Colaboraciones

 

Charles Taylor y el individualismo exagerado

 

07 octubre, 2020 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Es difícil resumir trescientos años de filosofía en pocas palabras. Pero desde la Ilustración del siglo XVIII, las ciencias sociales se han centrado casi exclusivamente en «el individuo» como el portador de la verdad y la dignidad. Esto, a su vez, ha llevado a colocar la verdad en un ámbito abstracto de la razón objetiva, contrapuesto a la historia y a la tradición. Por consiguiente, se ha acabado por transformar los principios morales en un contrato social entre individuos racionales que se ponen de acuerdo en una situación de deliberación ideal.

De ahí que el hombre ideal de la Ilustración es un individuo aislado, que en actitud escéptica guarda las distancias con su iglesia, su comunidad y sus antepasados. De la misma manera, el Estado y la sociedad son meros proveedores de servicios que protegen las libertades y derechos del individuo, gestionan los conflictos y la competencia, y le brindan distintas opciones para su realización y su consumo individuales.

 

En otros tiempos, la justicia implicaba una concepción compartida del bien moral. Hoy, en cambio, la justicia es una función de la capacidad de la sociedad para proveer a las necesidades materiales de los ciudadanos y para salvaguardar sus libertades. Las grandes cuestiones de la religión y el sentido de la vida se desechan como asuntos en los que el Estado no tiene interés alguno. La consecuencia de este individualismo exagerado, insiste Charles Taylor, eminente filósofo e intelectual canadiense, es que los filósofos y los cultivadores de las ciencias sociales han perdido de vista las dimensiones sociales e históricas de la verdad y de la personalidad humana.

 

Taylor reprocha a las teorías morales contemporáneas que son abstractas y sin vida. En ellas, la verdad de los principios morales aparece desconectada de la cuestión de en qué consiste para los seres humanos una vida buena. Por tanto, olvidan lo fundamental que es para todos nosotros la pregunta por el sentido. ¿Cuál es el fin de la existencia? ¿De dónde venimos? ¿Adónde iremos? ¿Qué significa vivir una vida buena? Muchos filósofos contemporáneos desprecian estas cuestiones por considerarlas sin sentido.

Pero, según Taylor, no podemos dejar de lado las realidades espirituales en la vida pública: «La ceguera a la dimensión espiritual de la vida humana nos hace incapaces de explorar cuestiones que son vitales para nosotros. O, por decirlo de modo positivo: recuperar lo espiritual abre horizontes en los que se torna posible hacer descubrimientos importantes e incluso emocionantes».