Colaboraciones

 

Vivir de fe

 

 

06 enero, 2020 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

Por el sacramento del bautismo recibimos la fe. La fe es un regalo de Dios. No cree quien quiere, sino aquel al que Dios le concede la fe. Pero Dios quiere que todos los hombres se salven, y a todos concede su gracia, para abrazar la fe. El hombre, sin embargo, puede rechazar libremente ese don de la fe, y puede también perderlo culpablemente. Es decir, recibimos de Dios la fe gratuitamente —es un don sobrenatural, una virtud infusa— pero es necesaria nuestra cooperación para mantener viva en nosotros esa fe que recibimos en el bautismo. Esa es, precisamente, nuestra responsabilidad: conservar y acrecentar la fe que hemos recibido. No es difícil, por eso, que quien no viva esa responsabilidad argumente, encogiéndose de hombros, que la fe para él no supone nada, que no le dice nada. Eso es así porque no se ha preocupado de vivirla.

Por tanto, la fe no es solo para oírla, sino para practicarla. Son dos aspectos, ambos necesarios: primero, oír la fe, conocerla, preocuparse por conocer la doctrina cristiana, por tener la formación que como fieles cristianos tenemos obligación de poseer; segundo, practicar la fe, porque no basta con saber cómo debemos comportarnos: nuestra vida ha de ajustarse a nuestra fe, vivir conforme a nuestras creencias. Eso es llevar una vida cristiana coherente.