Colaboraciones

 

Consecuencias del divorcio sobre los hijos

 

 

24 junio, 2119)| Javier Úbeda Ibáñez


 

 

“El mismo Dios es autor del matrimonio” (const. “Gaudium et spes”, n. 48). La íntima comunidad de vida y amor conyugal entre hombre y mujer es sagrada, y está estructurada según leyes establecidas por el Creador, que no dependen del arbitrio humano.

   El matrimonio nace del consentimiento personal e irrevocable de los esposos (cfr. “Catecismo de la Iglesia Católica”, n. 1626). “El consentimiento matrimonial es el acto de la voluntad, por el cual el varón y la mujer se entregan y aceptan mutuamente en alianza irrevocable para constituir el matrimonio” (Código de Derecho Canónico, 1057 §2).

   “La institución familiar fundada sobre el matrimonio entre hombre y mujer —afirma Benedicto XVI— es la ayuda más grande que se puede ofrecer a los niños. Ellos quieren ser amados por una madre y un padre que se aman, y necesitan vivir, crecer y estar juntos con los dos padres, porque las figuras materna y paterna son complementarias en la educación de los hijos y en la construcción de sus personalidades y su identidad”. 

   Dice Benedicto XVI que “es importante entonces que se haga todo lo posible para hacerlos crecer en una familia unida y estable. Para tal fin, es necesario exhortar a los cónyuges a no perder nunca de vista las razones profundas y la sacramentalidad de su pacto conyugal y a reafirmarlo con la escucha de la Palabra de Dios, la oración, el diálogo constante y el perdón mutuo”.

   Resalta Benedicto XVI que “un ambiente familiar no sereno, la división de los padres y, en particular, la separación con el divorcio, tienen consecuencias sobre los niños, mientras que sostener a la familia y promover su verdadero bien, sus derechos, su unidad y estabilidad es siempre el mejor modo de tutelar los derechos y las auténticas exigencias de los menores”.

   Los hijos, recordemos, son una encomienda de Dios a nosotros los padres y es nuestro privilegio así como nuestro deber el formarlos y darles un hogar lleno de amor, confianza, seguridad para que se conviertan en adultos plenos. Es el hogar, la escuela por excelencia para formar y lograr seres humanos libres que puedan cumplir con el plan de Dios y esto, en principio, es el que sean felices.

   Cuando un matrimonio acaba en divorcio, sea por las razones que sean, los hijos comúnmente se convierten en el objeto de disputas y peleas. La crisis de la pareja conlleva a la desestabilización de la familia y afecta tanto a los adultos, a los hijos y a la sociedad en general como consecuencia.

   Sobre lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica sobre el divorcio: ir a nn. 2382-2386.

   Entre los problemas vinculados al divorcio, preocupa en particular la cuestión de los hijos, que son las primeras víctimas de las decisiones de sus padres, las más dignas de lástima porque son las más inocentes. Entre el hijo y el divorcio hay un antagonismo íntimo. Es verdad que se difunde ampliamente la idea de que la separación o el divorcio son la solución natural a las crisis matrimoniales, y algunos dicen que, en fin de cuentas, no es tan mala para los hijos. “Es mejor un buen divorcio —afirman— que un mal matrimonio”. Se dice que los hijos sufren menos en caso de separación neta que en un clima de enfrentamiento entre los padres.

   Por el contrario, muchos observadores, en los numerosos estudios que se han dedicado a este tema, subrayan que el divorcio desestabiliza a todos los miembros de la familia, altera en profundidad las relaciones entre los padres y el niño durante los años decisivos en los que se forma su personalidad, y le hace perder las referencias simbólicas que ofrece el ambiente familiar. La familia va perdiendo su estabilidad, su grandeza, el valor insustituible de su eficacia moral y educativa. El niño debe volver a ubicarse en nuevas relaciones familiares, y eso causa desconcierto e incluso sufrimientos. Para el hijo, el divorcio de los padres será el acontecimiento más importante y doloroso de los años de su crecimiento, el acontecimiento que lo afecta más profundamente. Las consecuencias del divorcio sobre el niño son profundas, numerosas y duraderas. Algunas solo se manifestarán a largo plazo.

   Así pues, no sorprende constatar que el divorcio provoca frecuentemente en los hijos fenómenos como el retraso escolar (la estructura familiar tiene una influencia significativa en los resultados educativos de los hijos), las tentaciones de delincuencia, el uso de droga, la inestabilidad personal, las dificultades para relacionarse, el miedo a los compromisos, los fracasos profesionales, la marginación, como demuestran los especialistas en estas materias. Las estadísticas ponen de manifiesto también que los hijos de padres divorciados tienen más dificultades que los demás para entrar en una relación conyugal estable y suelen divorciarse también ellos con más frecuencia. En efecto, la separación y, más aún, el divorcio provocan en los hijos daños notables y los marcan para toda la vida.

   “Ser hijo de padres separados condicionó mi manera de relacionarme con el mundo, la forma en el que se evalúan las relaciones y la manera en cómo se proyecta todo con fecha de vencimiento. Se vislumbra todo a corto plazo y desde la desconfianza. El matrimonio carece de sentido, y el compromiso afectivo es algo que no se está dispuesto a entregar fácilmente a cambio de nada… Mi visión del mundo es así, y difiere notablemente de mi grupo de amigos que no pasaron por esa experiencia”: este no es el relato de un adolescente, sino el de un hombre ya adulto, entrado en años. Como aquel superviviente del avión uruguayo estrellado en Los Andes —la anécdota la refiere el psicoterapeuta familiar José María Contreras—, que después de pasar varios problemas personales, admitió: “Todavía no he superado todas mis cordilleras; me falta por superar la separación de mis padres”.