarse, resplandecer. He tenido muchos sueños, de los que he hablado en mi primer libro y que he transcrito en poemas, en oraciones, en mi segundo libro. Cuando era muy joven, he tenido un sueño en el que había hombres que me rodeaban, en un gran peligro. Me escapo de ese círculo, corro, me desplomo falta de aliento. Levanto los ojos, y me encuentro ante una catedral con las puertas abiertas; me refugio en ella y oigo los batidos de un corazón que sacude todos los muros de la catedral. Levanto los ojos de nuevo y veo un Cristo en cruz gigantesco, con los brazos abiertos al infinito, que me dice, resonando todavía los latidos del corazón: «Que tu corazón de piedra se convierta en un corazón de carne». Tiende hacia mí sus manos, cuyas palmas están atravesadas por dos espadas, y sus lágrimas traspasan mi corazón. Para mí, es un sueño profético. Yo era una adolescente que no frecuentaba las iglesias, aunque una amiga me había hablado de Jesús. Yo nunca había oído la frase que Jesús me ha dicho en sueños. Mis padres eran judíos laicos. No había una biblia en casa. Y esta frase yo la he descubierto en el catecumenado años más tarde. Es una frase del profeta Ezequiel que anuncia el bautismo.

 

Entonces, usted ha comprendido este sueño a la luz de las Escrituras…

En aquel momento, me he dado cuenta de que ahí había algo sorprendente y milagroso. Y, sobre todo, una visita, un encuentro, una unión tan profunda que no he podido olvidarla nunca. Al despertar, he sentido la profundidad de un tal amor que le he buscado enseguida, de aventura en aventura, sin encontrarle. He buscado el rostro de este amor que no encontraba en los hombres que, sin embargo, he amado, porque era el rostro de alguien totalmente Otro, este Dios que vence la muerte.

 

Así, estos sueños que encontramos en la Biblia no son relatos inventados; esto nos puede pasar a nosotros, a usted le ha pasado.

Le ha sucedido a mucha gente, sobre todo en ocasión de una conversión de una religión a otra, donde Dios se manifiesta de manera más fuerte. En mi sueño, verdaderamente me ha arrebatado el corazón. Ha abierto mi corazón como en una operación a corazón abierto. En un salmo Dios dice: No quiero sacrificios ni holocaustos. Lo que quiero es un corazón quebrantado. Un corazón quebrantado es un corazón abierto, dado. El Señor quería mi corazón, quiere nuestro corazón. Muchas personas me han escrito que también habían tenido sueños en los que el Señor se había manifestado, pero tenían miedo de ser tenidas por locas si lo contaban. Vivimos en un mundo materialista y utilitarista que quiere explicarlo todo por la razón. Fe y razón no son incompatibles, pero no todo se puede explicar. Hay que dejar espacio al misterio, al infinito de Dios. Sus pensamientos están lejos de los nuestros, «como el Oriente lo está del Occidente».

 

Dice que estos sueños son más frecuentes en el momento de una conversión…

Es como si Dios se sirviera de los grandes medios. Como si quisiera absolutamente seducir un alma. A lo largo de toda mi vida, su providencia ha precedido mi conversión, sobre todo con esa amiga que me ha hablado del Señor cuando era niña; después, muchos otros acontecimientos. Ese sueño me ha venido cuando estaba desorientada, perdida, errática, y el Señor ha tirado fuera ese juego. El profeta Jeremías dice: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir». Es justo eso. Habría que hablar del deseo, como san Agustín: «Que tu oración sea deseo, que tu deseo sea una oración». A menudo se olvida la dimensión de eros en la fe. Hay el ágape, es verdad, pero también el deseo, la sed de Dios, que no pertenece al orden del sentimentalismo, sino algo que se clava en el corazón y en las entrañas.

 

Pero esta sed de Dios, usted la tiene desde hace largo tiempo.

Cuando era muy pequeña, me decía a mí misma: «Vida, te amo con locura». Me dirigía alguien, todavía no sabía a quién, antes de que aquella niña me hablara de Jesús. ¡Que es el camino, la verdad y la vida!

 

Después ha tenido ese sueño, que, de alguna manera, ¿es la culminación de su búsqueda?

No, todavía no. El sueño ha sido un anuncio, una profecía y, sobre todo, una memoria viva en mi carne y en mi corazón, como una marca, un sello del Señor. Sí, en ese momento, ha atrapado mi vida.

 

Sophie de Villeneuve