Colaboraciones

 

Dios, fundamento último del Derecho

 

 

18 junio, 2019)| Javier Úbeda Ibáñez


 

 

“Aquello que no responde a la verdad y a la norma moral —enseña Pío XII—, no posee objetivamente ningún derecho a la existencia, ni a la propaganda, ni a la acción” (Discurso “Ci riesce”, 6-XII-1953). “Ninguna autoridad humana —continúa diciendo el Papa—, ningún Estado, ninguna Comunidad de Estados, cualquiera que sea su carácter religioso, puede dar un mandato positivo o una positiva autorización de enseñar o hacer lo que sea contrario a la verdad religiosa o al bien moral” (“Ibídem”).

   La propaganda ha acuñado expresiones ya tópicas: el católico, que considera el divorcio, el aborto, etc., como ilícitos, no debe practicarlos; pero no tiene derecho a imponer sus propias convicciones por medio de leyes a quienes no comparten sus creencias en esas materias; lo contrario sería una intolerancia fanática.

   Es fácil advertir que estamos ante cuestiones que afectan a la esencia misma del Derecho. La condición del hombre como criatura, nos hace descubrir que el fundamento último de toda ley es Dios y, en consecuencia, la ley natural, que es universal e inmutable. Por el contrario, con frecuencia se considera que el fundamento del Derecho es solo la autoridad del Estado, estableciéndose un positivismo jurídico, teórico o práctico, en el que la justicia e injusticia se definen intrínsecamente por la ley humana positiva. Pero, ¿de dónde toma esa ley humana su poder normativo? ¿De sí misma? Entonces toda orden sería justa, aunque la diese un tirano para oprimir a los demás. ¿Del consenso de la mayoría y de unos requisitos técnicos en la forma de ser aprobada y promulgada? Entonces una sociedad corrompida establecería la justicia de cualquier aberración grata a las pasiones de esa mayoría. Es decir, si se niega que Dios es el fundamento último del Derecho —o se pretende dictar leyes como si Dios no existiera— en perfecta lógica, habría que concluir con Karl Marx en que “el Derecho no es más que un aparato decorativo del poder” (K. Marx-F. Engels, “La ideología alemana”).

   Cuando la libertad humana se ha querido absolutizar, prescindiendo de su dependencia respecto a Dios, faltándole un fundamento trascendente, la libertad se ha tomado a sí misma como objeto: se ha convertido en una libertad vacía, libertad de la libertad, ley para sí misma, porque es libertad sin otra ley que no sea la explosión de los instintos o la tiranía de la razón absoluta, que viene a ser después el capricho del tirano. La libertad humana no es absoluta, sino relativa a una verdad y a un bien independientes de ella, y a los que ella debe dirigirse, aunque puede no hacerlo. Este límite de la libertad no es, en realidad, una cortapisa, sino condición de existencia y de perfección de la libertad misma. Por eso, el derecho —realmente existente— a actuar libremente según las propias convicciones, no es un derecho absoluto, por no ser absoluta la libertad.