Colaboraciones

 

La existencia del hombre

 

 

08 octubre, 2019)| Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

“El hombre es el único animal que se pregunta sobre sí mismo. No lo hacen los perros, los gatos, los caballos, los pájaros, etc. Él se interroga sobre su propia existencia, sobre su origen, sobre el sentido de la propia vida, sobre su futuro después de la muerte” (Battista Mondin, Manuale di filosofia sistematica, Volume 5 Antropologia filosofica, Edizioni Studio Domenicano, Bologna 2000, p. 5).

Si el hombre puede preguntarse sobre el sentido de su existencia, puede también conocer el último objetivo de ella. Consecuentemente todas sus actividades deberán orientarse hacia ese objetivo. De lo contrario su existencia se desarrolla sin un sentido claro y podría llegarse a la conclusión de que, si la vida es solo una hipótesis sin una respuesta objetiva, entonces también cabría otra hipótesis igualmente válida que se desprende de la anterior de que el hombre mejor no podría existir o no ser.

Hoy constatamos sin embargo un fenómeno muy distinto, el hombre de hoy se ha olvidado de hacerse esas preguntas. O si se las hace, se las quita cuanto antes de la cabeza, porque tiene otras cosas más importantes que hacer o que pensar.

No es lo mismo la existencia de una piedra, de un árbol, de un cóndor o de un hombre. Tenemos que diferenciar los distintos grados de existencia para ubicar bien en dónde se encuentra, en qué grado de existencia podemos catalogar la existencia del hombre. Parte del problema es que el hombre actual no logra diferenciar su propia existencia de la de un caballo o una rosa. Y no nos riamos. Es verdad.

Esta es precisamente la crisis más profunda de nuestro tiempo. Que, siendo la existencia del hombre, su ser, la pregunta más importante que debe hacerse, o la cosa más importante en la que debe trabajar, se deja llevar por otras cosas, en apariencia urgentes y necesarias, pero que no le dan respuesta sobre el sentido de su existencia. Y nadie escapa de esta crisis que se está convirtiendo en plaga.

El aspecto más dramático de nuestros días no consiste precisamente en que el hombre no conoce el verdadero significado de su existencia, sino que el hombre es incapaz de proponerse a sí mismo el significado de su existencia y mucho menos de ser consecuente con ese significado.

Mediante la capacidad de la inteligencia el hombre puede penetrar el sentido interno de todas las cosas y así descubrir la esencia de las mismas y el porqué de los distintos mecanismos que giran en torno a la vida.

El hombre posee la capacidad de la voluntad. La voluntad es la facultad de tender hacia un bien conocido por la inteligencia. Con la inteligencia el hombre conoce, con la voluntad ejecuta. Así no es espectador, sino actor. De esta manera llegamos al nivel más alto de la existencia. La capacidad de elegir. Por la inteligencia el hombre conoce lo que tiene que hacer para vivir, por su voluntad puede darle un sentido a esta existencia. Y por la libertad puede elegir entre muchas alternativas para vivir la vida.

Las plantas y los animales, al no tener esta capacidad de elección, deben por fuerza vivir la vida como les viene impuesta por la naturaleza, es decir por los sentidos, los instintos y los apetitos. El hombre, porque tiene la capacidad de conocer se da cuenta de lo que más le conviene para vivir una vida buena, una vida acorde a su condición de hombre. Por la voluntad puede elegir entre las distintas formas de vivir la vida y por su libertad puede ejecutar y llevar a cabo la elección que ha hecho previamente en su voluntad.

El hombre, por su inteligencia, su voluntad y su libertad, puede dar un sentido a su vida, lo que en muchos casos se conoce como dar un sentido a la existencia. Encuentra un por qué y luego un para qué en la vida.

El hombre no es un objeto, una cosa, un instrumento que se fabrica o se produce; es un sujeto personal, singular e irrepetible.