Colaboraciones

 

Marxismo y cristianismo son incompatibles

 

 

19 junio, 2019)| Javier Úbeda Ibáñez


 

 

Históricamente, desde que por vez primera es mencionado el comunismo por el Magisterio pontificio, con Pío IX, hasta nuestros días, ha sido siempre condenado por la Iglesia.

   No solo por su ateísmo, sino por su negación de los derechos naturales de la persona humana y por su carácter destructor de la convivencia social (Cfr. Pío IX, enc. “Qui pluribus”).

   La Iglesia condena, no solo el ateísmo y una acción política negadora de los derechos más fundamentales de la persona, sino además, los mismos presupuestos y desarrollos filosóficos e ideológicos que determinan aquella acción, los principios del pensamiento marxista (Cfr. Pío IX, enc. “Quanta cura” y Pío IX, enc. “Quadragesimo anno”). No deja de insistir en que “en semejante doctrina es evidente que no queda ya lugar para la idea de Dios: no existe diferencia entre el espíritu y la materia, ni entre el cuerpo y el alma; ni sobrevive el alma a la muerte, ni por consiguiente puede haber esperanza alguna de otra vida” (Pío XI, enc. “Divini Redemptoris”).

   Pío XI, en su enc. “Divini Redemptoris”, afirma: “Procurad, Venerables Hermanos, que los fieles no se dejen engañar. El comunismo es intrínsecamente perverso; y no se puede admitir que colaboren con él, en ningún terreno, quienes desean salvar la civilización cristiana”.

   En 1965, Pablo VI afirmaba que “entre las diversas fuerzas prevalece, en el sector económico-social, como la más dañosa y más cargada de reclamo, el marxismo ateo que, con su mesianismo social, hace del progreso humano un mito, y funda toda esperanza sobre los bienes económicos y temporales; determina un ateísmo doctrinal y práctico; propugna y prepara la revolución violenta como único medio para la solución de los problemas” (Pablo VI, “Alocución”, 24-11-1965).

   Pablo VI reitera en 1966 y 1967 que “la Iglesia no se adhirió y no puede adherirse a los movimientos sociales, ideológicos y políticos, que, tomando su origen y su fuerza del marxismo han conservado los principios y los métodos negativos (…) El materialismo que de ahí se deriva expone al hombre a experiencias y tentaciones sumamente nocivas; apaga su auténtica espiritualidad y su esperanza trascendente. La lucha de clases, erigida en sistema, lesiona e impide la paz social; y desemboca a la abolición de la libertad, y después a la instauración de un sistema fuertemente autoritario y tendencialmente totalitario” (Pablo VI, “Alocución”, 22-5-1966; enc. “Populorum progressio”).

   En su carta apostólica “Octogesima adveniens”, Pablo VI sostiene que “el cristiano que quiere vivir su fe en una acción política concebida como servicio, tampoco puede adherirse sin contradicción a sistemas ideológicos que se oponen radicalmente, o en puntos sustanciales, a su fe y a su concepción del hombre: ni a la ideología marxista, a su materialismo ateo, a su dialéctica de la violencia y a la manera como ella entiende la libertad individual dentro de la colectividad, negando al mismo tiempo toda trascendencia al hombre y a su historia personal y colectiva; ni a la ideología liberal…”.

   Queda claro, pues, que la condenación del marxismo se sigue haciendo, no solo por motivos doctrinales o dogmáticos, sino también por motivos prácticos o morales: porque lesiona gravemente fundamentales derechos humanos, porque destruye la sociedad misma. Y así lo confirma quizá el hecho de que esa nueva reprobación del comunismo aparezca en documentos como “Gaudium et spes”, “Populorum progressio”, etc.

   Juan Pablo II afirma que el capitalismo no puede considerarse como el sistema ideal por el hecho de que haya fracasado el comunismo en el mundo, y lo considera tan ateo y materialista como el marxismo (Cfr. enc. “Centesimus annus”).      

   En la encíclica “Dominum et vivificantem”, el mismo Papa define al marxismo como forma de “resistencia al Espíritu Santo”.

   En una visita a México en enero de 1979, Juan Pablo II calificó el marxismo de “un error antropológico”.

   Benedicto XVI, en 2012, de camino a México y Cuba, señaló que “hoy estamos en una época en la que la ideología marxista (...) ya no responde a la realidad y si no es posible construir cierto tipo de sociedad, entonces se necesita encontrar nuevos modelos, de forma paciente y constructiva”.

   “El hombre necesita a Dios; de lo contrario, queda sin esperanza”. Este es el mensaje central de “Spe salvi”, la encíclica de Benedicto XVI en la que el Pontífice hace una dura crítica al ateísmo y al marxismo.

   El Papa Francisco critica el marxismo y la ideología de género en el prólogo a un libro, de Benedicto XVI, con título “Liberar la libertad. Fe y política en el tercer milenio” (Editorial Cantagalli). El Papa se centra en el contraste entre el marxismo y el cristianismo, que “no se da, ciertamente, en la atención preferencial del cristiano por los pobres”, sino en la pulsión totalitaria de la ideología marxista, y en “la negación de que el hombre es criatura de Dios, hecho amorosamente por Él a Su imagen y a quien el hombre anhela como la cierva a los manantiales (Sal. 41)”.

   La conclusión se impone por sí sola: marxismo y cristianismo siguen siendo incompatibles, en la doctrina y en la práctica; nadie puede ser a la vez cristiano y marxista. Y, en conciencia, un cristiano no puede profesar, defender, ni siquiera colaborar a la difusión de las doctrinas marxistas, ni en sus afirmaciones teóricas, ni en sus aplicaciones prácticas, científicas, culturales o políticas.