Colaboraciones

 

Desprendimiento

 

 

04 enero, 2020 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

Todo el Evangelio es una imperiosa llamada a la santidad, que consiste sencillamente en seguir al Señor de cerca con el corazón libre de cosas. Pero nos cuesta muchísimo vivir el desprendimiento porque la vida tiende a atraparnos con todas sus exigencias materiales. Se nos ha repetido hasta la saciedad que necesitamos tener, disfrutar, gastar, gozar, sin ideales trascendentes y con prisa por vivir la vida a tope sin ningún tipo de privaciones. En esas condiciones el hombre se siente maniatado cayendo en una de las peores esclavitudes: la dependencia absoluta y libremente querida del mundo, del demonio y de la carne. No nos extrañe que el Señor ponga como condición para seguirle el desprendimiento, la pobreza de espíritu.

Se le acerca a Jesucristo un joven y le pregunta por lo que debe hacer para alcanzar la vida eterna. El Señor le recuerda que debe cumplir los mandamientos. Y el joven le replica: —Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño. Jesús lo mira con cariño al ver la buena disposición del chico, y lo mucho que podría hacer por el Reino de los cielos, y le dice: —Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres —así tendrás un tesoro en el cielo—, y luego sígueme. Aquel joven tan decidido, tan dispuesto a seguir a Cristo, no parece agradarle tanta exigencia. Creía que todo sería más fácil, que es compatible la santidad con la comodidad y el aburguesamiento. Creía que todo consistía en un simple cumplimiento de la Ley, sin profundizar en los detalles de la Voluntad divina. Y ante esa actitud dura del Señor el muchacho se pone triste y se acuerda de todo lo que poseía. No está dispuesto a dejar las cosas por Dios. Y es que, como dirá Cristo en otra ocasión: “No podemos servir a Dios y al dinero”. Solo se salvan los que realmente han sabido liberarse de todo aquello que le impide optar por Dios sin condiciones, y “el que no es capaz de ser pobre, no es capaz de ser libre” (Dante).