Colaboraciones

 

“El hombre animal”

 

 

06 febrero, 2020 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Un hombre de igual dimensión esencial que los otros animales, cuya historia y destino no fuera sino nacer, alimentarse, reproducirse y desaparecer: tal sería la imagen diseñada por ciertas ideologías que, paradójicamente, presumen, no solo de humanistas, sino de ser el último grito de la modernidad y el progresismo. Hace más de veinte siglos, san Pablo había definido ya ese prototipo humano, cuando escribía a los Corintios que “el hombre animal es incapaz de percibir las cosas del Espíritu de Dios” (I Cor. II, 14). La reducción al nivel animal no significa que ese hombre haya de ser, necesariamente, un sujeto salvaje y peligroso, aunque muchas veces sí lo será. El viejo aforismo homo homini lupus no tiene por qué constituir la regla general. Animalidad no es sinónimo de ferocidad y tal animal es el leopardo o la serpiente cascabel, la lagartija o el perrito faldero. Y en una sociedad como la nuestra —al igual que ocurre en la naturaleza— seguramente abundarán más las inofensivas aves de corral que las soberbias águilas rapaces.

Lo realmente importante es que ese disminuido hombre animal, aparezca como un ser degradado, que no merece consideración ni respeto porque carece de auténtico valor. Por esta razón, contemplados desde una óptica materialista, los propios atentados contra una vida humana devaluada se trivializan y pierden gravedad. El aborto no sería entonces cosa de mayor entidad que la expulsión de un huésped indeseado o la extracción de un trozo de carne intrusa decidida por la mujer, dueña y señora de su cuerpo. La misma eutanasia apenas representaría algo más que la eliminación de una bestia vieja, que no supo morir a tiempo y con el paso de los años se había convertido en socialmente improductiva e inútil.

La devaluación intrínseca del hombre deja la puerta abierta a la práctica en seres humanos de las manipulaciones genéticas más audaces, un horizonte de monstruosas perspectivas, pero que en el caso de que tales seres carezcan de valor superior no sobrepasarían los límites de la experimentación animal. Otra consecuencia igualmente lógica es la aplicación —tan reiterada en los países materialistas— de tratamientos psiquiátricos especiales, destinados a la reeducación —a la domesticación— de disidentes políticos pertinaces. Es indudable que en las sociedades cristianas de ayer la pena capital era un tremendo castigo. Pero era la condena a una muerte con esperanza —muerte del cuerpo, no del alma— y los propios jueces se esforzaban en que el condenado pudiera alcanzar —más allá de la pena— la felicidad eterna en una vida inmortal. La última pena dictada por los autócratas materialistas de hoy, que niegan la inmortalidad, constituye un castigo de inaudita crueldad: no es pena de muerte, sino de exterminio; una sanción a la medida de un hombre animal, cuyo destino último no es otro que la aniquilación, la reducción a la nada.

Mas el “hombre animal” —para usar la expresión paulina— podría sentirse compensado de ese rebajamiento por el señuelo de la afirmación de su libérrima autonomía dentro del Universo. Un hombre que rechaza la condición de criatura rehúsa aceptar el papel que le corresponde en el orden de la Creación y prefiere descender al rango de individuo de una estricta —aunque desarrollada—, especie animal.

Tentación permanente de la raza humana, desde el pecado de origen, ha sido el repudio de un dominio recibido sobre el mundo creado —pero subordinado al señorío de Dios y condicionado en su disfrute a las exigencias de la Ley divina— para reivindicar un dominio incondicional e ilimitado —¡seréis como dioses!— sin otro título que el de su propia y desreligada humanidad. La aspiración a la autonomía absoluta ha constituido en todos los tiempos el rasgo peculiar del hombre irreligioso, y lo es de modo muy especial del humanismo ateo de los paganos de hoy.