Colaboraciones

 

Pecado de omisión y pecado de sacrilegio

 

 

03 septiembre, 2019)| Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

El pecado es un «acto, palabra o deseo contrario a la ley eterna» (San Agustín, Contra Faustum manichoeum, 22, 27: PL 42, 418. Cfr. Catecismo, 1849). Es una ofensa a Dios, que lesiona la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana.

Esto significa que el pecado es un acto humano, puesto que requiere el concurso de la libertad, y se expresa en actos externos, palabras o actos internos. Además, este acto humano es malo, es decir, se opone a la ley eterna de Dios, que es la primera y suprema regla moral, fundamento de las demás. De modo más general, se puede decir que el pecado es cualquier acto humano opuesto a la norma moral, esto es, a la recta razón iluminada por la fe.

El pecado personal se comete, mientras que el pecado original se contrae.

Todo pecado comporta la realización de un acto voluntario desordenado.

 

Pecado de omisión (el acto voluntario se traduce en el omitir algo debido). Todos los días pedimos al Señor en la Misa que perdone nuestros pecados de «pensamiento, palabra, obra u omisión». Estos pecados de omisión pueden ser muy graves: vivir habitualmente desvinculado de la santa Misa, ignorar más o menos conscientemente la situación de un familiar que necesita una ayuda con urgencia, no prestar suficiente atención de amor al cónyuge, centrándose durante los tiempos libres en alguna de las tantísimas aficiones que pueden cautivar a la persona; etc. Muchas veces los pecados de omisión van unidos a pecados de obra. En todo caso, al ser omisiones, con frecuencia no son advertidos por la conciencia, que capta con más facilidad los pecados de obra positiva.

El pecado es un acto personal. Sin embargo, nosotros tenemos una responsabilidad en los pecados cometidos por otros cuando cooperamos a ellos: participando directa y voluntariamente; ordenándolos, aconsejándolos, halagándolos o aprobándolos; no revelándolos no impidiéndolos cuando se tiene obligación de hacerlo, es decir, dejar de hacer lo que tenemos que hacer; o bien, protegiendo a los que hacen el mal.

El pecado de omisión es uno de los grandes pecados a combatir. Resulta muy costosa para una sociedad la falta de formación en sus integrantes. Como sociedad debemos de entender que la pérdida de tiempo y la ignorancia son lujos que no nos podemos permitir. El precio que se paga por esto es muy alto. No somos seres individuales individualistas. Somos seres individuales, interdependientes, pertenecientes a un todo. Debemos de ser conscientes que cada una de nuestras decisiones, o la falta de las mismas afectan a los demás y que todo lo que ocurre en el mundo, si bien no somos responsables directos, sí somos corresponsables, por lo cual no debemos permitir que la gente se esté muriendo de hambre, que existan las guerras, los maltratos a la naturaleza, asesinatos, robos, abortos, etc.

Cristo señala y reprueba en varias ocasiones pecados que son de omisión. Condena la higuera infructuosa (Mc 11, 12-14; 20-21). Las vírgenes imprudentes de la parábola no se ven privadas del banquete por pecado de comisión, sino de omisión (Mt 25, 11-13). Igualmente es castigado el siervo que no empleó debidamente su talento (Mt 25, 27-29). En el Juicio final el Señor castiga por los muchos bienes que, pudiendo hacerlos, no fueron hechos (Mt 25, 41-46). El rico de la parábola es condenado no por haber causado algún mal al pobre Lázaro, sino por haberlo ignorado, teniéndolo en la misma puerta de su casa, sin prestarle nunca ayuda (Lc 16, 19-3l). La omisión de aquellas buenas obras debidas en justicia o en caridad, que son posibles, ciertamente constituyen un pecado, un pecado de omisión.

 

El punto o n. 2120 del Catecismo dice que «el sacrilegio consiste en profanar o tratar indignamente los sacramentos y las otras acciones litúrgicas, así como las personas, las cosas y los lugares consagrados a Dios. El sacrilegio es un pecado grave sobre todo cuando es cometido contra la Eucaristía, pues en este sacramento el Cuerpo de Cristo se nos hace presente substancialmente (Cfr. CIC cán. 1367-1376)».

El sacrilegio se entiende generalmente como la profanación o trato injurioso de un objeto o persona sagrada.

Hay tres tipos de sacrilegios: contra las personas, lugares o cosas sagradas.

Sacrilegio contra una persona sagrada: significa comportarse de una manera tan irreverente con una persona sagrada que, ya sea por el daño físico infligido o por la deshonra acarreada, viola el honor de dicha persona.

Sacrilegio local:

. Violación de un lugar sagrado: iglesia, cementerio, oratorio privado.

. Esa violación puede ser por robo, comisión de un delito dentro de un lugar sagrado, usar una iglesia como establo o mercado, o como sala de banquetes, o como corte judicial para dirimir en ellas cuestiones meramente seculares.

Sacrilegio real:

. El sacrilegio real es la injuria hacia cualquier objeto sagrado que no sea un lugar ni una persona.

. Este tipo de sacrilegio puede cometerse, en primer lugar, administrando o recibiendo la Eucaristía en estado de pecado mortal, y también cuando se hace escarnio consciente y notorio hacia la Sagrada Eucaristía. Se considera el peor de los sacrilegios. Y en general cuando se recibe un sacramento de vivos en pecado mortal (confirmación, eucaristía, orden sacerdotal y matrimonio).

. Asimismo se considera sacrilegio real la vejación de imágenes sagradas o reliquias, el uso de las Sagradas Escrituras y objetos litúrgicos para fines no sacramentales, y también la apropiación indebida o el desvío para otros fines de bienes y propiedades (muebles o inmuebles) destinados a servir a la manutención del clero o al ornamento de la iglesia.

. A veces se puede incurrir en sacrilegio al omitir algún elemento necesario para la adecuada administración de los sacramentos o la celebración de la Eucaristía.

El sacrilegio más grave y frecuente que se comete hoy día es el recibir la Sagrada Eucaristía en pecado mortal. Hay muchas personas que reciben a Jesús Sacramentado en la Misa; pero en cambio hay muy pocas personas que se confiesan. Y no olvidemos lo que dijo San Pablo: «El que come indignamente el Cuerpo de Jesucristo come su propia condenación» (1 Cor 11, 29).

El sacrilegio se perdona solo con la confesión. El sacrilegio es un pecado muy grave.