Colaboraciones

 

El aborto, la mayor tragedia del siglo XX

 

 

Alejandro Navas viene estudiando el fenómeno social del aborto desde hace años. La lectura de su artículo “El callado suicidio de una civilización”, publicado en “Nuestro Tiempo” (marzo de 1999, pp. 100-114) y en Internet, ha hecho que despertara de inmediato mi interés por la publicación en este Portal de algunas de sus ideas y darlas, por tanto, a conocer. Las líneas que siguen recogen el fruto de su reflexión...

 

22 junio, 2119)| Javier Úbeda Ibáñez


 

 

Según estudios sobre el aborto en el mundo, todos los años se realizan en el mundo alrededor de 26 millones de abortos, lo que equivale a una media de 35 abortos por cada 1.000 mujeres. El aborto, por tanto, se cobra más víctimas al año que la Segunda Guerra Mundial en su conjunto.

   En general, los regímenes jurídicos de los países occidentales continúan postulando la protección del derecho a la vida como uno de los fundamentos del orden social, de modo que el aborto se sigue considerando un delito que tan solo se despenaliza en algunos supuestos restrictivos. Pero parece claro que en este caso la ley no es más que papel mojado.

   Si no todos los seres humanos son personas —pues el ser personal es una cualidad que se hace depender de la presencia actual de determinados requisitos (autoconciencia, pensamiento racional, autodeterminación, memoria…)—, los hombres que no cumplen esas condiciones pueden ser entregados al verdugo sin especiales miramientos y los no nacidos son el primer y evidente grupo de riesgo. Luego podrán venir otros: ancianos, enfermos… La eutanasia cierra así el círculo de muerte abierto por el aborto. El hombre occidental puede así “tranquilizar” su conciencia: ser campeón de los derechos humanos, de la dignidad humana y de la democracia es algo compatible, como se ve, con la liquidación masiva de los no aceptados por los vivos o los más fuertes.

   La manipulación del lenguaje —interrupción voluntaria del embarazo, regulación de la menstruación…— puede confundir a los más incautos o ignorantes, pero al final engaña a muy pocos.

   La industria de la muerte prospera con envidiables tasas de crecimiento, pero la alegría no es tal vez el rasgo más característico de la cultura corporativa de esa empresa.

   Se ha dado un paso más y se han presentado los logros abortistas como una auténtica conquista de la libertad, como un avance decisivo en el perfeccionamiento ético del ser humano, como un elemento esencial de los llamados derechos sociales. Late aquí una forma de entender la libertad característica de nuestra cultura moderna: libertad como emancipación, como liberación de todo tipo de tabúes, ataduras y prejuicios. En la práctica, libertad significa entonces ampliar al máximo el número de opciones, sin excluir ninguna. Tampoco el asesinato en el caso del aborto. Todo lo que se opone a mi voluntad o a mi capricho puede ser destruido. No hay nada que merezca un respeto incondicionado.

   De esta forma, el aborto ha quedado “normalizado”. Su presencia universal, su homologación ética y legal y la capacidad que tiene el hombre para acostumbrarse a lo más insólito, supuesto que se repite con la necesaria frecuencia, han hecho que pronto haya adquirido carta de plena ciudadanía en nuestra sociedad. Además, como nos indica la psicología, una conducta que se repite hasta llegar a ser habitual ya no necesita una particular justificación. El asesinato se ha convertido de esta forma en una rutina trivializada; es la banalidad del mal. Este mecanismo también se ha aplicado al aborto, que ha llegado a ser algo que apenas despierta nuestra atención. 

   El proceso de adaptación a la realidad llevado a cabo en los ámbitos jurídico y ético general llega ahora también al terreno más específico de la deontología profesional. Para estar a la altura de los tiempos, se dice, aquí hay que librarse del condicionamiento que significa el juramento hipocrático. Ese venerable texto es sin duda estimable y dice mucho (y bueno) del “ethos” de la medicina clásica, pero es un despropósito pretender que al cabo de más de dos mil años siga inspirando la práctica de nuestros médicos. Urge elaborar códigos deontológicos modernos que se hagan cargo de la situación actual.   

   Como ya advirtió en su momento el diputado socialista alemán Adolf Arndt, la legalización del aborto equivale a la capitulación del estado de derecho, que había consistido precisamente en el sometimiento voluntario del más fuerte al imperio de la ley.

   El seno materno, lugar acogedor y seguro por excelencia, se ha convertido así en una trampa mortal, en el punto negro de la carretera de la vida, situado además en su mismo comienzo, donde se registra la mayor mortalidad.

   No extraña que, una vez instaurado en el caso del aborto, este principio de solución se aplique igualmente a la eutanasia. Si consideramos que los ancianos y enfermos molestan y dan excesivo trabajo, y su atención entra en conflicto con otros intereses o preferencias de sus cuidadores, terminar con ellos es la manera más efectiva de resolver esa enojosa situación.

   La difusión masiva del aborto ha modificado con radicalidad las condiciones de ingreso del hombre en la sociedad. Nacer ya no es algo espontáneo, sino que se ha convertido en objeto de una expresa decisión adoptada por los vivos —por la madre en primer lugar, como es lógico, pero no solo por ella—. Las sociedades occidentales se parecen cada vez más a esos clubes selectos y exclusivos donde los nuevos socios ingresan por captación.

   La situación es tan inhumana y terrible, que justifica considerar la aceptación social del aborto como la mayor tragedia del siglo XX.