Colaboraciones

 

La familia cristiana

 

 

13 enero, 2020 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

En la vida humana, la familia es importantísima. Cristo quiso nacer en el seno de una familia, una familia ejemplar, que es modelo y espejo en que deben mirarse todas las familias de los hombres. San Juan Pablo II insistió frecuentemente en este tema, con palabras claras y enérgicas: “La familia es insustituible y, como tal, ha de ser defendida con todo vigor. Es necesario hacer lo imposible para que la familia no sea suplantada. Lo requiere no solo el bien privado de cada persona, sino también el bien común de toda sociedad, nación y estado” (San Juan Pablo II, Aloc. 3-I-79, DP-3). Ese valor fundamental que tiene la familia está basado en lo que constituye el fin primario del matrimonio: los hijos, que son engendrados y educados en la familia. Por eso, insiste el Romano Pontífice, “la familia ocupa el centro mismo del bien común en sus varias dimensiones, precisamente porque en ella es concebido y nace el hombre. Es necesario hacer todo lo posible para que, desde su momento inicial, desde su concepción, este ser humano sea querido, esperado, vivido como valor único e irrepetible. Debe sentirse importante, útil, amado y valorado, incluso si está inválido o es minusválido; es más, por esto precisamente más amado aún” (Ibíd.).

Acabamos de recordar lo más importante: en una familia —los padres lo sabéis muy bien— los hijos son lo primero. Los padres sois conscientes de la necesidad de luchar —con confianza en Dios y con valentía— para que no se oscurezca lo que es razón de ser del matrimonio. Pero la familia debe ser además la escuela en que se vivan unas virtudes de las que habla san Pablo: la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro (Col 3, 12-21). Tanto los padres como los hijos —aunque las circunstancias varíen en cada caso— tienen el deber de vivir ese cariño sincero, esa comprensión: enseñar sin asperezas, aprender con humildad y agradecimiento, manifestar el amor en detalles pequeños pero significativos. En ese tiempo en que la vida de familia es más intensa e íntima, pensemos en nuestro comportamiento, como padres, como hijos, y hagamos el propósito de mejorar, para conseguir que nuestra propia familia se asemeje más a la de Nazaret.

María y José, nos relata el evangelio, al no encontrar a Jesús, a la vuelta de Jerusalén, regresaron en su busca. Buscar a Jesús: hemos de aprender esta enseñanza de María y José. Para que nuestra familia sea como Dios quiere, para que los hijos sean lo primero, para que reine la comprensión, el cariño y la paz, hemos de buscar a Cristo. Acercarnos a Dios siempre tiene como consecuencia nuestra mejora interior: por eso, si vamos en nuestra vida al encuentro de Cristo, iremos consiguiendo la paz y la alegría, en nosotros, en nuestras familias y en toda la sociedad.