Colaboraciones

 

Humildad

 

“La humildad es la virtud de los santos y de las personas llenas de Dios […]: cuanto más crecen en importancia, más aumenta en ellas la conciencia de su nulidad y de no poder hacer nada sin la gracia de Dios (Cfr. Jn 15,8)

Papa Francisco (Discurso a la Curia Romana, 21-XII-2015)

 

 

19 septiembre, 2019)| Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

Como dice San Pablo: “Él se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz”.

La humildad de Dios tiene el propósito de mostrarnos una forma enteramente nueva de vivir. El imitar a Jesús en su humildad, es la manera en la que descubrimos nuestra verdadera humanidad.

La humildad significa saber que necesitamos a Dios, que dependemos de Él para todo. La humildad significa saber que con Dios todas las cosas son posibles y que todo lo podemos llevar a cabo gracias a la fuerza que Él nos da.

La humildad es una virtud derivada de la templanza por la que el hombre tiene facilidad para moderar el apetito desordenado de la propia excelencia, porque recibe luces para entender su pequeñez y su miseria, principalmente con relación a Dios. Por eso para santa Teresa “la humildad es andar en verdad; que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende anda en mentira”.

“La humildad no es otra cosa que andar en verdad, caminar según la realidad auténtica y objetiva. Por ello, no se trata de menospreciar o negar el valor de la persona humana como tampoco exaltarlo de manera ilusoria, falseando o distorsionando su dignidad. En este sentido, la soberbia y la vanidad se oponen a esta virtud. Se trata de reconocer y aceptar la condición humana con todo lo que lleva de fragilidad y grandeza, de miseria y dignidad, como misterio insondable cuya verdad nos trasciende” (Camino hacia Dios, n. 49).

La humildad es la virtud que, por medio del conocimiento exacto de nosotros mismos, nos inclina a estimarnos justamente en lo que valemos, y a procurar para nosotros la obscuridad y el menosprecio.

Los fundamentos de la humildad son la verdad y la justicia. La gloria de todo lo bueno que tiene el hombre, pertenece a Dios. Así dice San Bernardo: “Con un conocimiento verdaderísimo de sí el hombre se desprecia a sí mismo”.

La humildad se funda en la verdad y en la justicia. La verdad por la que nos conocemos como somos; la justicia, que nos inclina a tratarnos según ese conocimiento.

Sin humildad no habría virtudes sólidas. Con ella, todas las virtudes arraigan y se hacen perfectas.

La humildad es la virtud que nos ayuda a conocer, simultáneamente, nuestra miseria y nuestra grandeza. La humildad es la base y fundamento de todas las virtudes, y sin ella no hay ninguna que lo sea, como decía también Cervantes.

“Sin humildad no puede haber humanidad” (Sir John Buchan).

Esta es la clave de la humildad: hacer y desaparecer; servir a los demás con alegría; así hasta que nuestras flaquezas se convierten en fortaleza.

San Agustín dice: “¿Quieres ser grande? Comienza por ser pequeño. ¿Quieres levantar un edificio que llegue hasta el cielo? Piensa primeramente en poner de fundamento la humildad”.

Aprender de todos y manifestar que estamos aprendiendo. Confesar que aquello no lo habíamos entendido hasta hoy. Aceptar nuestra limitación no nos humilla sino que nos ennoblece. Pocas veces se está dispuesto a querer aparecer como ignorante en una materia y es propio de almas inmaduras querer dar la impresión de que se lo saben todo, y de que aquello ellos ya lo sabían. Y con ello, la sencillez: “Llaneza, muchacho, que toda afectación es mala”, dice don Quijote a Sancho. Sencillez en el hablar, sencillez en el escribir, naturalidad en el trato, como en familia, como entre hermanos educados y amantes.

Pero la humildad va más allá de las palabras. No consiste ciertamente en hacer profesión de nuestra inutilidad, quedándonos por dentro la conciencia engañada por un deseo de no vernos tal y como realmente somos. Humildad ante Dios es un reconocimiento de la realidad de nuestro ser, de nuestra vida y de nuestros actos. Pero le cuesta a la naturaleza aceptarse tal cual es ansiosa, como está, de ser más de lo que se es.

Una persona humilde es la que desvía de sí misma sus intereses egoístas y los canaliza hacia los demás: la familia, los hijos, el cónyuge, los amigos, los necesitados, la empresa.

Una persona humilde es capaz de salir de sí mismo e ir al encuentro de los demás. No se siente el centro de todo. Sabe prestar atención y ponerse en el lugar del otro.

La humildad es la base de la empatía, indispensable para cualquier tipo de relación humana estable, sea en el noviazgo, en el matrimonio, en la familia, en el trabajo, en un equipo, en todo.

La familia cristiana es una auténtica escuela de virtudes y de humildad, cada miembro de la familia es muy importante y es para los otros un aliento de vida cristiana y de esfuerzo cotidiano por vivir la humildad.

Una persona que no es humilde se irrita con facilidad, se considera el centro de la conversación, busca que los demás lo atiendan, lo escuchen y satisfagan sus necesidades; no logra entender por qué los demás son así... solo está esperando que los demás entiendan por qué él es así...

Somos humildes cuando somos realistas, es decir, cuando nos vemos con objetividad y realismo.

“Cuanto más se abaja el corazón por la humildad, más se levanta hacia la perfección” (San Agustín, Sermón sobre la humildad y el temor de Dios).

“Solamente quien acepta los propios límites intelectuales y morales y se reconoce necesitado de salvación puede abrirse a la fe, y en la fe encontrar en Cristo a su Redentor” (San Juan Pablo II, Hom. 21-I-1980).

“La humildad dispone para acercarse libremente a los bienes espirituales y divinos” (Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 161, a. 5).

“Solo a pasos de humildad se sube a lo alto de los cielos” (San Agustín, Sermón sobre la humildad y el temor de Dios).

“La humildad no debe estar tanto en las palabras como en la mente; debemos estar convencidos en nuestro interior de que somos nada y que nada valemos” (San Jerónimo, Coment. sobre la Epíst. a los Efesios, 4).

“La humildad es una antorcha que presenta a la luz del día nuestras imperfecciones; no consiste, pues, en palabras ni en obras, sino en el conocimiento de sí mismo, gracias al cual descubrimos en nuestro ser un cúmulo de defectos que el orgullo nos ocultaba hasta el presente” (Santo cura de Ars, “Sermón sobre el orgullo”).

(La humildad) “tiene su norma en el conocimiento, haciendo que nadie se juzgue superior a lo que realmente es” (Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 161, a. 6).

“Conoceremos si un cristiano es bueno por el desprecio que haga de sí mismo y de sus obras, y por la buena opinión que en todo momento le merezcan los hechos o los dichos del prójimo” (Santo cura de Ars, “Sermón sobre el orgullo”).

“Si la obediencia no te da paz, es que eres soberbio” (San Josemaría, Camino, n. 620).

“Un tipo de humildad es la humildad suficiente, otro la abundante Y otro la superabundante. La suficiente consiste en someterse al que es superior a uno y no imponerse al que es igual a uno; la abundante consiste en someterse al que es igual a uno y no imponerse al que es menor; la superabundante consiste en someterse al que es menor a uno mismo” (San Bernardo, Sentencias, n. 37).

“No eres humilde cuando te humillas, sino cuando te humillan y lo llevas por Cristo” (San Josemaría, Camino, n. 594).

“La verdad huye del entendimiento que no encuentra humilde” (San Gregorio Magno, Hom. 18 sobre los Evang.).

“Solo quien ama en verdad a Dios no se acuerda de sí mismo” (San Gregorio Magno, Hom. 38 sobre los Evang.).

“El don de la gracia que desprecia el soberbio, enriquece al humilde” (San Beda, en Catena Aurea, vol. VI, p. 377).

“Así como todos los vicios conducen al infierno, especialmente la soberbia, así todas las virtudes conducen al cielo, especialmente la humildad; por eso es muy natural que sea ensalzado el que se humilla” (San Juan Crisóstomo, Hom. sobre S. Mateo, 15).

“No hay camino más excelente que el del amor, pero por él solo pueden transitar los humildes” (San Agustín, Coment. sobre el Salmo 141).

“Cuanto mayor parezca uno ser, tanto más debe humillarse y buscar no solo su propio interés, sino también el de los demás” (San Clemente, Carta a los Corintios, 46).

(La sencillez) “inclina al hombre a callarse acerca de sus propias cualidades” (Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 109, a. 4).

“¿Te duele quedar rebajado por la humildad?, nos pregunta el Señor. Mírame a Mí; considera los ejemplos que yo te he dado, y verás la grandeza de esta virtud” (San Juan Crisóstomo, Hom. sobre S. Mateo, 38).

“La soberbia del diablo fue la causa de nuestra ruina, y el fundamento de nuestra redención, la humildad de Dios” (San Gregorio, Regla Pastoral, 3, 18).

“Para abrir el corazón de los demás e invitarlos a convertirse se necesita la mansedumbre, la humildad y la pobreza, siguiendo los pasos de Cristo” (Papa Francisco, Homilía de la Misa matutina en santa Marta, febrero 2019).

“La humildad nos lleva como de la mano a esa forma de tratar al prójimo, que es la mejor: la de comprender a todos, convivir con todos, disculpar a todos; no crear divisiones ni barreras; comportarse —¡siempre!— como instrumentos de unidad” (San Josemaría, Amigos de Dios, 233).

La humildad lleva a alegrarse por la alegría de los demás, por el hecho de que existen y cuentan. El humilde aprende a ser uno más: uno entre los demás.

La humildad crece con el agradecimiento, y también con el perdón: perdonar, pedir perdón, ser perdonado.

La conciencia de la dignidad de los demás evita caer en “la indiferencia que humilla” (Papa Francisco, Bula Misericordiae Vultus, 15). El cristiano está por vocación girado hacia los demás: se abre a ellos sin preocuparse excesivamente de si hace el ridículo o queda mal.

La humildad se manifiesta también en una cierta flexibilidad, en el esfuerzo por comunicar lo que vemos o sentimos.

Abrirse a los demás implica amoldarse a ellos; por ejemplo, para participar en un deporte colectivo con otros que tienen menos técnica; u olvidando alguna preferencia, para descansar con los demás como a ellos les gusta. En la convivencia, la persona humilde ama ser positiva. El orgulloso, en cambio, tiende a subrayar demasiado lo negativo. En la familia, en el trabajo, en la sociedad, la humildad permite ver a los demás desde sus virtudes. Quien, en cambio, tiende a hablar con frecuencia de las cosas que le “ponen nervioso” o le irritan, suele hacerlo por falta de amplitud de miras, indulgencia, apertura de mente y de corazón.

El humilde vive atento, pendiente de quienes le rodean. Esta actitud es la base de la buena educación y se manifiesta en muchos detalles, como no interrumpir una conversación, una comida o una cena, y menos todavía la oración mental, para contestar al teléfono, salvo en caso de verdaderas urgencias. La caridad, en fin, nace en el humus —terreno fértil— de la humildad: “La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia” (1 Co 13,4).

En su encíclica Laudato si’, el Papa Francisco señala que en todo trabajo subyace “una idea sobre la relación que el ser humano puede o debe establecer” (Francisco, Laudato si’, 125) con lo que le rodea y con quienes le rodean. El trabajo ofrece no pocas ocasiones de crecer en humildad.

En el ambiente profesional, familiar, incluso recreativo, se organizan reuniones donde se intercambian puntos de vista quizá opuestos. ¿Somos de esas personas que quieren que los demás se rindan a nuestro modo de pensar? Lo que tendría que ser, lo que habría que hacer… La tendencia excesiva a insistir en el propio punto de vista puede denotar rigidez de mente. Sin duda, ceder no es algo automático, pero en todo caso muchas veces prueba que se posee una inteligencia de las situaciones. Aprovechar las ocasiones de rendir el propio juicio es algo agradable a los ojos de Dios (Cfr. San Josemaría, Camino, 177). Con frase lapidaria, Benedicto XVI comentaba en una ocasión el triste giro que dio Tertuliano en los últimos años de su vida: “Cuando solo se ve el propio pensamiento en su grandeza, al final se pierde precisamente esta grandeza” (Benedicto XVI, Audiencia, 30-V-2007).

Alguna vez hemos de escuchar a personas más jóvenes, con menos experiencia, pero que quizá gozan de más dotes de inteligencia o de corazón, o tienen funciones en las que la gracia de Dios les asiste. Ciertamente, a nadie le gustaría pasar por tonto, o por alguien sin corazón, pero si nos preocupa mucho lo que los demás piensan de nosotros, es que nos falta humildad. La vida de Jesús, el Hijo de Dios, es una lección infinita para cualquier cristiano investido de una responsabilidad que el mundo juzga alta. Las aclamaciones de Jerusalén no hicieron olvidar al Rey de Reyes que otros lo iban a crucificar y que era también el Siervo doliente (Cfr. Jn 12,12-19).

El rey san Luis aconsejaba a su hijo que, si un día llegaba a ser rey, en las reuniones del consejo real no defendiera con viveza su opinión, sin escuchar antes a los demás: “Los miembros de tu consejo podrían tener miedo de contradecirte, cosa que no conviene desear” (San Luis de Francia, Testamento espiritual a su hijo, futuro Felipe III, en Acta Sanctorum Augustii 5, 1868, 546). Es muy saludable aprender a no opinar con ligereza, sobre todo cuando no se tiene la responsabilidad última y se desconoce el trasfondo de un asunto, además de carecer de la gracia de estado y de los datos que quizá posee quien está constituido en la autoridad. Por otro lado, tan importante como la ponderación y la reflexividad es la disposición a rendir el juicio con nobleza y magnanimidad: a veces hay que ejercer la prudencia de escuchar a consejeros y cambiar de parecer, y en eso se manifiesta cómo la humildad y el sentido común hacen a la persona más grande y eficaz. La prudencia en el juicio es favorecida por el trabajo en equipo: hacer equipo, aunar esfuerzos, elaborar un pensamiento y llegar a una decisión con los demás: todo eso es también un ejercicio de humildad y de inteligencia.

La actitud humilde lleva a manifestar la propia opinión, a decir de manera oportuna si algún punto no resulta claro, y a aceptar incluso una orientación distinta de la que uno veía, confiando en que la gracia de Dios asiste a quienes ejercen su función con rectitud de intención y cuentan con la ayuda de expertos en la materia.

Un hijo de Dios perdona los agravios, no guarda rencor, va adelante.

Fe y humildad van de la mano: en nuestro peregrinar hacia la patria celestial es necesario dejarnos guiar por el Señor, acudiendo a Él y escuchando su Palabra.

Aceptar la enfermedad y convertirla en una tarea fecunda: es una misión que Dios nos da. Y parte de esa misión es aprender a facilitar que otros nos puedan ayudar a aliviar nuestro dolor y las posibles angustias: dejarse asistir, curar, acompañar, es prueba de abandono en las manos de Jesús, que se hace presente en los demás.

“Sentirse barro, recompuesto con lañas, es fuente continua de alegría; significa reconocerse poca cosa delante de Dios: niño, hijo. ¿Y hay mayor alegría que la del que, sabiéndose pobre y débil, se sabe también hijo de Dios?” (San Josemaría, Amigos de Dios, 108).  

El hombre y la mujer humildes están abiertos a la acción de la Providencia sobre su futuro. No buscan ni desean controlar todo, ni tener explicaciones para todo. Respetan el misterio de la persona humana y confían en Dios, aunque parezca incierto el día de mañana. No intentan conocer las secretas intenciones divinas, ni lo que supera su fuerza (Cfr. Si 3,21). Les basta la gracia de Dios, porque “la fuerza se perfecciona en la flaqueza” (2 Co 12,9). Encontramos esa gracia en el trato con Jesucristo: es participación en su vida.