Colaboraciones

 

Sentimentalismo vs. carácter

 

 

02 agosto, 2019)| Javier Úbeda Ibáñez


 

 

El carácter es como un buen bistec: sólido y sustancial. Los sentimientos son solo un aderezo. Es preciso mantenerlos en su lugar. Los sentimientos dependen de los estados anímicos, de las impresiones y de las sensaciones; el carácter, en cambio, se basa en principios y en una voluntad firme.

      Los niños suelen dejarse llevar por sus sentimientos y deseos del momento. No necesitan que nadie les diga: «Si te gusta, hazlo», pues les brota espontáneo. El sentimiento y la espontaneidad llevan la voz de mando.

      Una persona inmadura es como una hoja seca llevada por el viento, o una veleta que gira constantemente, sin una orientación fija. ¿Alguna vez han visto una hoja seca llevada por el viento? En un instante el viento la levanta y la lleva hasta una colina radiante de sol; pero un minuto más tarde, el viento la arranca de ahí y la deposita en un charco de aguas negras. La persona inmadura corre una suerte parecida, pues está a merced de sus impredecibles caprichos.

      En una persona madura, la razón y la voluntad gobiernan sobre los sentimientos y los estados de ánimo. Por eso es capaz de actuar en un determinado modo aunque los sentimientos sean contrarios. Esto no significa que el hombre deba rechazar las emociones o reprimir ciegamente los sentimientos. No se trata, pues, de elegir entre razón o sentimiento, sino de determinar quién ha de gobernar. No debemos ofuscar la razón, pero tampoco reprimir los sentimientos; hay que armonizarlos. Los principios han de situarse por encima de los sentimientos. Quien forma el hábito de dirigir sus emociones a la luz de la razón y de la voluntad, se libera de esa terrible esclavitud que consiste en vivir de impulsos, sentimientos o impresiones.

      Quizá esto pueda parecer una agresión contra la «espontaneidad». Nuestra generación suele valorar mucho la capacidad de adaptarse y de saber improvisar. «Hay que tomar las cosas como vienen, con flexibilidad...», se dice.

      Sin embargo, la espontaneidad no siempre es ventajosa. En una charla informal o en un momento de descanso, algo de espontaneidad no viene mal. Pero nadie recomendaría al cirujano que le va a operar que proceda con absoluta espontaneidad. Un cirujano que se deja llevar de ocurrencias y experimentos improvisados en medio de una operación a corazón abierto no inspira mucha confianza. En este y en otros muchos campos, preferimos la seriedad y la profesionalidad, en lugar de la «creatividad» o la espontaneidad. La clave es saber cómo actuar en cada circunstancia, y esto exige dominio personal.

      Una persona madura es auténtica, es decir, lleva las riendas de su vida. Hay dos modos de entender la «autenticidad». Algunos la consideran como la expresión desinhibida de los propios impulsos instintivos, al margen de toda restricción. Esta visión vitalista de la autenticidad se queda muy corta y no hace justicia al hombre, pues lo reduce a la condición de un animal.

       El otro modo de entender la autenticidad tiene en cuenta la naturaleza espiritual del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Según esta visión integral del hombre, la conciencia interviene para examinar las tendencias, los impulsos instintivos y las aspiraciones, aprobándolos o desaprobándolos. La autenticidad así considerada no es la expresión espontánea de nuestros impulsos, sino un ideal por conquistar. Es un esfuerzo por vivir de acuerdo con la verdad de nuestro ser y con el significado auténtico de la vida humana.