Colaboraciones

 

Cultura light

 

 

23 septiembre, 2019)| Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

Si tuviéramos que resumir en una palabra el gran desafío que tenemos para el siglo XXI es lo que un autor español ha llamado la cultura light. Desde los años ochenta en el mercado se están ofreciendo una serie de productos light: comidas sin calorías y sin grasas, cerveza sin alcohol, azúcar sin glucosa, tabaco sin nicotina, cocacola sin cafeína y sin azúcar, mantequilla sin grasa... Lo grave de todo esto es que se está pasando al hombre, formando una cultura light (sin esencia ni contenido): un hombre sin valores, sin sustancia, sin contenido, con escasa educación humana, entregado a la superficialidad, a la ligereza, a lo banal. Sus afirmaciones lo dicen todo: “Todo vale... qué más da... las cosas han cambiado”.

Las conquistas técnicas y científicas —impensables hace tan solo unos años— nos han traído unos logros evidentes: la revolución informática, los avances de la ciencia en sus diversos aspectos, etc. Pero frente a todo ello, esta cultura light ha penetrado en nuestra sociedad con diferentes rostros, o si se quiere, sostenida sobre estos pilares: permisividad, relativismo, hedonismo y sexualidad rebajada y trivializada, consumismo galopante, materialismo, religión y espiritualidad a la carta, medios de comunicación social.

Todos estos fenómenos dan como resultado una deformación de la vida, del matrimonio, del amor, de la sexualidad, de los valores humanos y cristianos, y trae estas consecuencias desastrosas:

  • Una ética light, sin peso, sin valores, donde todo es superficial, transitorio y fugaz, nada es profundo, nada es serio.

  • Una religión light, donde cada uno se sirve lo que quiere.

  • Falta de criterio moral, pues la mente no piensa ni razona; frivolidad, apatía, indiferencia, falta de ilusión en la vida, hastío, aburrimiento, cansancio, depresión, pues la voluntad no reacciona, no se mueve por no tener motivos. Confusiones impresionantes, pues no se sabe discernir.

  • Amor a la carta, inmadurez afectiva, pues el corazón se abandona a sus caprichos y gustos y no se apoya en la cabeza, es decir, en el criterio.

  • Falta de compromisos serios, irreversibles.

  • Mentalidad hipocondríaca, es decir, esa actitud ante el propio cuerpo que se manifiesta por una preocupación excesiva por la propia salud, que lleva a la observación minuciosa de cualquier molestia o sensación. Se está permanentemente pendiente de cualquier manifestación física, por pequeña que sea, y pensar en lo peor. Por ejemplo, el que padece dolor de cabeza, piensa en que puede tener un tumor craneal; la opresión precoridal, posible infarto.

Frente a esta cara negativa, que se convierte en un verdadero desafío, también podemos ver una cara positiva, que tenemos que aprovechar: necesidad de interioridad, de espiritualidad para el alma; necesidad de amor y afectividad para el corazón; necesidad de principios sólidos, estables y duraderos para la mente; necesidad de motivaciones convincentes para la voluntad; necesidad de una justicia largamente esperada, de una política que busque el bien común, de una economía que no desvista a unos para enriquecer a unos cuantos privilegiados; necesidad de volver a sostener nuestra sociedad sobre esos valores humanos y sociales que soñaron nuestros próceres: amor a la patria, religiosidad, educación, respeto, etc.