Colaboraciones

 

Madurez

 

 

05 septiembre, 2019)| Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

El hombre es como un cubo de Rubik, ese «cubo mágico» que estuvo de moda hace algunos años: ningún cuadro puede estar fuera de lugar.

   Todas las partes del hombre se encuentran interrelacionadas; se requiere la armonía entre ellas para que el hombre realice su potencial. Esta autorectificación suele llamarse comúnmente «madurez». A diferencia de los demás valores, que perfeccionan y complementan a la persona, la madurez sintetiza e integra los valores humanos en un todo orgánico.


   A todos nos gusta que nos consideren maduros. Uno de los insultos más humillantes para un muchacho de quince años es que se le tache de «inmaduro».


   La madurez es un valor universal, algo que todos desean por la imagen que expresa: «Soy maduro, soy independiente, sé pensar por mí mismo». Sin embargo, una cosa es que a uno lo consideren maduro y otra muy distinta es que en verdad lo sea. Damos así una vez más con la afirmación de que libertad no solo no existe sin la responsabilidad sino que depende de ella.


   Por lo general, la gente asocia la madurez con la edad (a mayor edad, mayor madurez). Sin embargo, la edad no es el factor determinante. Hay octogenarios irresponsables, como hay muchachos maduros de catorce años.


   La cultura popular suele atribuir a la madurez elementos que no corresponden a su verdadera naturaleza. Hay tres mitos, en especial, entrelazados con las nociones modernas de madurez: 1) invulnerabilidad, 2) infalibilidad, 3) inflexibilidad.


   En primer lugar, la madurez no es invulnerabilidad. Nuestra sociedad presenta a veces la madurez como si fuese una cierta inmunidad de toda tentación o maldad, como si lo bueno y lo malo fuesen cosas de niños. Los adultos suelen creer que ya están «más allá del bien y del mal» (para usar una expresión de Nietzsche). La verdad, por supuesto, es todo lo contrario. Un adulto es maduro precisamente porque no necesita que nadie le diga que debe obrar el bien y evitar el mal. Actúa según sus convicciones personales y su recta conciencia.


   Una persona madura reconoce sus debilidades. Evita las ocasiones que pueden conducirlo al mal y busca las oportunidades para hacer el bien.


   El segundo error es el de concebir la madurez como infalibilidad. Madurez no significa posesión de todas las respuestas. Nada más lejos de la realidad. Sócrates afirmó que el hombre sabio es aquel que reconoce su propia ignorancia. Mientras más madura es una persona, reconoce con mayor humildad sus límites. «La humildad, como decía santa Teresa de Ávila, es la verdad». Ni más ni menos. Y la verdad es que todos podemos equivocarnos. La persona madura reconoce sus debilidades y no se precipita en sus juicios. Pondera, estudia, consulta y decide con prudencia.


   El tercer error consiste en asociar la madurez con la inflexibilidad. Algunos, equivocadamente, creen que la madurez consiste en una seriedad impasible y en una perpetua rigidez, como si el reír, el gozar de las cosas sencillas y el saber relativizar los problemas fuesen signos de inmadurez. Lo hermoso de la madurez es su armonía. Reír, conversar, apreciar a los demás, admirar las maravillas de la naturaleza..., son cualidades humanas bellísimas y forman parte de la madurez.


   La persona verdaderamente madura sabe cuándo es tiempo de ponerse serio y cuándo de tomar las cosas con tranquilidad; no lleva su vida con superficialidad sino guiada por principios claros.


   Madurez significa tener la capacidad para discernir entre un tiempo y otro, y para saber lo que conviene en cada ocasión.


   El concepto «maduro» tiene diversos matices de significado.


   En el sentido más amplio, «madurez» significa cumplimiento o perfección de nuestra naturaleza, el punto más alto de un proceso de crecimiento y desarrollo. Se trata de un proceso unidireccional, progresivo, no de un simple «cambio».


   De aquí la expresión «en la plenitud de la vida»; la plenitud es el punto culmen del desarrollo físico de una persona.


   Pero a diferencia de las manzanas y de los osos pardos, el hombre tiene también una naturaleza espiritual, y aquí adquiere la madurez su dimensión propiamente humana, del todo única. En las cosas meramente materiales, la madurez es un fenómeno estrictamente físico; la madurez humana, en cambio, es física, emocional, psicológica y espiritual.


   Para el que es maduro no importa quién le esté mirando, ni qué están haciendo o dejando de hacer sus amigos, ni qué dirán los demás. Él lleva las riendas de su vida, siguiendo los principios y las convicciones que él mismo, libremente, ha hecho suyos.


   La madurez humana, en su sentido pleno, consiste en la armonía de la persona. Más que una cualidad aislada, es un estado que consiste en la integración de muchas y muy diversas cualidades; es un compendio de valores más que un solo valor. Podemos comparar la madurez con una obra de arte, con un cuadro de Rembrandt o de Velázquez. Los colores se combinan perfectamente. Todo está en su punto, las líneas, las figuras y las formas, la proporción y la perspectiva. Cada pincelada tiene su valor y cada color resulta indispensable para completar y perfeccionar la obra.


   Lo mismo sucede con la madurez. Es armonía y proporción, es combinación e integración de cualidades humanas muy diversas en un conjunto orgánico: voluntad, intelecto, emociones, memoria e imaginación; todas las facultades de una persona humana. Pero no basta que estén presentes todos estos elementos; tiene que haber un orden y una armonía entre ellos. Sobre la paleta del artista descansan todos los colores, pero no por eso forman una obra de arte.


   Esta armonía se traduce en la correspondencia perfecta entre lo que uno es y lo que uno profesa ser, y su expresión más convincente es la fidelidad a los propios compromisos. En una persona madura no hay lugar ni para la hipocresía ni para la insinceridad.


   Así como una manzana madura es «más manzana», así una persona es más humana cuando alcanza la madurez. Pero a diferencia de lo que ocurre con las manzanas y las demás creaturas, el hombre es capaz de reflexionar sobre su naturaleza y de escoger libremente entre vivir o no de acuerdo con lo que debería ser como persona humana. De este modo, la madurez consiste en la conformidad entre el modo como vivimos y nuestra verdadera naturaleza.


   Entre otras cosas, esto implica aceptar el propio estado de vida y actuar con coherencia.


   Madurez significa aceptar las alegrías y las dificultades que conllevan las propias decisiones. Las personas maduras son capaces de comprometerse sin temor, porque son dueñas de sí mismas y no esclavas de las mudables circunstancias.