Colaboraciones

 

La libertad, poder de obrar el bien

 

 

20 junio, 2019)| Javier Úbeda Ibáñez


 

 

Todo el sentido de la libertad humana está, nos lo enseña Cristo, en cumplir por amor, aunque cueste, la voluntad del Padre. Eso es, realmente, lo único que vale la pena en este mundo. Ser libres es dejarnos llevar por el Señor.

   La libertad que nos gana Cristo consiste en el poder de obrar el bien para vivir en comunión con Dios; un poder que nuestra voluntad posee gracias al conocimiento de la verdad. Obrar libremente el mal, es decir, pecar, es por el contrario esclavitud, y huir de la luz de la verdad.

   La libertad tiene, pues, en el cristianismo un sentido preciso: es poder de obrar el bien; es capacidad, propia del hombre, que le permite moverse no ciegamente ni por instintos, sino por amor filial, bajo la luz de la fe, cumpliendo los designios de Dios, sin dejarse esclavizar por las criaturas, ni degradarse en acciones indignas de hijos.

   La libertad es poder de conocer y amar al Señor y de causar con dominio los actos por los cuales nos unimos a Él, como a Padre amantísimo: «La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección» («Gaudium et spes», n. 17).

   La libertad no es fruto de una insulsa indiferencia de la voluntad humana —una abobada falta de inclinación entre lo que le perfecciona o le destroza—, por el contrario, nace de la natural inclinación al bien absoluto, sembrada por Dios en la voluntad del hombre, y de la luz de su inteligencia que le capacita a conocer y valorar la verdad y el bien de las criaturas en su orden al Creador. Solo la culpa original, nuestra naturaleza caída, permite explicar que usemos tantas veces mal de la libertad y la frecuente inclinación que sentimos hacia el pecado.

   No es constitutivo del obrar bien la indiferencia de la voluntad, ni requiere ausencia de inclinación al bien ni excluye la necesidad moral con que el hombre ha de buscar su fin, como exigencia de su misma perfección. Lejos de cuanto parecen creer algunos, la libertad ni excluye la necesidad moral —sí, la física—, ni presupone indiferencia entre el bien y el mal. La libertad es tendencia al bien: aunque puede obrar el bien y el mal, no tiende igualmente a uno y a otro. El bien es la inclinación más activa y natural de la libertad; el mal una inclinación desordenada y fundamentalmente pasiva: propensión a dejarse llevar por un bien inadecuado, por no querer con la fuerza necesaria el bien conveniente.

   La libertad es, pues, energía para obrar el bien con señorío sobre los propios actos, a semejanza de Dios.

   Lo propio de la libertad es cumplir con dominio sobre los propios actos el plan de Dios, hasta la entrega total de sí, por la que el cristiano se identifica con Cristo.

   La libertad, conviene insistir, no es fruto de la indiferencia: un dominio para hacer cualquier cosa a nuestro arbitrio, sino dominio para cumplir la voluntad divina, para dejar que Dios realice entera su obra en nosotros.

   Mientras el pecado esclaviza la libertad, el empeño por obrar el bien —dentro de todas nuestras limitaciones y defectos— la hace crecer.

   “La libertad adquiere su auténtico sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el Amor infinito de Dios, que nos desata de todas las servidumbres” (Mons. J. Escrivá, “Amigos de Dios”, Madrid 1980).