Colaboraciones

 

El pecado

 

 

03 septiembre, 2019)| Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

San Agustín describe el pecado como «el amor de sí que llega hasta el desprecio de Dios» (San Agustín, De civitate Dei, 14, 28). «Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación (cfr. Flp 2, 6-9)» (Catecismo, 1850).

«Aunque nuestros pecados fueran negros como la noche, la misericordia divina es más fuerte que nuestra miseria. Solo hace falta una cosa: que el pecador abra al menos un poco la puerta de su corazón… el resto lo hará Dios…», dijo el Papa san Juan Pablo II, citando a santa Faustina Kowalska, en audiencia general de noviembre de 1986.

«Lo contrario del pecador es —en palabras del citado Pontífice—, en la Sagrada Escritura, el hombre justo. El pecado, pues, es, en el sentido más amplio de la palabra, la injusticia».

Al enfrentamiento contra Dios que es el pecado, san Juan Pablo II le dio un nombre, sacado de la escritura: «El diablo, el calumniador, Satanás». Según el Papa, «el bien tiene su principio en Dios», mientras que el mal y el pecado son «la negación de aquel bien supremo que es Dios; una negación que supone la ruptura con la verdad y es la fuerza destructiva del odio. Y por eso se le llama al diablo el padre de la mentira» (Sínodo de los Obispos, 1983).

 

Pecado mortal y pecado venial

Los pecados se pueden dividir en mortales o graves y veniales o leves (cfr. Jn 5, 16-17), según que el hombre pierda totalmente la gracia de Dios o no.

San Juan Pablo II, en la exhortación apostólica Reconciliatio et pænitentia expone los fundamentos bíblicos y doctrinales de la distinción real entre pecados mortales, que llevan a la muerte (1 Jn 5, 16; Rm 1, 32), pues quienes persisten en ellos no poseerán el reino de Dios (1Cor 6, 10; Gal 5, 21), y pecados veniales, leves o cotidianos (Sant 3, 2), que ofenden a Dios, pero que no cortan la relación de amistad con Él. Esta es, en efecto, la doctrina tradicional, que Santo Tomás enseña (STh I-II, 72, 5), como también el concilio de Trento (Dz 1573, 1575, 1577).

El pecado mortal es una ofensa a Dios tan terrible, y trae consigo unas consecuencias tan espantosas, que no puede producirse sin que se den estas tres condiciones: materia grave, o al menos apreciada subjetivamente como tal; plena advertencia, es decir, conocimiento suficiente de la malicia del acto; y pleno consentimiento de la voluntad. Un solo acto, si reúne tales condiciones, puede verdaderamente separar de Dios, es decir, puede causar la muerte del alma. En este sentido, dice san Juan Pablo II, se debe «evitar reducir el pecado mortal a un acto de “opción fundamental” contra Dios —como hoy se suele decir—, entendiendo con ello un desprecio explícito y formal de Dios o del prójimo» (Reconciliatio et pænitentia, n. 17).

El pecado mortal se refiere a elegir deliberadamente el mal, es decir, sabiendo y queriendo una cosa gravemente contraria a la ley divina y al fin último del hombre. Este sí destruye en nosotros la caridad sin la cual la bienaventuranza eterna es imposible. Sin arrepentimiento, tal pecado conduce a la muerte eterna.

La maldad del pecado mortal consiste en que rechaza un gran don de Dios, una gracia que era necesaria para la vida sobrenatural. Mata, por tanto, esta; separa al hombre de Dios, de su amistad vivificante; desvía gravemente al hombre de su fin verdadero, Dios, orientándolo hacia bienes creados. En este último sentido ha de entenderse la expresión «actos desordenados», que hoy —desafortunadamente— vienen a ser un eufemismo frecuente para evitar la palabra «pecado».

El pecado mortal se perdona solo con la confesión.

El pecado venial rechaza un don menor de Dios, algo no imprescindible para mantenerse en vida sobrenatural. No produce la muerte del alma, sino enfermedad y debilitamiento; no separa al hombre de Dios completamente; no excluye de su gracia y amistad (Trento 1551, Errores Bayo 1567: Dz 1680, 1920); no desvía al hombre totalmente de su fin, sino que implica un culpable desvío en el camino hacia él. Un pecado puede ser venial (de venia, perdón, venial, perdonable) por la misma levedad de la materia, o bien por la imperfección del acto, cuando la advertencia o la deliberación no fueron perfectos.

Entendemos por pecado venial el desorden moral que puede ser reparado por la caridad que tal pecado deja subsistir en nosotros. Este debilita la caridad; impide el progreso del alma en el ejercicio de las virtudes y la práctica del bien moral. Si permanece en nosotros sin arrepentimiento alguno, nos lleva poco a poco a cometer el pecado mortal. Sin embargo, no rompe la Alianza con Dios y es reparado mediante su Gracia.

No siempre el pecado venial es sinónimo de pecado leve, apenas culpable, sin mayor importancia. Conviene saber esto y recordarlo. Así como la enfermedad admite una amplia gama de diversas gravedades, teniendo al límite la muerte, de modo semejante el pecado venial puede ser leve o grave, casi mortal. Imaginen este diálogo: —¿Esa enfermedad es mortal? —No, gracias a Dios. —Bueno, entonces es leve. —No, es bastante o muy grave, y si no se sana a tiempo, puede llegar a ser una enfermedad mortal.

San Juan Pablo II, en el lugar citado, recuerda que «el pecado grave se identifica prácticamente, en la doctrina y en la acción pastoral de la Iglesia, con el pecado mortal». Sin embargo, ya se comprende que también el pecado venial puede tener modalidades realmente graves. Cayetano usa la calificación de «gravia peccata venialia», y Francisco de Vitoria, con otros, usa expresiones equivalentes (M. Sánchez, Sobre la división del pecado, «Studium» 1974, 120-123). Pero, como es lógico, son particularmente los santos, quienes más aman a Dios, los que más insisten en la posible gravedad de ciertos pecados veniales.

Así Santa Teresa: «Pecado por chico que sea, que se entiende muy de advertencia que se hace, Dios nos libre de él. Yo no sé cómo tenemos tanto atrevimiento como es ir contra un tan gran Señor, aunque sea en muy poca cosa, cuanto más que no hay poco siendo contra una tan gran Majestad, viendo que nos está mirando. Que esto me parece a mí que es pecado sobrepensado, como quien dijera: “Señor, aunque os pese, haré esto; que ya veo que lo veis y sé que no lo queréis y lo entiendo, pero quiero yo más seguir mi antojo que vuestra voluntad”. Y que en cosa de esta suerte hay poco, a mí no me lo parece, sino mucho y muy mucho» (Camino Perf. 71, 3). La reincidencia desvergonzada agrava aún más la culpa: «que si ponemos un arbolillo y cada día le regamos, se hará tan grande que para arrancarle después es menester pala y azadón; así me parece es hacer cada día una falta —por pequeña que sea— si no nos enmendamos de ella» (Medit. Cantares 2, 20).

El Catecismo de la Iglesia Católica ratifica la declaración del Concilio de Trento, que recomendó la confesión de los pecados veniales.  Y nos recuerda que hasta el Código de derecho canónico recomienda la confesión de los veniales (CDC, 988 § 2).

«Sin ser estrictamente necesaria, la confesión de los pecados veniales, sin embargo, se recomienda vivamente por la Iglesia. En efecto, la confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu. Cuando se recibe con frecuencia, mediante este sacramento, el don de la misericordia del Padre, el creyente se ve impulsado a ser él también misericordioso (cfr. Lc 6, 36)» (CIC, 1458).

El principal medio de perdón de los pecados veniales es la Sagrada Comunión, la cual debe ir precedida de un acto de arrepentimiento sincero y cierto.  Esto se hace en la Santa Misa en la Liturgia Penitencial con que comienza toda Misa, que es el momento para recordar los pecados cometidos y arrepentirnos de ellos.

«Cuando los pecados veniales son perdonados en la Confesión, la pena temporal que ellos conllevan queda remitida en mayor grado a cuando esos pecados son perdonados fuera del Sacramento, aunque los sentimientos de arrepentimiento fuesen los mismos» (traducción libre de Frequent Confession, Dom Benedict Baur, osb 1922; traducción al inglés, Patrick Barry, sj, 1959).

A todo pecado, sea mortal o venial, hay que dar mucha importancia. El dolor por la culpa ha de ser siempre máximo, y en este sentido no tiene mayor interés llegar a saber si tal pecado fue mortal o venial, venial leve o grave. Por lo demás, insistimos en que un pecado, aunque no sea mortal, puede ser muy grave. En pecados, por ejemplo, contra la caridad al prójimo, desde una antipatía apenas consentida, pasando por murmuraciones y juicios temerarios, hasta llegar al insulto, a la calumnia o al homicidio, hay una escala muy amplia, en la que no se puede señalar fácilmente cuándo un pecado deja de ser venial para hacerse mortal.

La gravedad o levedad de un pecado concreto ha de ser juzgada según el pensamiento de la fe, esto es, a la luz de la Sagrada Escritura y de la enseñanza de la Iglesia; y no según el temperamento personal o el ambiente en que se vive. De otro modo, los errores en la evaluación pueden ser enormes.

No conviene cavilar en exceso tratando de evaluar exactamente la gravedad de un pecado. Lo que hay que hacer es arrepentirse de él con todo el corazón. Y aunque el pecado fuere pequeño, sea muy grande el arrepentimiento.

El campo católico de trigo no está hoy libre de la cizaña luterana. Cuando un cristiano deja de ir a Misa, cuando la comunión frecuente no va acompañada de la confesión frecuente, cuando la absolución sacramental se imparte y se recibe sin esperanza real de conversión, como una imputación extrínseca de justicia, cuando tantos creyentes viven tranquilamente en el pecado mortal habitual —adulterio o lo que sea—, confiados a la misericordia de Dios, que es tan bueno, ¿no estamos con Lutero ante una vivencia fiducial de la fe? ¿No se da, aunque sea calladamente, una instalación pacífica en el simul peccator et iustus?

 

Otras divisiones de los pecados

Se puede distinguir entre el pecado actual, que es el mismo acto de pecar, y el habitual, que es la mancha dejada en el alma por el pecado actual, reato de pena y de culpa y, en el pecado mortal, privación de la gracia.

El pecado personal se distingue a su vez del original, con el que todos nacemos y que hemos contraído por la desobediencia de Adán. El pecado original inhiere en cada uno, aunque no haya sido cometido personalmente.

Los pecados externos son los que se cometen con una acción que puede ser observada desde el exterior (homicidio, robo, difamación, etc.). Los pecados internos, en cambio, permanecen en el interior del hombre, esto es, en su voluntad, sin manifestarse en actos externos (ira, envidia, avaricia no exteriorizadas, etc.).

Se habla de pecados carnales o espirituales según se tienda desordenadamente a un bien sensible (o a una realidad que se presenta bajo la apariencia de bien; por ejemplo, la lujuria) o espiritual (la soberbia).

Pecados de comisión y de omisión: todo pecado comporta la realización de un acto voluntario desordenado. Si este se traduce en una acción, se denomina pecado de comisión; si por el contrario, el acto voluntario se traduce en el omitir algo debido, se llama de omisión.

Llamamos capitales a los pecados personales que especialmente inducen a otros, pues son la cabeza de los demás pecados. Son la soberbia —principio de todo pecado ex parte aversionis (cfr. Sir 10, 12-13)—, avaricia —principio ex parte conversionis—, lujuria, ira, gula, envidia y pereza (cfr. Catecismo, 1866).

 

El pecado y su gravedad en el Catecismo de la Iglesia Católica

Sobre el pecado y su gravedad en el Catecismo de la Iglesia Católica, ir a los números 386-421; 1030-1032; 1463; 1472-1473; 1846-1876.

«Ciertos pecados particularmente graves —nos dice el citado n. 1463 del Catecismo— están sancionados con la excomunión, la pena eclesiástica más severa, que impide la recepción de los sacramentos y el ejercicio de ciertos actos eclesiásticos (cfr. CIC can 1331; CCEO can 1420), y cuya absolución, por consiguiente, solo puede ser concedida, según el derecho de la Iglesia, por el Papa, por el obispo del lugar, o por sacerdotes autorizados por ellos (cfr. CIC can 1354-1357; CCEO can. 1420). En caso de peligro de muerte, todo sacerdote, aun el que carece de la facultad de oír confesiones, puede absolver de cualquier pecado y de toda excomunión» (cfr. CIC can 976; para la absolución de los pecados, CCEO can. 725).