Colaboraciones

 

Escuela pública

 

 

01 agosto, 2119)| Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

Durante más de un siglo dimos por supuesto que la expresión “escuela pública” se refiere a una escuela dirigida por el Estado de manera uniforme y burocrática, y con personal compuesto de funcionarios, casi todos ellos —desde hace unos decenios— afiliados a sindicatos, muy militantes, de empleados públicos. Hoy, sin embargo, empezamos a comprender que una escuela puede ser “pública” en cuanto está abierta a todos, se financia con dinero procedente de los impuestos y responde de sus resultados ante cierta autoridad pública debidamente constituida. No hace falta que la administre un pelotón de supervisores, ni que esté sometida a los miles de cláusulas de los convenios colectivos del sector, ni sus profesores tienen que recibir el salario del Estado. Por el contrario, puede estar dirigida por un comité de padres, un equipo de profesores, el club juvenil del barrio o incluso por una empresa. Esto supone nada menos que la redefinición de lo que se entiende por “escuela pública”.

      La educación estatal no es algo que interese solo al Estado; al contrario, interesa a todos los ciudadanos, que son quienes con sus impuestos la mantienen. Y es interés de todos el que la calidad de la enseñanza que imparta sea la mejor posible. La escuela estatal no es propiedad del Estado o de los partidos; debe estar al servicio de la familia y de la sociedad.

      La crisis de la enseñanza que viven algunos países occidentales, entre ellos España, radica principalmente en que los gobiernos están utilizando la enseñanza como una mercancía política y parece más importante la imagen del partido político que el hecho de que los alumnos mejoren sus conocimientos.

      Es necesario implantar la cultura del esfuerzo en España. Se tiende a rebajar el nivel de exigencia y eso incide claramente en la decadencia de la estructura educativa.

      La escuela pública debe mantener siempre un nivel alto de conocimiento. Pensamos que las autoridades están dejando que decaiga la calidad de la escuela pública, que es la que marca el nivel de un sistema educativo.

      La reforma de Tony Blair (primer ministro del Reino Unido entre 1997 y 2007) fue interesante porque demostró cómo dar la vuelta a un sistema que estaba perdiendo calidad y obteniendo unos resultados mediocres. Por eso, optó por impulsar la escuela pública permitiéndole adoptar los criterios privados.

      Asombra el convencimiento con que los manifestantes enarbolan sus pancartas. Aunque solo fuera por marketing, harían bien en modificar algunos de sus eslóganes. Quizá si se saliera a la calle pidiendo mejorar la educación pública en vez de defenderla sus reivindicaciones resultarían más creíbles.